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26 de mayo de 2007
Por Ana Criado
La cosa está muy, pero que muy dura: en pleno periodo pre-erectoral, unos días antes del despachurre final, el pugilato por el subidón en las urnas ha tenido un noséqué que recordaba aquel inolvidable concurso de pajas tan magistralmente retratado por Federico Fellini en ‘Amarcord’. En esta próvida tierra nuestra, ricamente fértil tanto en campos de golf como en moratorias vanas, terrenos recalificados y playas autovendidas y autocompradas, las campañas tienen un marcado carácter mercantil. Se trata de crecer y crecer. Lo curioso es que, en estas tesituras, no crecen sólo los votos, sino también los apéndices nasales: todos mienten, por la cuenta que les trae, aunque de Pinocho vaya sobre todo uno de ellos (al menos en los carteles). El hecho cierto es que, de cara a la erección, todos los miembros en liza se han puesto muy tiesos para salir en la foto, con una sonrisita así como de capullo (en flor, hombre, en flor) y, a medida que el tiempo apremiaba, los discursos programáticos iban adquiriendo un cierto aroma a publicidad de salones de masaje: “Vótenos usted, dama o caballero, y verá qué gustirrinín le da.” O sea: es como amar a Canarias con las partes blandas, más que con el corazón.
Pero observemos el engranaje desde un punto de vista científico. Dicen los prontuarios que el dispositivo fundamental de la erección son los cuerpos cavernosos, que se llenan de sangre y mantienen el empinamiento hasta la resolución final. Aunque precisan que los hombres suelen tener de cuatro a cinco erecciones espontáneas a lo largo de una noche (qué espanto: a ver qué ciudadano en su sano juicio soporta cinco procesos electorales seguidos), también advierten de que una erección puede interrumpirse con facilidad: un gran ruido inesperado, cualquier forma de distracción mental, pueden implicar la pérdida parcial o total de la erección (todo, salvo la imputación de un candidato por un delito de prevaricación y malversación de fondos públicos, claro)… Lo que pasa es que la excitación que conduce a la tiesura no comienza en el órgano, sino en el cerebro, a través de un estímulo visual o emocional. Así es que más habría valido que los candidatos no nos hubieran vendido la moto fácil, que los electores también tenemos nuestro cuerpo cavernoso, caramba.
Una misma, que de eso entiende poco, piensa que las erecciones espontáneas han de ser gozosas y pujantes como las cosas naturales, como la marea, como la fuerza de las olas, como la hierba creciendo, como los papayeros cargados de frutos obscenos. Quiere decirse que una misma, aquí presente, que no erige ni erecciona, no puede dar fe de ello, pero presume el pináculo y el gustazo. Colige que una erección sincera e improvisada no necesita de artificios y se resuelve sola. Pero cuando la cosa falla, vale todo: afrodisíacos, estimulantes, ginseng, bebedizos, ostras, champán, tocamientos, jengibre, fricciones, pastillitas. Es lo que les pasa a algunos partidos políticos: que ya no se la ponen dura a nadie y tienen que echarle viagra al asunto. Y hasta yohimbina, fíjate.
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