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22 de noviembre de 2007

El genio literario y la soledad de Kafka

Por Sergio Hernández Hibrahím

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La obra de Kafka es la expresión del aislamiento individual en una sociedad extraña -y, sin embargo, tan reconocible- que se despliega en una ordenación perfecta y absurda. Con una sensibilidad fría [y desgarrada, a pesar de la apariencia], los personajes de Kafka permanecen en una penosa expectativa de lo inesperado, lo arbitrario, lo injusto, que, tarde o temprano,  se desplomará sobre el individuo, sin recurso ni apelación posible.

 

Lo absurdo no está agazapado entre las bambalinas de las apariencias cotidianas. Al contrario, puede irrumpir de improviso en cualquier momento y lugar, a través de la alocución,  la conducta, la actitud, de otras personas. Se está ante una maraña, una red que no tiene principio ni fin. Estuvo ahí siempre, y siempre es y ha sido extraña –es decir, ajena-. Pero todos estamos atados a ella, le pertenecemos. Es el Todo y el individuo no puede huir, ni siquiera se lo propone, sólo puede resignarse a un frío fatalismo. El Todo juzga, culpa, condena y ejecuta, pero no es una entidad abstracta, está encarnada en individuos incrustados en una gigantesca burocracia que se extiende a todas los ámbitos, que se impregna en todas las personas y que funciona con un automatismo atroz.

 

En toda la obra de Kafka está presente la soledad del individuo, inerme e indefenso sin remedio. En El Proceso y El Castillo hay una búsqueda desesperanzada de sentido, que continuamente escapa a cualquier comprensión. En la primera, Josef K es visitado por dos agentes de la policía para notificarle su detención y la apertura del proceso. El personaje protesta de su inocencia y, ante el interrogante acerca de la acusación, los agentes eluden toda explicación. En principio “es culpable según la Ley - ¿Qué Ley? - ¿Qué te parece? No conoce la Ley y se declara inocente”-.

 

La existencia de la culpa no requiere justificación alguna [justificar, en cierto modo, deriva del concepto de justicia]. La Culpa es la Ley misma, este es el axioma que se deduce de los relatos de Kafka. En El Castillo, el agrimensor tiene la indesmayable voluntad de acceder a él; toda la obra se extiende en sus esfuerzos infructuosos por lograr la ayuda de los demás, perdiéndose en un laberinto sin fin que, hora parece acercarle, hora le aleja sin remedio de su objetivo. Allá, en su cima, debe encontrarse el sentido de todo, es decir, lo Superior, lo Innombrable, lo Inefable, el omnipotente padre, el dios que dirige la existencia desde alturas inaccesibles y que administra la Ley a través de infinitos escalones humanos que descienden hasta los indefensos mortales.

 

Que la Culpa es la Ley  está corroborado por la Historia. Sobre esto podrían hablar hoy los indígenas americanos, los subsaharianos, los palestinos, los bosnios, las mujeres del mundo entero, los homosexuales, y, ayer, los judíos, los polacos, los gitanos y los prisioneros soviéticos en la Alemania nazi. Desde la perspectiva del individuo aislado, toda búsqueda de sentido o justificación de la existencia –sobre todo de la actual existencia- está condenada al fracaso. Así lo expresa el talento de Kafka en el cuento Ante la Ley:

 

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta al guardián y le pide que le deje entrar. Pero el guardián contesta que de momento no puede dejarlo pasar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se lo permitirá…..

 

Durante largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años abiertamente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo entre murmullos. Se vuelve como un niño, y como en su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, ruega a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián…..

 

Todos se esfuerzan por llegar a la ley - dice el hombre -; ¿cómo se explica, pues, que durante tantos años sólo yo intentara entrar?
El guardián comprende que el hombre va a morir y, para asegurarse de que oye sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:

Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Tal aislamiento ante fuerzas inefables e incomprensibles, que manejan los hilos de nuestro deambular vital, lleva necesariamente a la imposibilidad de comunicarse de modo auténtico con los demás. La desconfianza, la mutua hostilidad, cuando no la extrañeza, es el patrón visible en el mundo en que vivimos.  Kafka tuvo genio y sobrada intuición artística para expresarlo con pocas palabras,  en su cuento “Una confusión cotidiana”:

Un incidente cotidiano, del que resulta una confusión cotidiana. A tiene que cerrar un negocio con B en H. Se traslada a H para una entrevista preliminar, pone diez minutos en ir y diez en volver, y se jacta en su casa de esa velocidad. Al otro día vuelve a H, esta vez para cerrar el negocio. Como probablemente eso le exigirá muchas horas, A sale muy temprano. Aunque las circunstancias (al menos en opinión de A) son precisamente las de la víspera, tarda diez horas esta vez en llegar a H. Llega al atardecer, rendido. Le comunican que B, inquieto por su demora, ha partido hace poco para el pueblo de A y que deben haberse cruzado en el camino. Le aconsejan que espere. A, sin embargo, impaciente por el negocio, se va inmediatamente y vuelve a su casa.


