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03 de abril de 2007
Por Ana Criado
Hace solamente cuarto y mitad de siglo, en una España que flotaba en la nada geomorfológica, (pues por aquel entonces Europa empezaba en los Pirineos) los españoles eran todos ángeles y, al igual que éstos, carecían mágicamente de sexo. Las impolutas esposas se subordinaban al deber conyugal con la luz apagada; los mocitos reeducaban sus impulsos montaraces y sus poluciones nocturnas a golpe de cilicio; la masturbación era un acto impuro que acarreaba las más pavorosas secuelas en forma de granos purulentos u otras plagas; el bikini estaba proscrito, y el monokini ni se había inventado; besarse en la calle era un delito, además de pecado; y el control de natalidad oscilaba entre la casta abstinencia y la inelegante marcha atrás. Eran tiempos sombríos en que el fuego del averno le echaba pulsos a la feraz naturaleza que, contra todo pronóstico, seguía llenando de niños las barrigas de las españolas, aliviadas de su espanto por los premios nacionales otorgados a las familias numerosas. Eran tiempos casposos en que el ‘latin lover’ se desquitaba con las turistas suecas o francesas, porque su señora era una santa.
Luego emergieron la transición y el destape, y a la par las figuras del “reprimido” y la “estrecha”, que eran pilares fundamentales del no-sexo tardofranquista. Las estrechas eran casi todas de derechas, y los reprimidos no eran de ningún lado porque en todas partes cocían habas. Las estrechas no se habían enterado de la florescencia del destape y seguían blandiendo su virginidad cual arma arrojadiza. El reprimido era una variedad del macho hispánico para el que todas las mujeres eran campo abonado; pero que en cuanto una de ellas se rendía a sus dudosos encantos, la calificaba de “fresca” o “golfa”.
Hasta que un buen día salió el sol, los quioscos se llenaron de Playboys y de Playgirls, y apareció Shere Hite. Gracias a la sexóloga, las mujeres vieron robustecidas sus reivindicaciones eróticas, y tanto ellas como sus contrarios se enteraron de los beneficios del fetichismo y el onanismo, y de la existencia del orgasmo múltiple y los puntos G y C, que son como el monstruo del Lago Ness (todos saben que existen, pero nadie ha conseguido ponerles la mano encima). Parecía que por fin iba a sonar la flauta: los hombres habían encontrado réplica a su secular solicitación carnal en la liberación sexual femenina. ¿Estaría el paraíso terrenal a la vuelta de la esquina?
Pues no, porque en ese preciso momento la industria farmacéutica tomó cartas en el asunto y se metió en la cama con Adán y Eva. Primero inventó la píldora, y entonces las chicas se volvieron guerreras, dueñas y señoras de su aparato reproductor. Claro, tanta presión acabó provocando el desmoronamiento del macho hispano: a ver cómo se lo montaba para estar a la altura de las expectativas generadas… Rápidamente, los laboratorios volvieron a meter baza y, cuando nació la Viagra (devolviéndoles a Ellos el sexo fuerte, la supremacía genital y el control de su rendimiento), Ellas se quedaron de nuevo atrás en el maratón erótico, en plan sexo débil de toda la vida. Pero los boticarios parecen empeñados en echar leña al fuego de la lucha entre los sexos, y acaban de dar otra vuelta de tuerca con el lanzamiento de Intrinsa, unos parches diseñados para mejorar la líbido femenina: ya está otra vez el balón en el tejado masculino, y a ver por dónde despejan ahora el córner.
Casi cuatro décadas después de la revolución sexual, nada ha funcionado como se esperaba. Y luego dicen que el amor es pura química…
Si el turismo se deslocaliza…¿morimos, “quemamos” otro territorio o nos transformamos?
Edu William
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José Castellano Arencibia
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