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02 de junio de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
La Familia es una institución ancestral que, desde su aparición en la Historia, siempre ha concitado el apoyo y promoción de los estamentos establecidos. Los poderes tradicionales y más rancios, han tenido a la Familia como la depositaria de los valores fundamentales del ser humano (del Hombre, en el lenguaje antiguo). Las monarquías, las religiones, también la católica-apostólica-romana, el nazismo, el fascismo, las dictaduras militares, etc, todos han convenido en la deificación de la familia como portadora de valores universales, como esencia de una sublime relación, como expresión de la sangre, la tierra, el mandato de Dios, la tradición o la columna esencial de la patria, etc etc, el pretexto varía en función de la ideología de que se trate.
Esta, llamémosla institución, no es eterna (nada lo es). Apareció en un momento histórico y, como todo, terminará desapareciendo para dar paso a otros tipos de vínculos o lazos, ligados a las relaciones afectivas. Son estas relaciones de afecto las que explican, al menos parcialmente, la existencia misma de este grupo social.
Todo ser humano precisa sentirse querido. No obstante, es un hecho contrastado que nada puede garantizar esto. Diciéndolo en lenguaje coloquial, la familia cumple el rol de asegurar las dosis de afecto que todo individuo necesita. Si nada nos lo puede asegurar, la institución lo alcanza a las buenas o a las malas. Pero la palabra afecto no es sinónimo exclusivo de pasiones positivas o beneficiosas. Podríamos entenderlo como un cajón de sastre que incluye el amor, el odio, el resentimiento, la envidia, la ternura, etc. Y el problema es que no podemos optar por una pasión excluyendo la posibilidad de las demás. La institución es como una caja de Pandora en la que está todo, para lo bueno y para lo malo.
Pero la Familia tiene al menos dos dimensiones. Esta la común, la aparente, la que vivimos cotidianamente, mi papá, mi mamá, mi hermana, mi abuela, mis tíos, mis primos……Y está la Familia que vive su propio ritmo en nuestro cerebro, la Familia que interiorizamos al margen de nuestra voluntad consciente y palpita inapelable en los tejidos más íntimos de nuestro ser, la institución que nos aterra, nos oprime, nos aplasta, la que mezcla la ternura con el odio, el resentimiento con el amor, correspondido o no. También está el poder, ese mecanismo que impregna todo este microcosmo. En Polonia existe un dicho popular: los rusos son nuestros hermanos, no nuestros amigos. Es esta una desgarrada visión de la familia real, a un hermano te lo tienes que tragar, porque debes quererlo te guste o no, a un amigo lo eliges tú, lo amas sin más, no existe ningún mandato que te obligue.
Alrededor de la institución se ha sedimentado en siglos y siglos un conjunto de tópicos. Amarás a tu padre y a tu madre ¿Por qué? Porque es tu obligación, debes venerarlos, obedecerlos. No puedes juzgar a tu padre ¿Por qué? Tu padre es la voz de Dios, nadie podrá nunca quererte como él. Debes querer a tus hijos ¿Por qué? Son tu carne y tu sangre. Detrás de esta hojarasca abunda mucho una miseria moral que nos cuenta una verdad espantosa. Estoy obligado a amar a mi esposa, es mía, mis padres son míos, mis hijos también son míos.
Las crónicas de la intrahistoria, de la vida cotidiana, nos cuentan otras cosas. Nos hablan de las múltiples violaciones perpetradas por padres a sus hijas, de los malos tratos propinados por el pater familia a su consorte o a sus hijos. Kafka expresó magistralmente el fondo de resentimiento, dolor y pesadumbre, vivenciados en la relación con su padre. Si yo digo que cualquiera ha experimentado odio eventual a un hijo, y hasta un odio cerval a su propio padre, podría Interpretarse como algo escandaloso ¡la Familia es algo tan sagrado! Pero esto ocurre, con más frecuencia de la que imaginamos.
