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02 de enero de 2008
Por Juan Francisco Santana Dominguez
Siento impotencia y me avergüenza que pueda suceder algo tan dantesco como la noticia del día, en la que sorprendido y abatido me hago consciente de lo sucedido en Kenia, en donde fueron quemadas, dentro de una iglesia, entre 30 y 40 personas, en su mayoría mujeres y niños. ¿Qué ser humano es capaz de llevar a cabo tanta demencia? ¿Por qué las diferencias basadas en aspectos culturales, étnicos, religiosos, políticos, conllevan, en multitud de ocasiones, una violencia desmedida e impropia de seres con capacidad de pensar y amar?
Las diferentes clases de violencia, que no son exclusivas de nuestro tiempo ni tampoco de un espacio determinado, nos han acompañado desde los inicios de la Humanidad y ya es hora de hacer un esfuerzo generalizado para superar tanto sufrimiento inútil. Vemos como se dan casos, casi a diario, de violencia de género, terrorista, étnica, política, religiosa y lo único que se me ocurre es que esa violencia es innata a un pequeño porcentaje de seres humanos. La mayoría de los mortales son incapaces de hacer daño físico a un semejante y menos ocasionar la muerte. Debido a ello hay que convencer, formar, y así vemos como jóvenes de diferentes países, tanto occidentales como orientales, son entrenados para matar al enemigo, pero las secuelas psíquicas que les quedan, en muchísimos casos, son irrecuperables, pasando a formar parte de una población enferma, por no aceptar aquello para lo que fueron entrenados y al sentir, en propia carne, que la realidad supera al entrenamiento o ficción. De todas formas, para llevar a cabo esos hechos, se necesita de una mente débil o enferma, incapaz de oponerse a unas órdenes viles e inhumanas, o una mente desequilibrada que toma este tipo de acciones como algo habitual, en donde el pulso no les tiembla al llevar a cabo cualquier tipo de acción criminal.
Me avergüenza la falta de interés solidario de parte de la Comunidad Internacional, cuando no levanta lo suficiente su voz ante los atropellos que sufren muchos seres humanos, en especial los niños y las mujeres, en diversos lugares del planeta. Se trata, en multitud de ocasiones, de auténticos asesinatos permitidos por unas absurdas y obsoletas costumbres sociales y/o religiosas, donde, desde la distancia, nos estremecemos ante la barbarie del asesinato en masa, la lapidación o la quema con queroseno de mujeres cuya culpa es simplemente la de ser mujer.
"La muerte de cualquier hombre me disminuye", como decía John Donne, me avergüenza y me disminuye como ser humano que se utilice la violencia, que se termine con la vida de cualquier semejante, apoyándose en sectarismos, radicalismos, la falta de formación en valores, de la necesidad de unas leyes justas, de gobiernos incapaces e insensibles. Me aterroriza el que un (in)humano ciegue la vida de sus semejantes, de su pareja, en este caso, aduciendo la barbaridad “si no es conmigo, con nadie” olvidándose de que ningún ser humano es dueño de otro, simplemente lo somos de nosotros mismos.
Rosario Valcárcel: Tienes razón Juan Francisco. Alguien decía que todo crimen representa un fracaso de la humanidad.
Ciertamente no hemos superado los
tiempos de barbarie.
Se culpa al modelo educativo, a los medios audiovisuales, principalmente a la televisión, a la sociedad despersonalizada, a las familias...
¿Por qué no reflexionamos si la respuesta está en nosotros mismos?
Si el turismo se deslocaliza…¿morimos, “quemamos” otro territorio o nos transformamos?
Edu William
¿Estrategias y Propuestas de Viabilidad de Guaguas Municipales?
José Castellano Arencibia
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