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El malestar de la cultura

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02 de junio de 2008 - 22:08

“La hija del cielo” desciende otra vez a la tierra

Por: Archipielagonoticias   

Artículo escrito por Fernando Lemus Barroso para archipielagonoticias.com.

Coincidiendo con las celebraciones del Día de Canarias, la televisión autonómica ha repuesto la ópera de Juan José Falcón Sanabria que da título a este comentario. La retransmisión se realizó en horario de medianoche, lo cual no facilita la difusión, salvo para el grupo de los insomnes inasequibles al desaliento. Se trata, con toda probabilidad, de una grabación específica, fuera de las representaciones inaugurales, lo cual permite mejor cobertura de cámaras y una toma de sonido más limpia y de razonable calidad, a lo que hay que unir la indudable concentración que facilita la visualización solitaria ante el televisor y el seguimiento más cercano del texto a través de la subtitulación. Por otra parte, el tiempo transcurrido desde el estreno de la obra, hace posible un juicio más distanciado y sin presión, y da motivo para escribir estas líneas.

La ópera de Falcón adolece, a nuestro juicio, de un problema inicial: no es una obra sincera, en el sentido preciso que vamos a desarrollar. Nuestro compositor ha abordado el género lírico, rebasada la barrera de los setenta, por la vía del encargo, más que por una evolución lógica de su lenguaje. Uniéndose a la corriente de los que conciben la creación operística como crisol de la composición, y a ello suman un tratamiento del género en términos altamente pretenciosos, Falcón Sanabria ha afrontado su tarea sin poder dejar de ser Falcón Sanabria. Ha construido su propia idea, al margen del formato que pretende utilizar, recuperando técnicas y motivos que recorren su obra sinfónica y tienen una clara autonomía musical. Para que esta manera de proceder aparentara ser una ópera, necesitaba del añadido de un libreto y de un desarrollo escénico, y que ambos fueran coherentes con el discurso del compositor.

Y aquí es donde se rompe la propuesta, ya que el planteamiento compositivo discurre por su propio camino, y libreto y acción se añaden como un pegote forzado, aunque ambos estén presididos por una evidente intencionalidad. Las líneas paralelas por las que transitan los tres ingredientes mencionados nunca, obviamente , se encuentran y transmiten continuamente una sensación de resultado artificioso, lejano a los parámetros del teatro musical y cercano a lo que podría ser-en el mejor de los casos- una cantata escénica.

Clave, para este resultado, ha sido la endeblez y baja calidad del texto de García- Alcalde. En todo momento, la “obligada” presencia del libretista, ha pretendido un resultado literario con ambiciones de trascendencia, pero ausente de poesía, cuajado de vulgaridad, anacronismos históricos y manipulaciones conceptuales que hacen de los pobres aborígenes, sumidos en las penumbras del neolítico, ciudadanos y portavoces de valores muy posteriores en el desarrollo de la civilización. Expresiones tales como “sólo existe un mundo y un ser humano” “grande es el mundo más allá del mar” “no olvidéis este holocausto” “los españoles nos han seguido hasta las puertas de este recinto” “mestizando nuestra raza” o el coro final rematado con la expresión humanidad, reflejan claramente el libérrimo uso que hace García-Alcalde de todo tipo de conceptos históricos y filosóficos y evidencian que el mundo prehispánico -aparte de serle totalmente desconocido- como soporte de este discurso, es simplemente un pretexto o el instrumento de un alegato con clara intencionalidad de presente.

Las epopeyas forjadas en torno a la expansión colonial han contribuido a enriquecer la épica de los pueblos conquistadores que las protagonizaron. Camoens o Alonso de Ercilla, por ceñirnos al ámbito ibérico, o con más cercanía el poema de Viana, constituyen testimonios claros del reflejo literario de las guerras de dominación. Pero es el caso que estamos hablando de hechos y respuestas literarias acontecidos quinientos años atrás. Más recientemente la historiografía y la creación romántica rastrearon estos episodios e idealizaron a menudo a los pueblos sojuzgados, creando un contrapunto russoniano no menos carente de objetividad.

Sin embargo, en un empeño novedoso y no exento de curiosidad, el texto vuelve al pasado para manipularlo con la lógica de los conquistadores -o para ser más exactos con propósito neoconquistador- y de paso transmitir claros avisos a navegantes de la actualidad.

En la insalvable contradicción entre ese godo que llevo dentro (no es broma), pretenciosas aspiraciones de trascendencias filosóficas y devoción anacrónica a la religión wagneriana, el libretista acaba perpetrando un esperpento, envuelto en un soporte de ínfima calidad literaria, desbordante prosaísmo y contrario al discurso musical. 

