Inicio > Opinión > Corrupción en el Palacio de Justicia
28 de September de 2009 - 13:52
Escrito por Olmo Álvarez de la Nuez. "Echo a andar, tomando de prestado el titulo del viejo drama de Ugo Betti, para intentar una inmersión en el complicado mundo de la justicia humana. Quizás no sea mala la compañía del atormentado dramaturgo, que entrecruzó su carrera literaria con la condición de juez."
En la inmediata posguerra italiana, al filo de la crueldad y la destrucción sin límites de la Segunda Guerra Mundial, Betti prefirió partir en su indagación de la individualidad angustiada de su pensamiento, que compartía recurrentes raíces cristianas y el existencialismo que marcó a una amplia generación de escritores. Estaban recientes los juicios de Nurenberg y eran inminentes las parodias de “justicia popular”, que pretendían ser alternativa a los viejos rituales de la justicia burguesa y, en este cambio convulso, Betti se agarró al yo radical que concibe la justicia como una dimensión ética del ser humano, y no propiedad de una casta investida; como una elección que recorre el trayecto de valores-ley- conciencia-decisión-corrupción-culpa-castigo-expiación. En el fondo, el ejercicio de la justicia no se diferencia de las decisiones normales de los individuos, pero tiene la particularidad de afectar a la conciencia, la libertad y los valores de otros, y exige una singular condición moral en quien la imparte.
Muchos de ustedes me dirán: “pero Olmo, nos estas hablando de un pasado remoto, de una película del neorrealismo, en un sórdido blanco y negro, para recordarnos el desasosiego de un dramaturgo y juez italiano del que ya nadie se acuerda”. Bueno, no creo que tengan razón, porque el camino del examen personal, de la confrontación con la propia conciencia, nunca dejará de estar presente. Es cierto que la cultura actual inventa todo tipo de excusas para que el hombre no se enfrente a su propia verdad, pero eso no puede desactivar el aguijón permanente de la inseguridad y el remordimiento.
Nuestra realidad hoy es distinta, son los “tiempos líquidos” de los que habla Zygmunt Baumann, flexibles, volubles, en los que los grandes conceptos de Verdad o Justicia, más allá de su invocación retórica, aparecen carcomidos por el recorrido vertiginoso de la sociedad actual. No hay tiempo para lo perdurable o lo sólido, y los ideales que encabezan la convivencia están servidos por individuos precarios, que impregnan su función con su propia inconsistencia.
Mientras invocamos la Justicia de un modo intemporal o sagrado, el día a día discurre por caminos totalmente alejados. La conciencia individual, que en Ugo Betti era el motor de la autoinculpación y el arrepentimiento, aparece hoy atrincherada en la tribu, el gremio o el grupo de presión. Ningún cuerpo social puede sobrevivir a su incapacidad para la autocrítica o la introspección. Y por mucho que las trincheras y fortalezas protejan, de momento, frente a los requerimientos de la sociedad, no bastaran para detener la progresión del mal profundo.
Porque, privada de capacidad para auto enjuiciarse, ¿dónde está, donde queda, para el común de los ciudadanos, el sentido cotidiano de la justicia?; ¿estará presente en los actos huecos, de retórica inflada, donde se proclama su independencia como arma arrojadiza?; ¿se dará cita en el plaf-plof, de los sedosos golpes en la pista de tenis que hace convivir a todas las partes ante la atónita mirada de la sociedad?; ¿acudirá a diario a los pausados encuentros mañaneros con la etiqueta negra que sostiene el ánimo?; ¿concurrirá al club de moda donde conciertan la pretensión y el deseo?; ¿formara parte del circulo absorto, en cuclillas, en torno a la bandeja de plata donde se alinea, en perfecta geometría, el polvo ceniciento que transporta de la vulgaridad a la euforia?; ¿estará invitada a la “soiree” veraniega donde no puede faltar nadie que se precie…?.
En la justicia de los tiempos líquidos, la contaminación social y los códigos de grupo han degradado la dimensión personal del juez, la vieja asociación que vinculaba y unía, de forma idealista, la función del rey, el sabio,el sacerdote y el juez, como depositarios de una decisión cuasi sagrada, necesaria para la paz y el equilibrio social. La superposición y confusión de roles no nos distraen de la idea principal de que el juez es sobretodo un individuo con un mandato social y moral de cierta trascendencia, que está obligado a llevar adelante contraviniendo incluso la inercia y la rutina de la comunidad. Hoy no cuenta el conocimiento, la sabiduría, la experiencia o la rectitud. El bochorno sin fin del Consejo General del Poder Judicial, de su elección y de sus elecciones, ilustra el auge de los distintivos de militancia sindical o política, de ideología o cuota, de territorio o servicio prestado. Muchos de ustedes pensarán en qué mundo habito, qué tierra piso, o si ignoro el funcionamiento de la espesa relación que vincula hoy al poder económico, a la política y a la justicia. Pero cuál es la opción, ¿instalarnos en el cinismo y aceptar sin protesta la idea de que todo está trucado, de que los designados lo serán siempre sin consideración alguna a sus hipotéticos méritos? Tampoco me consuela el espectáculo de los jueces estrella, aparentemente capaces de diferir del rol o la respuesta que de ellos se espera, pero lastimosamente estrellados en la degeneración de su propio ego y en una trayectoria demasiado hipotecada a intereses políticos concretos y variables.
De alguna forma, el más elemental pudor en los procedimientos de elección ha sido sustituido por la “flexibilidad” de la que habla Baumann, algo así como un comodín personal que permite adaptarse a cualquier demanda o situación, y cumplir las expectativas de los que eligen. De esta manera, los conflictos no suponen tanto la afirmación del criterio propio o de la individualidad sino que son frecuentemente expresión de los que enfrentan a quienes han instrumentalizado la figura del juez, reduciendo su teórica independencia y autonomía a un simple enunciado retórico.
En los viejos Libros, la justicia, y su perversión en la figura del juez inicuo, aparece como una importante vía de escape a la angustia del ser humano. Las frecuentes invocaciones al justo, o la demanda de justicia, son un asidero para el hombre común, que recorre la vida persiguiendo la confianza, el consuelo o la decisión de aquellos que supuestamente pueden otorgarla. Hay una correlación evidente con la búsqueda de la decencia personal que atraviesa la ética contemporánea. La sociedad, por ingenuo que parezca, necesita encontrar y dar su confianza a aquellos a los que estima dignos de impartir su ética y sus valores más profundos. O dicho con la expresión de Italo Calvino quiere “… buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio”.
¡Qué distante nos queda la vieja reflexión de Ugo Betti, pero que obvio resulta que no hay camino de mejora social que no pase por el individuo! Cuando al final del drama el magistrado corrupto sube, simbólicamente, la escalera que le conduce a la autoinculpación, hacia el despacho del alto revisor, nos podríamos preguntar si, en nuestro presente, ese camino es individual o en grupo, no tanto por una responsabilidad que abarque ese ámbito, sino por la necesaria catarsis colectiva. Porque a la postre, no hay idea o corporación que pueda vivir en un limbo sin autoexamen o conciencia de culpa.
Ah, por cierto, en días pasados he leído unas interesantes declaraciones del diputado Santiago Pérez y un magnífico editorial de este periódico digital…. pero de eso hablaremos otro día.
Antonio: Que gran articulo este, aunque dejeme decir que deje de creer en la justicia hace algo mas de dos años.
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