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27 de abril de 2007
Por Ana Criado
En las tiendas porno existen compartimentos herméticos donde el cliente se regala a sí mismo un sucedáneo de paraíso artificial mediante la contemplación de diversos protocolos genitales, transmitidos en diferido o en directo. El usuario, como quien va al servicio o mingitorio, se encierra por dentro en una especie de locutorio y, en total confinamiento, le concede un desahogo supletorio al cuerpo mediante una práctica que recuerda a otra también solitaria, aunque más escatológica. Normal: todo lo relacionado con el sexo sigue estando muy desprestigiado. Aún quedan en Occidente ciertas actividades que sólo se pueden realizar a solas, por higiene, por urbanidad, o porque la Santa Madre Iglesia lo ordena. Hace muchos años Buñuel caricaturizaba ya ese disimulo mojigato en “El fantasma de la libertad”, en donde los personajes defecaban sentados alrededor de una mesa, leyendo concentradamente, pero se levantaban con discreción, perdón, perdón, y se encerraban en un cubículo a comer como cerdos. A pesar de que saciar el apetito es un acto público, festivo incluso, y en todas las culturas la gente celebra sus éxitos o sus agasajos comiendo, la verdad es que hay cada uno por ahí suelto que da asco verlo zampar. Además, bien mirado, la boca es el extremo superior del mismo tubo o conducto por el que deponemos. O sea que lo de Buñuel, como que mola.
Lo que no se sabe es si vamos hacia el ejercicio privado de todos nuestros vicios, o si nuestros actos se convierten en impuros por practicarlos a escondidas. Existen cabinas para casi todo. Los pecadores cuentan desde siempre con esos vomitorios purificadores que son los confesonarios. Los fumadores tienen ya sus áreas reservadas, en las pueden chutarse nicotina sin que cunda el ejemplo y sin ahumar al resto. Los internautas viajan en solitario por la red sin promiscuarse para nada. Los cajeros automáticos son una suerte de excusados donde uno se aísla sigilosamente y, de espaldas a la calle, mirando de vez en cuando por encima del hombro, hace provisión de fondos (el vil metal, aunque sea de papel, ensucia los dedos y es preciso recluirse discretamente para manosearlo). Las antiguas cabinas telefónicas han caído en desuso con el advenimiento del móvil, pero no sería de extrañar que, en esta cultura del secretismo, volvieran a rehabilitarse como medio de preservar la intimidad propia y ajena, poniendo coto al baturrillo común a cualquier concentración de bípedos parlantes.
Dentro de un mes, todos los españoles tendremos ocasión de hacer uso de otro reservado en el que celebrar a solas una función intransferible. La cabina electoral es menos hermética que otras, con su cortinilla de fotomatón y su vocación democrática, pero permite ejecutar algo que nadie puede hacer por nosotros: votar. Métanse en esa cabina o háganlo a pelo. Pero háganlo. Para no darle la razón a Yann Martel: “Elegir la duda como filosofía de vida es elegir la inmovilidad como medio de transporte.”
Si el turismo se deslocaliza…¿morimos, “quemamos” otro territorio o nos transformamos?
Edu William
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José Castellano Arencibia
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