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22 de noviembre de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
La obra de Kafka es la expresión del aislamiento individual en una sociedad extraña -y, sin embargo, tan reconocible- que se despliega en una ordenación perfecta y absurda. Con una sensibilidad fría [y desgarrada, a pesar de la apariencia], los personajes de Kafka permanecen en una penosa expectativa de lo inesperado, lo arbitrario, lo injusto, que, tarde o temprano, se desplomará sobre el individuo, sin recurso ni apelación posible.
El guardián comprende que el hombre va a morir y, para asegurarse de que oye sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:
Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.
Tal aislamiento ante fuerzas inefables e incomprensibles, que manejan los hilos de nuestro deambular vital, lleva necesariamente a la imposibilidad de comunicarse de modo auténtico con los demás. La desconfianza, la mutua hostilidad, cuando no la extrañeza, es el patrón visible en el mundo en que vivimos. Kafka tuvo genio y sobrada intuición artística para expresarlo con pocas palabras, en su cuento “Una confusión cotidiana”:Un incidente cotidiano, del que resulta una confusión cotidiana. A tiene que cerrar un negocio con B en H. Se traslada a H para una entrevista preliminar, pone diez minutos en ir y diez en volver, y se jacta en su casa de esa velocidad. Al otro día vuelve a H, esta vez para cerrar el negocio. Como probablemente eso le exigirá muchas horas, A sale muy temprano. Aunque las circunstancias (al menos en opinión de A) son precisamente las de la víspera, tarda diez horas esta vez en llegar a H. Llega al atardecer, rendido. Le comunican que B, inquieto por su demora, ha partido hace poco para el pueblo de A y que deben haberse cruzado en el camino. Le aconsejan que espere. A, sin embargo, impaciente por el negocio, se va inmediatamente y vuelve a su casa.
Esta vez, sin poner mayor atención, hace el viaje en un momento. En su casa le dicen que B llegó muy temprano, inmediatamente después de la salida de A, y que hasta se cruzó con A en el umbral y quiso recordarle el negocio, pero que A le respondió que no tenía tiempo y que debía salir en seguida.
A pesar de esa incomprensible conducta, B entró en la casa a esperar su vuelta. Y ya había preguntado muchas veces si no había regresado aún, pero seguía esperándolo siempre en el cuarto de A. Feliz de hablar con B y de explicarle todo lo sucedido, A corre escaleras arriba. Casi al llegar tropieza, se tuerce un tendón y a punto de perder el sentido, incapaz de gritar, gimiendo en la oscuridad, oye a B -tal vez muy lejos ya, tal vez a su lado- que baja la escalera furioso y que se pierde para siempre.
En el mundo de Franz Kafka nada es seguro, las cosas y las personas pueden ser sólidas o, por momentos, evanescentes y, muchas veces, inaccesibles. Aparecen sucesos con apariencia razonable, otras veces inexplicables. Cualquier acontecer parece tener una profunda trascendencia, pero, inmediatamente, se diluye, incluso hasta desaparecer por completo. La realidad y los discursos están empapados de ambigüedad y constantemente se nos escapan. Cuando leo sus novelas tengo la vaga sensación de estar ante algo conocido, ante algo vivido. El escritor tuvo la inmensa capacidad para expresar su inquietud literaria con formas expresivas que son un hallazgo inseparable de él mismo. Nos transporta ipso facto hacia un mundo que impacta: no estoy ante una fantasía o ensoñación. No estoy leyendo, estoy viviendo una historia, mi historia. Estoy dentro mismo de un sueño o de una pesadilla.
El teórico húngaro Georg Lukács magnificaba la gran novela burguesa del XIX, considerándola como la más alta expresión de la literatura. Tal perspectiva le llevó a considerar a Kafka y otros eximios literatos (Maiakovski, por ejemplo) como decadentes. En la crisis húngara de los años cincuenta del pasado siglo, participó en el gobierno provisional (creo que como ministro de cultura). Una madrugada vinieron varios agentes de la policía a su domicilio, lo introdujeron en un coche y lo despacharon para Moscú. Posteriormente comentó: “Esa noche comprendí que Kafka fue un escritor realista”. Efectivamente.
La vida es un infinito laberinto sin sentido. La ley, la justicia, las normas morales, forman una hojarasca inconmovible, incuestionable, que se retroalimenta. El poder está ataviado con esa parafernalia y todo intento de interrogarse acerca de su sentido último está condenado a un eterno caminar por senderos inextricables, que nos desvía constantemente hacia atajos infinitos, confusos. De ahí la tentación de la huída. La ilusión de marchar, de perderse para siempre en un perenne viaje hacia ninguna parte, donde no somos responsables, donde nadie puede culparnos de nada. ¿Quién no ha acariciado alguna vez ese ensueño? El escritor también se dejó llevar alguna vez por esta ilusión imposible:
Si el turismo se deslocaliza…¿morimos, “quemamos” otro territorio o nos transformamos?
Edu William
¿Estrategias y Propuestas de Viabilidad de Guaguas Municipales?
José Castellano Arencibia
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