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12 de marzo de 2007
Por Ana Criado
La Ley de Igualdad, que sigue su trámite parlamentario coincidiendo en el tiempo con la celebración del Día Internacional de la Mujer, pretende derribar todos los obstáculos que impiden a las mujeres ser iguales a los hombres. Esta ley recoge medidas laborales, políticas y sociales, destinadas a acabar con la exclusión de la mujer y lograr que la igualdad legal vaya acompañada de una igualdad real. No importa que, en algunos aspectos, la ley decaiga hacia una cierta discriminación positiva (la paridad, por ejemplo, que obliga a los partidos políticos a que en sus listas electorales el número de personas de cada sexo no sea superior al 60% ni inferior al 40%: ¿quién quiere ser reconocido por cuota paritaria y no por valía personal?) No importa que esa discriminación positiva hubiere de ser revisada cuando el más débil abusare de su debilidad y pusiere al más fuerte en una situación límite o de riesgo (caso del hombre que se divorcia de una mujer que no trabaja —quizá porque no goza de preparación ni oficio, o quizá porque lo suyo siempre ha sido el marujeo— y tiene que pasar el resto de su vida manteniendo a una señora con la que no vive)... Lo cierto es que las mujeres en general, y las feministas en particular, deberían sentirse hogaño más complacidas.
Hay otro matiz, sin embargo, que se pasa por alto cuando se habla del derecho a la igualdad intersexos, y es el derecho a ser diferentes. En su libro titulado “Elogio de la diferencia”, Albert Jacquard, especialista en genética de las poblaciones, sugiere que la biología moderna arroja luz sobre la naturaleza de la especia humana y permite atestiguar que nuestra riqueza colectiva está hecha de nuestra diversidad. “El otro, individuo o sociedad, nos es valioso y atractivo en la medida en que es disímil de nosotros”, dice. Convencido de que todos somos idénticos (mismas moléculas, mismos átomos, sometidos a las mismas interacciones que todos los elementos del cosmos) pero a la vez distintos (en función de nuestra aventura humana), Jacquard se esfuerza en derribar dogmatismos. Y no hay duda de que, en la lucha por la equidad y el reconocimiento, subsisten algunos prejuicios. Las mujeres occidentales han olvidado que paridad no tiene por qué ser sinónimo de uniformidad. Que una cosa es la igualdad de oportunidades, y otra cosa es que nos volvamos hermafroditas. Y que ciertamente se debe proteger a los más débiles del abuso, la dominación y el atropello, pero que no podemos confundir peras legales con manzanas genitales. En Estados Unidos, cualquier gesto sospechoso de potencial cortejo puede ser denunciado como un delito de acoso sexual. Qué sociedad tan robótica y circunspecta nos estamos buscando, si se nos niega el placer de ser diferentes.Si el turismo se deslocaliza…¿morimos, “quemamos” otro territorio o nos transformamos?
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