La música de Falcón, estructurada en motivos de trazado largo y bloques temáticos que tienden a momentos de confrontación y choque, no favorece la incardinación del texto que aparece continuamente como un parlato que discurre en paralelo o un sprechgesang romo, carentes ambos de cualquier sutileza en el tratamiento. Tendríamos que aferrarnos a la obertura, cronológicamente anterior al resto de la obra, para encontrarnos al compositor en estado puro. En el resto, solamente en los pasajes corales, de coro adulto y niños, en los que se extiende la maestría de Falcón Sanabria para este tipo de creación, música y palabra no se molestan.

La consecuencia evidente es la constatación de dos discursos, el del compositor y el del libretista que obedecen a propósitos distintos y no caminan juntos. García-Alcalde ha asumido un proyecto propio, que intenta sobrevolar lo musical y en el que existe una nítida finalidad antinacionalista. Una torpe revisión de historia y conceptos, para intentar sacar adelante su particular interpretación de la conquista de Gran Canaria, impregna todo el libreto. No se repara en que la conquista de Gran Canaria encierra sólo una parte de la simbología del archipiélago sobre esta materia, y así lo vemos desde otras perspectivas insulares. No digo esto para afirmar que no sea legítima una propuesta de revisión, sino que ésta particularmente cae de lleno en burdos procedimientos, maniqueos y falsificadores.

La música de Falcón ha sido el pretexto para la intromisión de una perorata política que tenía su lugar natural como vibrante editorial del periódico “La Provincia”, pero que pretendida como soporte literario de una ópera es sencillamente infumable.

El remate de todo el proyecto, en la búsqueda de un envoltorio que hiciera más agradable el producto, fue la propuesta escénica de la Fura dels Baus, presumiblemente encargada a esta franquicia a precio de oro. Esto no fue obstáculo para que se le encomendara a Pep Gatell, posiblemente el más mediocre de los responsables escénicos del grupo. Sobre la base de una música sin énfasis narrativo y de un texto que estorbaba el discurso del compositor, Gatell optó por una escenografía que mezclaba elementos corpóreos de dudoso gusto y retropoyección de imágenes que combinaron momentos, aislados, bellos y plásticamente resueltos, con otros más abundantes de saturación y borrachera visual.

El vestuario alternó resplandores de los conquistadores, en una estética resueltamente “Excalibur”, con atuendo más convencional para los aborígenes, y una línea de diseño que pusieron en boga, hace años, algunas coreografías callejeras del mundo independentista. Mención especial merece el histriónico disfraz de Aquiles Machado, que parecía pertenecer al ángel anunciador de los Reyes Magos, en un Belén viviente de barriada.

Al final, lo único digno y que merece transitar por el futuro es la música de Falcón Sanabria. Posiblemente, no es lo mejor de su catálogo, aunque hay en ella un aire de constante visita a sus referencias fundamentales. Nos permitimos sugerir que este empeño musical tendría más sentido si el compositor quisiera trasladarlo a una suite sinfónica que podría, incluso, ser la base para una propuesta de ballet. En su forma actual le sobra la palabra, le estorba la palabra, le denigra la palabra.

El primer intento contemporáneo de abordar la composición operística en Canarias se ha saldado como aventura fallida. Demasiados condicionantes extramusicales han distorsionado la propuesta artística. Y esta evidencia no la puede ocultar ni el papanatismo social circundante ni la escritura sumisa de los de siempre. Mucho nos tememos que algún proyecto novedoso, del que nos llega noticia, pueda albergar ya, en origen, el virus perturbador. Todo podría ser más sencillo y limpio asumiendo un principio elemental: dejar el territorio de la creación a los genuinos creadores. O dicho de otra forma: intrusos, abstenerse.

Comentarios enviados

Adargoma: Al fin podemos leer una crítica de la "famosa" ópera que se acerque a lo que casi todos pensábamos y casi nadie se atrevió decir a la puerta del teatro.  
Ya que estamos en ello me gustaría que alguien fuera capaz de explicarme cual es la razón por la que no se elije para esta empresa a un escritor que, al menos, este a la altura profesional del compositor. Lo entendería si fuera una figura emergente de las letras canarias, pero si no me equivoco hasta la fecha no son muchos los poemarios publicados por el sr. García (por suerte).

Merimé: Una de dos, o el sr. García-Alcalde es un intelectual y artista que despierta innumerables celos por la grandeza de su obra creativa; o bien tiene mucho poder, y ya puestos alimenta sus aficiones a golpe de talonario público y mecenazgo agradecido. En cualquier caso sería de agradecer que para el futuro pagara sus atrevidas aficiones con su dinero (al igual que el resto de los mortales), o bien fuera capaz de bajar al mundo creativo y someter su catálogo (si existe) a la ley del mercado en Canarias. O lo que es lo mismo, solicitar audiencia consigo mismo y hacerse la "pelota" a sí mismo un rato. AL menos estaría jugando en la misma división que el resto.  

¿Desciende?: Con 2 milloncejos de Euros en el bolsillo, yo no descendería, estaría divinamente en el Paraíso.

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