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21 de octubre de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
Editorial Ariel acaba de publicar el tratado de Richard Grunberger titulado “Historia Social del Tercer Reich”, reedición del publicado en la década de los setenta.
Siempre he sostenido que no es razonable culpar al conjunto del pueblo alemán, por los crímenes del nazismo. Esta dictadura terrorista se impuso sobre el telón de fondo de un universo de campos de concentración extendido por todo el territorio de Alemania. Allí fueron a parar comunistas, socialistas, sindicalistas, demócratas moderados, homosexuales y judíos alemanes, antes de desencadenar la espantosa guerra de agresión y exterminio contra los demás pueblos europeos, en la que ya mostró el nazismo su monstruoso rostro frente a polacos, checos, soviéticos y ciudadanos alemanes, en una liquidación física masiva, asesinando expeditivamente a medio de disparos a quemarropa, experimentos letales, inanición o asfixia por gas ciclón-B. Ya antes de la agresión directa a la Unión Soviética, los nazis promulgaron la famosa “directiva de los comisarios”, ordenando la ejecución inmediata de todo comisario [comunista] soviético que fuera hecho prisionero en el campo de batalla.
A la vista del texto de Grunberger hoy no estoy tan seguro de afirmar la “inocencia” del pueblo alemán de la época. Al menos es preciso matizarla, porque el cuadro histórico-social que cuenta es espeluznante. El grueso de todas las clases y capas sociales se integraron en un sistema horrible, conviviendo cotidianamente con la corrupción, el chantaje moral, el crudo miedo físico o la delación. Pero también fueron “premiados” con el producto del saqueo, la destrucción y los crímenes horrendos. Las noticias sobre los asesinatos y exterminios en Polonia o la Unión Soviética, por no hablar de los que se cometían en la propia Alemania, eran notoriamente conocidas por la gente. Y todo el mundo vivía en una criminal indiferencia, mostraban su contento por las victorias de la Wehrmacht, o aceptaban pasivamente las consecuencias de estas victorias: la colonización de las tierras polacas o soviéticas, previamente “limpias de elementos infrahumanos” (léase polacos, soviéticos o judíos de estas nacionalidades).
Los nazis preguntaron al gobierno de la dictadura franquista acerca de qué debían hacer con los prisioneros españoles [republicanos] que estaban integrados en las fuerzas francesas que se rindieron a raíz del armisticio. La respuesta de Franco fue que no había españoles más allá de las fronteras. Consecuentemente, fueron todos trasladados y agrupados en el campo de concentración de Mauthausen, que construyeron con sus propias manos. 7.200 españoles pasaron por este antro de muerte, de los que perecieron 5.000 aproximadamente. En total pasaron por esta máquina de exterminio 250.000 personas, de las que los nazis “liquidaron” a 122.000, muchos de ellos prisioneros soviéticos. Los presos vestían el típico traje a rayas y los republicanos españoles ostentaban en el pecho el triángulo azul de los apátridas con una “S” en el centro (“S” de Spanier).
El campo de concentración-exterminio de Mauthasen-Gusen estaba situado en Austria, a pocos kilómetros de la ciudad de Linz. Un preso republicano cuenta que algunas veces eran trasladados a pie a la población cercana. Al pasar por las calles observaba a los austriacos asomados a sus ventanas. Esta gente mostraba su desprecio dando portazos o mirándoles con asco y desprecio.
Ya he mostrado en otras ocasiones mi estupefacción por cosas como estas. Pueblos a los que se les supone una “alta cultura” o un nivel de “humanidad” excepcional, muestran una criminal indiferencia hacia el destino vital de otros. ¿Cuándo se pierde la dignidad hasta este extremo? Convengamos en que no existe ninguna comunidad que esté vacunada contra la permisión de la injusticia y la comisión de atrocidades. Cierto que Alemania (y Austria) soportó una atroz dictadura y esto es una atenuante, pero no extingue la responsabilidad histórica de un pueblo que mostró una insólita solidaridad con la dictadura que asoló a los pueblos europeos.
Digamos, no obstante, que la Alemania de hoy nada tiene que ver con aquellas monstruosidades, lo que nos lleva a razonar que la esencia de los pueblos (como la de las personas) no consiste en su “Ser”, sino en su “Estar Siendo”. No hay más que ver el rechazo masivo de la actual juventud alemana frente a la guerra de agresión contra Irak. No existe un solo ser humano (ni pueblo) que se mantenga igual a sí mismo a través del tiempo.
Sólo cabe ya expresar la esperanza de que la gente agrupada en el Estado sionista de Israel y que apoyan masivamente los asentamientos y el genocidio palestino, acaben rechazando su régimen infernal de destrucción, su política de demolición de viviendas y de asesinatos. Y, puesto ya, el anhelo de que el pueblo estadounidense termine reaccionando y bote del gobierno a los depredadores que están sembrando miseria y muerte en Irak y Palestina, volviendo al “Sentido Común” del eximio precursor de la Revolución Americana Thomas Paine, cuyas palabras parecen que todavía resuenan, 250 años después.
En fin, de esperanza también se vive.
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