13 de junio de 2006 - 12:46
Eudaldo Gómez de Salazar. Presidente del Comité de Empresa. Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria.
Se rompió la batuta, pero no perdamos la calma. Piensen que a la señora alcaldesa lo que más puede molestarle es que no guardemos las apariencias. Lo perdona todo menos que nos dejemos llevar por los nervios y perdamos la compostura.
Me lo contaba el otro día uno de esos íntimos amigos que ya ha probado su cuero.
– Si no quieres trabajar no lo hagas. El secreto consiste en que tu servicio debe pasar desapercibido; que no se entere la jefa. Y cuando te llame, si lo hace, sonríe y huele a colonia.
Y es así porque la señora alcaldesa sólo actúa por reacción y a la contra. Para salvar el equipaje. Que los problemas crecen por dejadez. No importa mientras ella no lo sepa. Que alguien se chiva y filtra alguna noticia a la prensa. Entonces se espanta, aspavienta y vienen los despidos. Por eso hoy toca templar nervios y morderse la lengua, porque llueve y no precisamente agüita fina.
El más servil de los jefes de servicio ha cometido la mayor y más temeraria imprudencia. Palabra. Ha firmado un escrito dirigido a la señora concejala de cultura en el que le amenaza con plantar la banda municipal de música en estas fiestas si no le cubren de inmediato las cinco bajas que cuenta.
Ya me estoy imaginando la escena. Doña Pepa al teléfono, con ademán impasible, pidiéndole a Toni su cabeza.
– ¿Cómo puede ser que no se sustituyan las bajas médicas? ¿Es que le vamos a dar la razón al comité de empresa? No; te digo que no hay excusa. Que lo estamos haciendo mal. Pero a ese me lo apartas. No lo quiero ver más al frente de la banda. Pero ¿quién se habrá creído que es? Mira, no cuelgues, ¿la banda puede tener dos directores? Estúdialo, porque todavía estamos a tiempo de convocar oposiciones.
Queda menos de un año para las elecciones, y con esas encuestas es para volverse loca, pero ella ni tiembla. Pepa está convencida que la política requiere firmeza, y actúa en consecuencia: cada vez que le estalla en las manos un problema causado por sus más estrechos colaboradores, rueda una cabeza. La de la víctima, se entiende; no la del culpable.
Las muertes de los cayucos, una catástrofe humanitaria.
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