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05 de abril de 2006 - 14:44
Vuelve el guerrero silencioso a tensar su arco, sosteniendo el aliento para que nada le impida sentir únicamente el silbido del disparo hacia el vacío como única recompensa a su disposición de entrega absoluta.
El vacío está iluminado por fogonazos de trenes y aeropuertos, luces sanitarias, rosas rojas; por el sol que gravita sobre el Nilo, pétalos de almendro en flor y algún arrullo de las torcazas que anidan en el roque cercano. Pues la vista no es el único sentido implicado en la acción que se propone: el resto de los sentidos está en alerta simétrica a la mirada. Que tal es la acción visual, suma oscilante de cierto arte gimnástico, la indispensable voluntad creativa y el propósito liberador del sujeto actuante, todo sea que los sentidos del receptor capten – aún mínimamente – la virtud de tantas potencias como despliega la acción, resumidas en ese fogonazo de un segundo, que es aquí un gesto de acción fotográfica, tal como titula las suyas Juan Hidalgo.
El arco del guerrero silencioso es la cámara digital de última generación, la flecha es la franja de luz atrapada por el objetivo, y el objeto captado aquel que sale al paso del viajero. Puede ser simple, banal o enigmáticamente compuesto, puesto ahí adrede, como preparado por el azar para ser atrapado en su momentánea insignificancia. Mantiene una invisible estructura de modelo visual que pone a prueba su aptitud para ser documentado como instante único multireproducible. Importa poco que el modelo sea mortecino, reposado, difuminado o delirante: el objetivo es en tales casos un anhelo de captura ante el suceso, sin evaluar el porcentaje de explotación que pueda ofrecer a la inventiva. Tenderá más bien a dominar el factor sorpresa: se dispara el clic del arco óptico como un automatismo de especie igualmente enigmática. Pero la aparente intuición de disparar en el momento justo no es fruto tan sólo de la oportunidad, es el privilegio de una poética retiniana consolidada, insistiendo en la imagen de excelencia que la hace genuina y creíble.
Las imágenes captadas pasarán por ser recuerdos de viajes, aeropuertos, estancias hospitalarias, jardines y cementerios. Lo son, indudablemente; pero hay ahí mucho más. Una indagación: cada imagen es respuesta a una pregunta del ser ante el espejo del estar, tan sólo fuera por restablecer la debida dualidad en forma de cuadrícula sensible, visitable por otros seres que ojala se busquen en ellas, sin creerse la falacia de que la obra es privativa de su autor.
El trayecto creativo de Juan Hidalgo ha incluido en la última década la imagen fotográfica explícita de la genitalidad humana, mayormente masculina. Ello suponía toda una vuelta de tuerca dentro de la línea fundacional del artista, aparentemente volcada en la asepsia y la contención – como se supone que es zaj -, esto es: concepto, sensitividad, humor y espectáculo. A algunos les ha costado asimilar esta fase, esperando acaso que la meditación zen que practica el artista sólo inclina a un estado de embobamiento –un falso ‘samadhi’ - que clausura los sentidos, y no los expande; al aburrimiento, en definitiva. Argumento ampliable, de manera instantánea, a un perverso efecto diferido que ingresa en las nociones represivas de la libertad en estética, en lo que conviene o no mostrar del cuerpo humano.
Si ‘explícito’ quiere decir “que expresa clara y determinadamente una cosa” la señalización genital desplegada no iría más allá de lo descriptivo, de no existir causa para tal efecto. Tal es la descriptiva imagen compuesta por viejos recortes de revista porno italiana de los años ‘de la güela’, como titula Hidalgo la composición fotográfica donde figuran penetraciones en directo primer plano. Se trata de un porno barato, fechado en los años ’70, que deja de actuar como factor urticante y agresivo treinta años después, cuando a nivel disolvente se dijera bastante improductivo. Ello es más que verificable si consideramos que cuestiones tales como la indecencia, la impudicia y la obscenidad están hoy en día produciendo más episodios vergonzosos en la vida pública que en la privada. Todo lo contrario a las nociones culpabilizadas y penitentes a las que inducen la moral al uso es la imagen de un joven que toma el sol en estado natural, instante de inocencia que se incorpora a la costumbre de quien la elige para compartirla.
