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19 de junio de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
La creación de la Autoridad Palestina trae su origen de los Acuerdos de Oslo, una especie de tratado en el que la representación palestina otorgó múltiples concesiones territoriales a los sionistas. Desde el principio se concibió este acuerdo como provisional y transitorio, pero se frustró casi de inmediato, tanto por el asesinato del primer ministro Rabin, como por el empecinamiento sionista en vaciarlo íntegramente de contenido, de modo que la historia de las matanzas y persecución de palestinos sigue su trayectoria sangrienta sin que nadie les ponga coto. Los EEUU, la Unión Europea, Israel, Egipto y demás fuerzas pro-sionistas, están coaligados de facto para destruir la realidad nacional palestina.
A mi entender, la Autoridad Palestina se ha revelado como un artefacto de doble filo. Por un lado, implica el “reconocimiento” de aquella realidad nacional y la creación de instituciones propias, pero íntegramente subordinadas al poder y los designios del Estado terrorista de Israel que, con la importante complicidad de los EEUU, no ha cesado de ejercer una fuerte presión y hostigamiento armado, con el consiguiente despojo territorial y la prohibición del retorno de la diáspora palestina, a la vez que se sigue promocionando la inmigración de judios.
Por otro lado, la transformación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Autoridad Nacional, conlleva gravísimos problemas que los palestinos, hostigados y perseguidos por todas partes, no pueden solventar. Concebir que un pueblo perseguido, expulsado y sometido a matanzas y agresiones armadas, sea capaz de ejercer su derecho democrático a elegir a sus representantes, es una ficción mortal. Lo que desean Israel y EEUU es que ese pueblo ponga el cuello mansamente y se someta a la renuncia de sus derechos ancestrales y al retorno de sus exiliados. Para esto necesitan que esa Autoridad segregue dirigentes sometidos, títeres blindados por el “realismo” de la amenaza militar, renunciando a toda resistencia.
Y este es el desgraciado papel que está jugando mahmud Abas, presidente de la Autoridad Palestina y dirigente principal de Al Fatah. No soy quién para emitir juicios de valor sobre la bondad política de Hamás, pero esta es la corriente política vencedora en las últimas elecciones, victoria que recibió la respuesta de los repugnantes “países civilizados”, que se apresuraron a organizar un “boicot internacional”, eufemismo que significa Hambre y Desesperación. Tal éxito electoral fue recibido también con disgusto y reticencias por Al Fatah, que se viene beneficiando de un rearme de sus grupos armados y su Fuerza Presidencial, financiada directamente por los nazis sionistas, es decir, por Israel. Así que no puede extrañarnos que Mahmud Abas, connotado colaboracionista y agente de la CIA y el MOSSAD, entrara a regañadientes en un nominado gobierno de unidad nacional con Hamás que no ha tardado en irse al garete, a la primera oportunidad que ha visto Mahmud Abas, esta especie de Tio Tom, de destrozar a la fuerza política que ganó las últimas elecciones.
Como el bandidaje sionista tiene ya una amplia experiencia en la matanza y control del pueblo palestino, al que ha añadido de forma recurrente un permanente chantaje, condicionando toda negociación al desarme de los combatientes, es muy fácil (demasiado fácil) cargar las cuentas de la actual guerra civil al propio gobierno legal constituído inicialmente por Hamás. Así que no les basta que Hamás mostrara al principio de su gestión gubernamental una indudable posición negociadora, no les basta que recientemente se haya formado un gobierno de unidad nacional integrado por Hamás y Al Fatah. Había que sembrar el caos y probar que los palestinos no están en condiciones de gobernarse a sí mismos.
Hacía falta el caos y la guerra civil y me cuidaré mucho de condenar a una fuerza política con un apoyo indudable del pueblo. El propio Mahmud Abas acusa a Hamás de dar un golpe de Estado, y como la Unión Europea, EEUU e Israel lo consideran terrorista, se han apresurado a hacer público su apoyo incondicional a Al Fatah, es decir, a la fuerza política cuya historia del último decenio no es más que un salpicadero de renuncias, genuflexiones y humilde reconocimiento de los privilegios sionistas en la parte palestina dominada íntegramente por la soldadesca sionista y su ignominioso muro de contención. Ese apoyo significa control, dinero, armamento y palmaditas en la espalda por parte de los bandidos estadounidenses y sus cómplices, mientras Hamás carece de capital y de armas, son pobres y ya han recibido la marca terrorista, porque ahora se le llama terrorista al pueblo combatiente, a la insurgencia, a las fuerzas que tienen la voluntad de librar a Palestina de su maldición histórica.
Imagino que la franja de Gaza y la llamada Cisjordania estarán plagadas de agentes provocadores y espias de toda laya, al servicio de la ocupación militar. El garrote vil que aherroja el cuello del pueblo palestino no puede ser sacudido sino por una posición firme, respaldada por las armas del pueblo. Arrodillarse ante el bandidaje es una mala política, generadora de corrupción, desesperación, impotencia y aceptación del despojo nazi, como vemos que ha venido ocurriendo desde la creación de las instituciones de la Autoridad Nacional Palestina.
Desgraciadamente, puesto que los bandoleros sionistas no admiten ninguna negociación razonable, sólo quedan la firmeza política y la lucha sin cuartel. Hoy por hoy, Al Fatah es la racionalización del suicidio palestino.
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