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14 de marzo de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
No deseo crearme una reputación de tétrico y pesimista. A pesar de todo, uno se siente todavía pleno de las ilusiones de la juventud; si no fuera porque el armazón empieza a dar la lata, con dolores que van y vienen caprichosamente; si no fuera porque ya no es lo de antes, que ya no es posible una trasnochada gratificante sin secuelas de cabezadas involuntarias en brazos de Morfeo durante horas y horas; si no fuera por esta amnesia intermitente; si no fuera por esta maldita consciencia de que cada cumpleaños es ahora un año menos……
Pero bueno, la madurez (digo, en plan eufemístico, por no decir vejez con letra chica), tiene también muchas ventajas. La juventud (¡ay, ese divino tesoro!) es muy apasionada. Nos tragamos el mundo a grandes bocados pantagruélicos y apenas gozamos realmente de las cosas que nos insitan a vivir y nos conmueven. Ahora uno es más catador sofisticado, más sibarita. Total, uno no tiene ninguna prisa, porque, amigo, el tiempo no pasa. Es uno el que poquito a poco se va yendo a hacer bolinas. Alguna vez viene un ramalazo de rebeldía por la evanescencia de todo: ahora que estoy empezando a aprender algo a vivir, resulta que hay que prepararse a abandonar la nave.
Luego está el dolor por los/as queridos/as amigos/as que van “clariando” las filas, dejándonos desamparados, huérfanos, sin consuelo; la embargada angustia por los seres queridos; el dolor y la desventura de tanta gente, de las víctimas, de los indefensos; tanto drama, tanta tragedia, tanto sufrimiento, tanto abuso….
La vida, este regalo envenenado, esta broma que a veces resulta tan pesada. Esta sensibilidad enfermiza, en la que, cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer.
La existencia esta marcada con el hierro candente de la Fatalidad y el Destino. Así lo comprendió Rubén Darío cuando compuso su poema “Lo Fatal”:
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésta ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos...!
Ahora está uno en esa fase que tan bien describió don Francisco de Quevedo y Villegas:
Miré los muros de la patria mía,
Y esta incapacidad de llegar a los demás, esta incomprensión, esta soledad en medio de las multitudes. Si fuese posible expresar lo que sentimos de tal modo que sólo hiciese falta una palabra, una sola palabra, o una mirada, o un gesto, y que el mensaje llegara sin obstáculos artificiosos. Si pudiéramos decir, con Walt Whitman:
«Camarada, esto no es un libro,
Si el turismo se deslocaliza…¿morimos, “quemamos” otro territorio o nos transformamos?
Edu William
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