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31 de diciembre de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
Todo proyecto personal es una petición de principio, un pretexto que necesitamos, un enfoque, un orden que racionalice nuestra actuación, nuestro estar-en-el-mundo. Hay una lógica física en la que todos los objetos, todos los hechos, se complementan y encajan desde la perspectiva de una carambola universal, pero esto no es un orden. Millones de células pueden desplazarse en el espacio, o mantenerse latente en el tiempo, pero no existe –ni probablemente existirá nunca- método alguno que nos permita predecir en qué sentido irá cada movimiento, cada encuentro, cada devenir, cada choque y sus efectos. No existe tal precisión milimétrica (o al menos no la conocemos) y, desde tal perspectiva, no existe un orden universal.
Por ejemplo, cada mañana nos despertamos, miramos por la ventana y vemos decenas o cientos de vehículos en fila india. Naturalmente, no reflexionamos sobre esto, pero sentimos que tales anécdotas cotidianas forman parte del “orden de las cosas”. Como estos “acontecimientos” se repiten miles de veces en el transcurso de nuestra vida, no concebimos que puedan existir otras alternativas radicalmente diferentes, que nos provea de la serenidad que necesitamos para seguir haciendo y diciendo las tonterías que justifican” nuestra vida.
No es que necesitemos una “justificación” para vivir. No es una cuestión de pensamiento, una cuestión intelectual. Lo que necesitamos realmente es sentir que todo este rebumbio tiene una razón, pero no una razón concreta, sino una “razón universal”. Claro que, realmente, esta exigencia absurda sólo se erige ante aquél que sufre. El dolor es el estímulo más poderoso que existe. El drama, la tragedia, es la madre de las sempiternas preguntas. El que es “feliz” está satisfecho, se sitúa en la perfección, no necesita nada. No hay un motor más eficaz para la “evolución” (o, con perdón, la Revolución) que el sufrimiento. Esto lo saben bien los clericales (como dijo Carlos Marx: la religión es el llanto humano en un mundo inhumano).
Y esto es lo que “justifica” el concepto desarrollado por Kant: “el universo es un caos, es el ser humano el que le dota de orden. El orden universal no es una cuestión objetiva, sino el resultado del esfuerzo racional del hombre”. Y como la felicidad no existe, al no ser más que una abstracción utópica de un anhelo irrealizable, una de las características más peculiares del ser humano es la eterna inquietud, el eterno malestar, el llanto por lo que deseamos y nunca podremos alcanzar, el ansia de “perfección” que, curiosamente, no vivimos como un absurdo, a pesar de lo que nos grita constantemente la cruda realidad.
El irracionalismo no es, después de todo, una actitud únicamente reaccionaria, sino también la sombra gris que nos susurra al oído que debes extraviarte en la superficie de las cosas, que debes procurar no distanciarte del mecanismo de la muchedumbre. Que las penas, eternas compañeras que nos legó Pandora, no están fuera, sino enterradas profundamente en lo más hondo del tuétano de nuestros huesos. De ahí el profundo odio de mucha gente por los “subversivos”. Los cínicos, filósofos que ridiculizaban los esfuerzos de la razón por comprender el mundo, lo vieron con mucha claridad. Cuando la ciudad –la polis- estaba cercada y la lucha, el fuego y el esfuerzo de los “cuerdos”, proyectaba una espantosa algarabía en las casas y en las plazas públicas, en las que los ciudadanos trabajaban arduamente en las tareas de defensa, estos sabios se dedicaban a hacer rodar de uno a otro lado inútiles barriles vacíos que no servían para nada, cruzándose entre sí frases y gritos ininteligibles. Este desprecio por las “cosas del mundo” es causa un pánico atroz en la “gente de orden”, más incluso que el peligro de morir alcanzado por una flecha. Porque la flecha, el fuego, la guerra, al fin y al cabo, forman parte de un orden lógico, pero este distanciamiento, esta perspectiva exasperada, que no espera nada, que no desea nada, que se limita a fijar la vista estupefacta en una espiral infinita sin sentido, eso sí que hunde a los ciudadanos –los cuerdos- en una indescriptible angustia. En la perturbación psicológica de quien sufre (los locos catalogados por el “orden realmente existente”) hay mucha más sabiduría que en la aparente sensatez de los cuerdos oficiales. Los cuerdos, los que gobiernan este mundo de miseria.
En fin, hay que vivir.
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