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19 de febrero de 2007
Por Jorge Rodríguez Díaz
Ahora que estamos en carnavales, quizás sea un buen momento para recordar que en la vida de las personas coexisten diferentes facetas o planos y que, contrariamente a lo que pregona la popular canción, no todo en la vida es un carnaval.
Por un lado, tenemos el mundo de la actividad productiva, que solemos subdividir en dos grandes grupos, la actividad económica privada, sobre la que existe un acuerdo generalizado acerca de que es necesario mejorar la competitividad de las empresas promoviendo valores tales como la mejora continua, la calidad, la creatividad, el respeto al entorno, la innovación, el trabajo colaborativo o el conocimiento (capital intelectual). Y la administración y los servicios públicos, a los que, además de los anteriores valores, les exigimos eficacia, transparencia y toma de decisiones participativa. Este conjunto de valores están unidos por un objetivo común: la búsqueda de la excelencia.
Pero no todas las actividades humanas son productivas, también consumimos una gran variedad de bienes y servicios. Unas veces para satisfacer necesidades perentorias, como alimentación, salud, vivienda, seguridad o educación, y otras simplemente por diversión, entretenimiento o evasión. Para este último fin disponemos de muchas posibilidades, algunas más activas, como puede ser practicar deporte, escribir, pintar, cantar, bailar o viajar, y otras más contemplativas, como leer, ir al teatro o al cine, oír música, ver la televisión u oír la radio. A su vez, de la amplia oferta de entretenimiento de los medios de comunicación podemos elegir entre programas documentales, de cine, de literatura, informativos, de cocina, etc. Pero de todos ellos, los que más repercusión social están teniendo últimamente son los programas pseudoinformativos -ya sea en formato de magazín o de falso debate- y los reality shows. Este tipo de programas se caracterizan porque priman ‘valores’ (por llamarlos de alguna manera) como el chismorreo, la crispación, la conspiración, ridiculizar a las personas, el oportunismo (opuesto al reconocimiento del esfuerzo continuado durante años), la improvisación, los montajes, la traición, los rumores, la búsqueda de notoriedad a toda costa (famoseo), el populismo o la deslealtad (entendida como estrategia de supervivencia). En dos palabras, se trata de espectáculo casposo, que no se atiene a los más elementales criterios de calidad, moralidad, estética o, simplemente, decencia.
Este fenómeno no sucede por casualidad, de alguna manera se está satisfaciendo necesidades sicológicas y sociales de la población que antaño eran canalizadas por otras vías. Las empresas de comunicación lo saben y lo explotan al máximo, guiadas por el legítimo interés de maximizar su beneficio económico, pues estamos hablando de un mercado que mueve miles de millones de euros al año y todas buscan su buen trozo del gran pastel.
Hasta aquí nada que objetar. El peligro surge cuando empezamos a confundir la parte con el todo, cuando empezamos a creer que todo en la vida, o la vida misma, es un carnaval. Trasponer estos ‘valores’ del espectáculo casposo a otros ámbitos de la actividad humana puede tener consecuencias desastrosas para nuestra sociedad y, lo que es peor, los efectos negativos se pueden ver multiplicados y acelerados cuando es el propio sistema político quien los asume en su dinámica partidaria.
Si de verdad un partido político aspira a liderar el proceso de transformación de la sociedad, es decir, a impulsar su desarrollo económico y social, es coherente esperar que su comportamiento esté guiado por los valores de la excelencia. Sin embargo, a la vista de lo que sucede en los últimos tiempos en el panorama político español y canario, parece que las actuaciones y la dinámica interna de los partidos políticos obedezca más a valores del espectáculo casposo (chismorreo, crispación, conspiraciones, ridiculizar a las personas, oportunismo, improvisación, montajes, traición, atención a los rumores, populismo, deslealtad, etc.) que a los de la excelencia.
Sin entrar a cuestionar aspectos éticos, que requerirían un tratamiento aparte, es innegable que planteamientos oportunistas y populistas han servido a muchos para alcanzar el poder, aunque otra cosa bien distinta es qué objetivos sociales logran una vez que se han instalado en las instituciones, pues el oportunismo facilita que muchas personas lleguen a ocupar puestos para los que están poco capacitadas, lo que deteriora la eficacia de la gestión y, por otra parte, el excesivo populismo, consistente en defender propuestas y programas políticos parecidos a cartas a los Reyes Magos -y por tanto improvisados, incoherentes, pobres en objetivos y faltos de imaginación- conduce, por su propia naturaleza contradictoria, a que no se pueda cumplir la inmensa mayoría de las promesas electorales y, aunque se cumplieran, a no dar respuesta a los nuevos retos sociales .
Esta situación de ineficacia en la gestión pública, el sistemático incumplimiento de los programas y la carencia de un modelo coherente de desarrollo social va generando entre la población una sensación de frustración que, en una primera expresión, se manifiesta como necesidad de cambio, y si se ve repetidamente frustrada acaba por abonar el terreno para el afloramiento de charlatanes sin escrúpulos que sólo buscan su ascenso personal. El fracaso de los partidos tradicionales en dar respuestas adecuadas a las demandas sociales es lo que ha aupado al poder a personajes como Gil, Chávez o Berlusconi y, también, es lo que está facilitando que opciones radicales de extrema derecha cobren cada vez más fuerza en países como Francia, Dinamarca o Austria.
Desde mi punto de vista, este fracaso en dar respuesta a los grandes retos a los que se enfrenta la sociedad de nuestros tiempos se debe en gran medida al abandono o la poca atención que prestan los partidos políticos, en sus propios fueros internos, a valores tan importantes como la mejora continua, la calidad, la creatividad, la innovación, el trabajo en equipo, el conocimiento, la eficacia, la transparencia o la toma de decisiones participativa. Los partidos políticos, como organizaciones que son, deberían ser en sí mismos un paradigma de la sociedad que pretendemos construir, de lo contrario caerán en la contradicción de predicar una cosa con la palabra y otra distinta con el ejemplo. Por ello, en estos momentos no nos vendría nada mal un poco de reflexión y de autocrítica, pues la transformación de la sociedad, el tránsito hacia esa sociedad del conocimiento de la que tanto hablamos, no se culminará con éxito si previamente los partidos políticos no asumen sin resquicios los valores que la encarnan, que no son otros que los de la excelencia.
¿Cómo pretendemos cambiar el mundo, en nuestro caso Canarias, si antes no nos transformamos nosotros, sino que nos limitamos a repetir, erre que erre, los mismos viejos esquemas y hábitos viciados, contradictorios con el nuevo paradigma económico y social que perseguimos?
Puede que me tilden de ingenuo, pero advierto que no me valen excusas del tipo ‘la política es así’ o ‘esto siempre ha sido así’, pues estoy firmemente convencido de que estamos moralmente obligados a cambiar lo que ya no funciona, todo aquello que nos conduzca inexorablemente al fracaso social. Resignarse a lo contrario sería un despropósito equivalente, por ejemplo, a que como siempre han existido enfermedades, pobreza, o injusticias renunciáramos de antemano a combatirlas o, al menos, a intentarlo.
No todo en la vida es un carnaval, afortunadamente aún existen cosas importantes que es preciso abordar con rigor, con seriedad, con criterio, con conocimiento de causa, con imaginación, con dedicación y con profesionalidad. Por todo ello, urge una regeneración moral e intelectual de la práctica política.
P.D. Vaya, acabo de caer en la cuenta de que esta reflexión me ha salido demasiado extensa y densa para días de resaca. Pido disculpas a los carnavaleros.
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