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01 de marzo de 2007 - 14:06
El periodismo es un género literario sumamente efímero, pasajero donde los haya. Su destino es precisamente pasar tan deprisa como la propia vida,
Quienes lo cultivamos, con frecuencia perseguimos ese tono leve como el vuelo rápido de una bandada de pájaros que cruza el cielo, pero también nos ...
El periodismo es un género literario sumamente efímero, pasajero donde los haya. Su destino es precisamente pasar tan deprisa como la propia vida,
Quienes lo cultivamos, con frecuencia perseguimos ese tono leve como el vuelo rápido de una bandada de pájaros que cruza el cielo, pero también nos estremece ver una tienda en reformas con su escaparate empapelado con páginas y palabras que nos gustaría soñar imperedecederas. Como no es así, es frecuente que el periodista sucumba a la tentación de reunir sus trabajos, esas flores de un día que ni siquiera quedan en el recuerdo de su autor.
Cuando el periodista toma la decisión de recopilarlos en un volumen, hace con todos ellos un libro de temperatura cambiante como los inviernos insulares o los veranos con alisios.
En ocasiones sale una ensalada loca, a lo Nora Efrom. Lo cual tampoco es mala cosa, por cierto.Son ejemplares, en este sentido, las colecciones de artículos publicados en prensa y convertidos en libros, de Julio Camba o del gallego Álvaro Cunqueiro, por citar solamente dos autores fallecidos y lejanos físicamente, pero cercanos en la emoción y en el talento.
Yo alguna vez he tenido la tentación de rescatar esas palabras enterradas en las hemerotecas. Esos pensamientos dispersos que una vez quisieron ser artículos de opinión o columnas literarias sobre esto, lo otro o lo de más allá.
A la hora de tan valeroso proyecto, confieso que a mí me puede la pereza. La pereza y la alergia a los ácaros cuando me dispongo a meter la nariz en viejas carpetas.En su caso, cada uno de sus textos forma parte de un todo común. Es la crónica casi diaria de su estancia en la capital de Suecia.
De su mano conocemos las cuitas emocionales de los trasterrados, la nostalgia inevitable de quien, voluntariamente y por un periodo concreto de tiempo, elige la distancia.Sus observaciones, sus experiencias e impresiones en la ciudad nórdica representan el material con el que Ángeles Jurado construye sus pequeñas historias.
Ella nos lleva de la mano por esa cultura blanca y fría que se mueve entre el cielo y el infierno.
El cielo de la civilidad y el bienestar y el frío de quienes están acostumbrados a considerar la espontaneidad y las emociones una inconveniencia social.Lo leí una noche de sábado en la que una indisposición pasajera me hizo alterar unos agradables planes de cena.
Les juro que el libro fue el mejor alimento. Un apetitoso postre para un fin de semana que resultó estupendo.
Me reí de buena gana, caminé por las calles de Gamla Stan, el barrio antiguo de Estocolmo y, como si de un manual de antropología se tratase, conocí las costumbres, raras costumbres foráneas, de esa especie que es el ciudadano de la Europa del Norte.ACCIDENTE AÉREO DE BARAJAS O LA ROTURA DEL PREVISIBLE FUTURO
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