No le va mejor al arte como actividad intermediada por los poderes públicos. Hay que hacer bastantes equilibrios , tanto para sortear la mala gestión cultural - por un extremo – como para evitar - por el otro - la asimilación mercantilista que parece ser la enfermedad infantil de la post-contemporaneidad, llena de falsarios, de epígonos disimulados y de intermediarios agradecidos. La productividad independiente corre el riesgo de quedar arrinconada, esperando ser revisadas como mitología a cincuenta años vista – como ha sucedido con ‘gaceta de arte’ - Acaso esto no suceda con Hidalgo, cuya estructura poética rebelde y emancipadora va acortando distancias con el público cada vez más, al ritmo que progresa la educación en libertad, dando de paso un sano perfil de normalidad a la maraña artística local canaria.
Se dice que las vanguardias artísticas van desapareciendo, o que huyen de la historicidad tan rápidamente como el mercado las asimila, banaliza y convierte en materia de moda y consumo inmediato como ‘gadgets’. Resistente a hacer de la disolución de las vanguardias un uso acomodaticio a la necesidad biográfica, Hidalgo mantiene lo personal, sea o no ‘inconveniente’ para lectores hipócritas. Erguido en el camino, disoluto él mismo, persistiendo en la idea de que el azar es mera voluntad disolvente de cualquier sentido adscrito a cualquier objeto, costumbre o imagen dada. Aquí manda el deseo – nos está diciendo – la querencia de la retina, la soltura libidinal, siguiendo en esto al divino Marqués de Sade, uno de sus maestros; aunque también aquella máxima de Sigmund Freud que dice: “El hombre es una creación del deseo, no de la necesidad” venga al pelo de lo aquí tratado.
Su rectitud se ha estado basando durante largos años de práctica y exhibición artística en tener a la rebelión como único ámbito respirable. Si de tal rebelión, de tal fortuita inconveniencia para las reglas del decoro en alguna de sus acciones fotográficas, se detecta cierta belleza, cierta calma, cierta compasión universal y más de un argumento filosófico, caigamos en la cuenta de que todo eso pudieran ser también saltos de su humor, infracciones picarescas a su habitual distanciamiento de intenciones trascendentalistas. Efectos buscados por el artista: un modo de elocuencia errátil entre lo legible y lo todavía enigmático del ser y su costumbre, cuando la línea combinatoria de ambos se deja ver con buenos ojos.
Empezó su carrera como músico. Más adelante no ha dejado de servirse físicamente como modelo de sus obras, siendo esta continuidad discursiva un sistema personal que impregna zaj como un salitre de referencialidad poética. Protagonista de su manera de concebir la acción visual, el cuerpo de Juan Hidalgo es a veces todo lo que puede mostrar una voluntad de conciencia que tiene de exhibición lo que exige la partitura para ser espectáculo. Voluntad donde el ‘yo’ – contrariando el aserto racionalista – no es odioso, sino cultivable como el territorio más conocido de sí mismo, mientras que la mente oferta ciertos límites de señalización inalcanzable en los que él no desea perderse y encontrarse. Acaso porque su razón última no es argumentar, sino ver mundo y contarlo: dejar que la placa fotográfica, el retrato, pueda funcionar como esencia primaria y suficiente de todo lo que el artista pudiera añadir de sí mismo, de su entorno y del siglo en el que le tocó vivir.
