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12 de mayo de 2008
Por Purificación Santana
Digamos, para entender y por simplificar, que el producto final de la calidad de la enseñanza se mediría por sus resultados: alumnos que superan los contenidos educativos, titulan y promocionan hacia otros niveles, todo ello dentro de un marco de bienestar compartido por todos los colectivos que intervienen en el proceso.(padres, alumnos, profesores). Disculpen por este apaño de definición, es por no alargarme.
¡Ya estamos! ¡Palabrería, sociología y chorradas para explicar lo inexplicable! ¿No tenemos el profesorado mejor pagado del país?
Y una vez más hay que recordar que no hay más verdad que la de Perogrullo: para mejorar la educación pública hay que apostar por la educación pública.
Sólo ha habido una época gloriosa en la que se apostó por ella. La Consejería estuvo presidida Luis Balbuena. Supuso un giro de 360 grados. Se erradicó el analfabetismo. Se inició el proceso de cambio y la educación dejó de ser una vergüenza pública.
La LOGSE con sus sucesivas reformas (LOE) arroja excelentes resultados en lo que se refiere a la Formación Profesional lanzando a las calderas del infierno a la FP de primer y segundo grado. Hoy los alumnos titulan y se emplean.
Tenemos problemas con la Educación Secundaria porque se quedan demasiados estudiantes en el camino y el Bachillerato lo superan aún menos. No me atrevo a pronunciarme sobre la Primaria porque no ha sido mi campo laboral.
Por tanto: el problema hay que situarlo en sus justos términos.
Entonces ¿qué sucedería si…?
Si estableciéramos un sistema de incentivos y de reconocimientos para la labor del profesorado.
Si apreciáramos, respetáramos la labor que realizan.
Si acondicionáramos los centros con las obras de reforma para que dejaran de parecer almacenes amueblados con restos de algún naufragio.
Si asumiéramos que las diferencias que se encuentran en la sociedad que tienen que ver con el dinero, la cultura, las expectativas de futuro, no las corrige la escuela sino la propia sociedad, aunque la escuela contribuya a mejorarlas.
Si estableciéramos un plan que fomente, premie, certifique la excelencia y no siguiéramos bajando los niveles para enmascarar el fracaso del sistema.
Si abriéramos las puertas de las Direcciones Generales, cerradas a cal y canto, mientras se atrincheran, se bunkerizan, se burocratizan y quienes las habitan campan por sus respetos porque ya se creen que el poder, como a los reyes, se los regaló Dios.
Si persiguiéramos las arbitrariedades que cometen miembros de la Administración amparados en el poder omnímodo que detentan.
Si se ocuparan profesionales competentes de la gestión educativa, y el acceso al cargo público no fuera el resultado de las componendas para repartirse el poder.
Si dejaran de tener al profesorado rellenando papeles para que unas empresas contratadas les certifiquen una “calidad” que ni la consejera sabe dónde está.
Si analizáramos los problemas del sistema y pusiéramos los recursos para resolverlos.
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