Lo que pasa es que todos [y todas], tendemos a cubrir nuestros sentimientos con un manto de perennidad, de firmeza y persistencia, que nada tienen que ver con la realidad. En un momento puntual, podemos desear matar a nuestro padre o a nuestro hijo, pero, ¡vamos! La Familia interior está vigilante para incrustarnos el mensaje de que eso no va en serio. Recuerdo una anécdota leída en un periódico hace unos años: un padre, agobiado por los llantos incesantes de su bebé, a la vista de que no lograba acallarlo, en un arrebato lo lanzó por la ventana. Pues bien, lo comprendo, perdió el control, no pudo impedir el arrastre de un sentimiento eventual. Los sentimientos eventuales nos acucian constantemente, nos conmueven, nos alteran, pero tenemos que reprimirlos para evitar que nos arrastren a delirios irreparables.
Este empeño que todos y todas empleamos en asegurarnos de que nuestros sentimientos son sólidos, perennes, eternos (es decir, sin principio ni fin) es irracional, no concuerda con la realidad de la vida. Pero esta ilusión irracional, al no poder lograr su objetivo, necesita un blindaje especial, un hormigón armado, que nos brinde la apariencia de su posibilidad. Y ahí está la Familia interior para asegurarlo.
Hace tiempo un amigo me confesaba entristecido sus sentimientos acerca de su madre, a la que ama intensamente. Lo cierto es, sin embargo, que nunca la conoció porque falleció en el acto mismo de darle a luz. Es este un caso de amor retroactivo más que curioso. Me esforcé en hacerle comprender lo irracional de su sentimiento pero fue imposible situarnos en un terreno común de debate; cuanto más le argumentaba mayor era su rebeldía. Mi argumento es sencillo: es imposible amar intensamente a alguien que no conoces, que no conocerás nunca. Pero, una vez más, le comprendo, no es él quien está amando, es su Familia interior la que le obliga a tener tal sentimiento, una Familia fantasmal que, entre otras cosas, le recuerda que él fue la causa involuntaria de la muerte de su madre, a la que deberá venerar per seculam seculorum.
La institución es un regalo envenenado de la Historia. La violencia cotidiana gestada y alimentada incesantemente en esta cosa represiva, adobada por el poder, los deberes, las obligaciones y la represión psicológica, conforman un mecanismo infernal que no podrás sacudirte nunca. Si tus padres, en tu niñez, vivían literalmente un combate sangriento generador de toda clase de angustias, tu deber es perdonar y olvidar. No puedes juzgar a tus padres, te dice la dichosa vocecita.
Así que no nos sorprendamos ante las matanzas y lesiones propinadas cotidianamente a las mujeres. Es un aspecto más de la crisis de la familia. La orden es terminante: la maté porque era mía, la lesioné porque pretendió abandonar los deberes familiares, pongan ustedes mismos el pretexto puntual (el pretexto familiar).
Frente a toda esta miseria, mi canto es siempre a los tres ejes que configuran mi vida: la libertad, el amor y la amistad. Como dice la canción, yo no te pido papeles para amar. Amar es dar lo que se es sin pedir nada a cambio. Claro que un bello regalo nunca está mal, pero abomino de las instituciones y en este tema nada me ha inspirado tanto como el anarquismo.
Claro que uno no puede tratar este tema como algo ajeno. Es verdad que soy muy poco “familiar”, que uno de mis libros de cabecera es “La muerte de la Familia” del antipsiquiatra David Cooper, pero confieso que amo intensamente a mis hijos, que toda la ternura de mi vida me ha llegado envuelta en las intensas vibraciones del amor que siento por ellos.
Si, ya lo sé, esto es irracional, pero este sentimiento no es por “la Familia”, sino a pesar de ella. Contra toda evidencia, siguen siendo mis niños pequeños y siempre, en mi interior, me estoy reencontrando con ellos a través de todos los avatares, sin pedir nada, sin exigirles nada. Así que, al menos en lo que a mí concierne, no forman parte de ningún mecanismo infernal.
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