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08 de octubre de 2007

Las familias felices

Por Dolores Campos-Herrero

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Fue León Tolstoi quien comenzó una de sus novelas con una afirmación que casi funciona como verdad incuestionable en literatura. Todas las familias felices lo son de parecida manera. Las infelices lo son cada una a su modo.
La cita que no es textual, ya que no me queda más remedio que confiar en estos momentos en la memoria sin el mencionado volumen del escritor ruso a mano, no significa que buena literatura tenga que ser siempre sinónimo de desdicha.
Hay géneros felices. Muy felices. El género humorístico, el de aventuras y, como no, aquel que recrea  apacibles universos infantiles. Sin olvidar, claro está, las bellas historias de amor que no tienen por qué rozar el subgénero de las llamadas “novelas románticas” contemporáneas o de lo trivialmente sentimental o de lo rosa.
Tampoco podría decirse que el territorio de las narraciones súbitas no sea generalmente un lugar de historias bienhumoradas y cargadas de optimismo.
Pero, naturalmente, nos las vemos con un género que acepta también todas las convenciones posibles.
A veces se acerca al poema breve, a la sentencia, a la reflexión existencial y al aforismo, con la carga de gravedad que, por lo general, todos ellos conllevan.

En el microrrelato caben también destinos marcados por la fatalidad.

No en vano, lo azaroso es uno de sus signos.
1
Como si repitiera otros destinos, se fueron cumpliendo los plazos, los pequeños cataclismos, los leves ruegos de auxilio.
2
La extraña fruta a la que cantaba Billy Hollyday se balancea en el árbol todavía. Aún daña ese dolor que es capaz de viajar a través del tiempo. De resistir, en una voz que se quiebra, por los siglos de los siglos.
3
Como yo, Dinah Washington dijo que estaba loca por el chico y no cabe duda de que su confesión fue verdadera.

Con el tiempo, lo  demostraron los zarandeos de su cuerpo.

Aquellos nervios de talla 34.
El alud blanco de pastillas.

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