 

Esta vez, sin poner mayor atención, hace el viaje en un momento. En su casa le dicen que B llegó muy temprano, inmediatamente después de la salida de A, y que hasta se cruzó con A en el umbral y quiso recordarle el negocio, pero que A le respondió que no tenía tiempo y que debía salir en seguida.


 

A pesar de esa incomprensible conducta, B entró en la casa a esperar su vuelta. Y ya había preguntado muchas veces si no había regresado aún, pero seguía esperándolo siempre en el cuarto de A. Feliz de hablar con B y de explicarle todo lo sucedido, A corre escaleras arriba. Casi al llegar tropieza, se tuerce un tendón y a punto de perder el sentido, incapaz de gritar, gimiendo en la oscuridad, oye a B -tal vez muy lejos ya, tal vez a su lado- que baja la escalera furioso y que se pierde para siempre.


 

En el mundo de Franz Kafka nada es seguro, las cosas y las personas pueden ser sólidas o, por momentos, evanescentes y, muchas veces, inaccesibles. Aparecen sucesos con apariencia razonable, otras veces inexplicables. Cualquier acontecer parece tener una profunda trascendencia, pero, inmediatamente, se diluye, incluso hasta desaparecer por completo. La realidad y los discursos están empapados de ambigüedad y constantemente se nos escapan. Cuando leo sus novelas tengo la vaga sensación de estar ante algo conocido, ante algo vivido. El escritor tuvo la inmensa capacidad para expresar su inquietud literaria con formas expresivas que son un hallazgo inseparable de él mismo. Nos transporta ipso facto hacia un mundo que impacta: no estoy ante una fantasía o ensoñación. No estoy leyendo, estoy viviendo una historia, mi historia. Estoy dentro mismo de un sueño o de una pesadilla.


 

El teórico húngaro Georg Lukács magnificaba la gran novela burguesa del XIX, considerándola como la más alta expresión de la literatura. Tal perspectiva le llevó a considerar a Kafka y otros eximios literatos (Maiakovski, por ejemplo) como decadentes. En la crisis húngara de los años cincuenta del pasado siglo, participó en el gobierno provisional (creo que como ministro de cultura). Una madrugada vinieron varios agentes de la policía a su domicilio, lo introdujeron en un coche y lo despacharon para Moscú. Posteriormente comentó: “Esa noche comprendí que Kafka fue un escritor realista”. Efectivamente.


 

La vida es un infinito laberinto sin sentido. La ley, la justicia, las normas morales, forman una  hojarasca inconmovible, incuestionable, que se retroalimenta. El poder está ataviado con esa parafernalia y todo intento de interrogarse acerca de su sentido último está condenado a un eterno caminar por senderos inextricables, que nos desvía constantemente hacia atajos infinitos, confusos. De ahí la tentación de la huída. La ilusión de marchar, de perderse para siempre en un perenne viaje hacia ninguna parte, donde no somos responsables, donde nadie puede culparnos de nada. ¿Quién no ha acariciado alguna vez ese ensueño? El escritor también se dejó llevar alguna vez por esta ilusión imposible:


 ¿Hacia donde cabalga, señor?
No lo sé —respondí—, sólo quiero partir, sólo partir, nada más que partir de aquí. Sólo así lograré llegar a mi meta.
¿Entonces conoce usted la meta? —preguntó él.—
Sí —contesté—. Ya te lo he dicho. Partir, ésa es mi meta.
¿No lleva provisiones? —preguntó.
No me son necesarias —respondí—, el viaje es tan largo que moriré de hambre si no consigo alimentos por el camino. No hay provisión que pueda salvarme. Por suerte es un viaje realmente interminable.

 

 

 

 

Comentarios enviados

Excelente artículo

Luis León Barreto: Excelente y bien documentado trabajo sobre una de las obras literarias más notables de la historia de la literatura

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