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06 de mayo de 2006
Por Ana Criado
A ver, niños, ¿qué son los genes? Qué pregunta más tonta, todo el mundo sabe eso. ¿O no? A ver, repitan conmigo: los genes son las unidades mínimas de transmisión de la herencia biológica. Sirven para explicar, por ejemplo, que tengamos nariz de alcachofa, como papá, o rodillito ventral, como mamá. A menudo, también nos vienen de perlas para justificar nuestros defectos más chunguillos y nuestras meteduras de pata: “Es que no lo puedo evitar, es genético”, decimos, cuando la naturaleza nos lleva a ser impuntuales, agarrados, fanfarrones, mentirosos, chafalmejas, o perdigones. Y nos quedamos tan sueltos, porque contra la biología no hay quien pueda.
Pero eso se va a terminar. Porque ahora resulta que no, que la tendencia a ser un impresentable, un gorrón, un falso o un cotilla no se transmite por vía genética. En los genes nos viene de paquete la información biológica (el color del pelo y de los ojos, la complexión física, los rasgos, algunas enfermedades, o la propensión a contraerlas…). Pero, al parecer, el ADN comportamental no es cosa de los genes, sino de los “memes”.
Esto de los memes se lo inventó en 1976 un zoólogo llamado Dawkins, para intentar descifrar desde una perspectiva biológica los estereotipos, las ideas políticas o las religiones. Buscó sistemas básicos que explicaran los fenómenos culturales, y los llamó “memes” por analogía fonética con “genes”, y porque se propagan por mímesis. En los memes se dan las características propias de todo proceso evolutivo: fecundidad (algunos conceptos son especialmente efectivos, como la idea de Dios), longevidad (muchos de ellos persisten durante largo tiempo: la monogamia, la fe, o la corbata) y fidelidad en la replicación (carácter conservador de tradiciones y creencias)… Resumiendo: igual que los genes contienen nuestras singularidades físicas, los memes contienen las culturales. Según Dawkins, desde que nacemos ya venimos con una información genética y otra memética, heredadas ambas. La diferencia entre genes y memes estriba en que los memes también se transmiten verticalmente (de padres a hijos) y horizontalmente (entre iguales), por imitación, por enseñanza o por asimilación.Un meme clarísimo es la manía de ponerse para atrás la visera de las gorras. Ignoramos en qué momento y por qué causa se dio vuelta la gorra, del mismo modo que desconocemos el origen de tantas otras modas. Pero lo que sí sabemos es que una vez puestas en marcha se expanden como epidemias. Otro meme de reciente incrustación es la tendencia inconsciente de muchos políticos, de parecerse cada vez más a sus alias, mimos, remoquetes e imitadores. El Chirac de carne y hueso parece una copia conforme del muñeco que lo remeda en el Guiñol de Canal+ Francia. El Fidel Castro chicharrero se lleva los sustos que nadie se atreve a darle al de verdad. Y Bush dejó pasmado al mundo entero cuando se presentó en público con su doble, mucho más al tanto que el propio Presidente de las cualidades de la Primera Dama (“mu-y ca-li-en-te”).
Aunque eso quizá no tenga que ver con los memes, sino con los memos. La memótica es una ciencia con bassstante futuro.
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