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08 de julio de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
En la leyenda cristiana, esta fue la frase que pronunció Pilatos, cuando el presunto Mesías de los judíos le espetó que había venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Esta locución del personaje (¿qué es la verdad?), muestra una inteligencia crítica fuera de lo común, porque no abundan pensamientos de este tipo en la vida cotidiana.
Sobre esta cuestión, es decir, sobre el tema de si podemos atribuir una existencia real a las cosas que están fuera de cada mente individual, se han elaborado miles de tratados filosóficos a lo largo de toda la Historia. El abanico de propuestas es múltiple; así, está la posición del obispo inglés George Berkeley, que él mismo resumió en el aforismo: “ser es ser percibido” (idealismo subjetivo), cuyo pensamiento no es tan fácil de rebatir como parece a primera vista. El personaje Samuel Johnson, en plena discusión paseando por el campo con Berkely, ya desesperado, pateó una piedra exclamando ¡lo refuto así! Lógicamente, esto no es modo de probar nada.
El tema es bastante complicado, sin duda. Ahí están las ideas mucho más complejas y profundas de David Hume, uno de los más grandes representantes del empirismo británico, o las del insigne novelista romántico, el francés Stendhal, que consideraba la literatura como un espejo que recorre la realidad hasta llegar, en el otro extremo [del objetivismo], al materialismo filosófico y el dialéctico, representado este último, a título de ejemplo, por Lenin, que pergeñó una obra basada en la llamada teoría del reflejo (la mente como reflejo de la realidad objetiva), que personalmente no considero como una gran aportación a la teoría del conocimiento, en lo que coincido con Gramsci.
David Hume, por ejemplo, sostuvo que la relación de causalidad (causa-efecto) no podemos probar que proviene de ciertas propiedades de la materia, sino del hábito. Estamos acostumbrados a esperar que si rascamos un fósforo en un papel de lija se encienda, pero de ahí no puede concluirse ninguna deducción filosófica que nos lleve a afirmar que existen ciertas propiedades objetivas en la materia, una relación causa-efecto contenida en las propias cosas materiales.
Los científicos no se plantean estos dilemas. Aplican la relación causa-efecto y ofrecen hipótesis sobre esta base. Quizás duden de todo al salir del “laboratorio”, pero en su práctica estas dudas no les sirven para nada.
Sin ánimo de restar importancia a los argumentos del empirismo, cabe preguntarse para qué sirve una filosofía que no permite vivir sobre hipótesis plausibles, sino sobre una constante duda acerca de la veracidad de las cosas.
El problema de dilucidar si podemos atribuir una realidad objetiva a la materia no es un simple tema filosófico, a discutir por la vía de abstracciones, sino una cuestión de la práctica social. Es en la práctica donde los individuos y los pueblos prueban la veracidad, exactitud o materialidad de sus ideas.
Pero el idealismo filosófico, la “puesta entre paréntesis” de la realidad material, vuelve a plantearse de forma recurrente. Hoy surge a cuento de la llamada “realidad virtual”, un concepto derivado de la informática. La fórmula consiste en construir una “verdad” aislada del mundo material. Existen medios técnicos que no sólo permiten oír y ver un montaje imaginario (el holograma, por ejemplo), sino, además, olerlo y palparlo, de modo que es harto difícil distinguirlo de la materia que experimentamos cotidianamente. Se pueden crear “burbujas imaginarias” que percibimos como si fuesen ciertas, verdaderas. Irónicamente, Berkely siempre vuelve para preguntarnos ¿Qué es el Ser? ¿Qué es la verdad? ¿Puede existir una verdad al margen de nuestra percepción?
Y ya puestos, estas dudas pueden extenderse a cualquier cuestión. Por ejemplo, ¿Cuál es la verdad del conflicto sionista-palestino? Porque, para que funcione la “burbuja imaginaria” es necesaria la amnesia, el olvido de la Historia. Las verdades, desde luego, son relativas, pero unas lo son más que otras. La realidad histórica del pueblo palestino está construida con algo tan material como los arroyos de la sangre derramada en una lucha, respaldada por una legitimidad histórica incontestable.
Mi verdad (pónganla entre paréntesis, me da lo mismo), es que la tragedia palestina no tiene otro origen que el robo, el terror y la extorsión nazi-sionista. El lavado de cerebro ejecutado por los medios puede intentar ocultar estos hechos, pero yo sigo reivindicando que sólo la Historia garantiza la certeza de los diagnósticos políticos. Contra el subjetivismo y la alteración de la realidad política y social que percibimos, no existe otra vacuna que el estudio serio de la Historia.
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