Sus acciones fotográficas tituladas ‘biografías’ insistirán pues en quedar como una construcción estética restringida voluntariamente a lo doméstico, al álbum familiar, aunque aparezca aquí y allá, entre la ternura de los recuerdos, un excipiente de radicalidad ética no disimulada. La del hombre magullado por ‘un accidente más’; un hombre que se busca mostrando los coágulos de su mejilla izquierda. Anécdota inofensiva, después de todo, que brilla como un vórtice de reflexión improductiva, disidente al canon que tenemos de tanto artista como hay refugiado en su fotogenia, en la apariencia, sacando brillo al estar y dando la espalda al ser. Elegir el cuerpo como accidente visual es saber elegir.
Atrapado por la seducción de lo banal, de aquello que parece intrascendente, Hidalgo lo lleva a la más alta inteligencia, que es la apropiación instantánea como acto productivo de primer nivel, esto es: fotografiarlo. Elige luego hacerlo transmisible, comunicable, tratando de explorar - y explotar – otros niveles del ‘motivo’. Esos perros, esas rosas rojas, los geranios o la muñeca fallecida junto a una olla exprés han pasado con toda seguridad por el turmix cronológico y gozan ahora mismo de mejor vida: la insensible volatilidad del polvo cósmico. Pero ahí nos queda en imagen, para que construyamos su sinsentido, el que queramos darle.
Esta exposición versa abiertamente sobre la historia personal del artista, la cercana ya remota. El tríptico ‘biografías 2‘, que titula sus componentes en la secuencia mañana / tarde / noche remite a la zona más inmediata de su intimidad, que sigue siendo saber vivir con los ingredientes habituales: la inteligencia, el deseo, el humor, el sexo, la tranquilidad, la observación, la amistad, el criterio sobre lo contemporáneo y los contemporáneos, y sus silencios. Sabiendo que cuando caigan los pétalos de la flor de almendro las palomas blancas seguirán arrullando en los riscales de Ayacata. Todo ello es ahora mismo la virtud del joven artista de casi ochenta años que es Juan Hidalgo, acaso porque en vez de hada madrina despechada tuvo la suerte de ser despabilado por los cachetones que Narciso y Dionisos, por turnos, le dieron en su cuna isleña.
Y, por más que él se tenga como ‘un isleño más’ – que lo es – lo cierto es que se trata de un individuo único, no solamente por la calidad de su obra nómada o estable, su calidad comunicativa, su ritmo biográfico. Con todo ello ha ido influyendo durante varias generaciones en contadas personas del Archipiélago que lo tenemos por maestro de la acción artística multidimensional, tanto como en el arte de vivir. Casi nos hemos resignado a que, muy por encima del reconocimiento oficial a su trabajo, el conocimiento – y, en su caso, el reconocimiento – general de la población le alcance cuando no esté ya él para enterarse, y reaccionar sonriendo ingenuamente con sus ojillos chinos como sola respuesta, pidiendo un gin-tonic para mojar la ocasión. Ello vendrá cuando el guerrero no necesite arco, carcaj, dardo, diana, posición adecuada ni impulso de salida. Porque será entonces Juan Hidalgo, con toda probabilidad, la misma curva de aire desplazado donde solía tener lugar la velocidad del suceso , tal vez repetible por otros como gesto, no en tanto lenguaje.
La edad no arruga a Juan Hidalgo: su piel sigue transpirando subversión estética, por más que en este caso eche una mirada en torno suyo para constatar que hay vacío significante por doquier. Tanto anhelo para desplegar el ser simultáneamente con el no-ser merece que la anécdota sea debidamente trascendida. Leamos pues a Juan Hidalgo como un activista visual que construye su identidad personal y la distribuye ahora fotográficamente como factor de integración de ambas medidas. Si – como escribió Heidegger – “la poesía es la construcción del ser por la palabra”, la poética de Hidalgo ha elegido valerse de la imagen, y el ser queda a salvo de la sobrevaloración conformista del ‘estar’. Puede entonces decirse - y es la conclusión definitiva a nuestra pesquisa - que el poeta ‘es’ en un momento de su vida que hasta los ángeles le aplauden.
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