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15 de febrero de 2007

La sangrante opresión de las mujeres

Por Sergio Hernández Hibrahím

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Hace  tiempo visioné un documental referido a unas fiestas celebradas en un pueblo hindú. En los fastos se incluía una especie de ceremonia ancestral, consistente en que una docena de hombres, aproximadamente, se sentaban en sendas sillas formadas en batería; a continuación, otras tantas mujeres se acercaban, cada una al que le correspondía, provista de una palangana con agua, se arrodillaban, y  procedían a lavarles los pies.

 

Se trata, al parecer, de un rito muy antiguo, que se reproduce anualmente, destinado a reafirmar la relación de sumisión de la mujer frente al hombre.

 

Me invadió la colera ante un hecho tan infame, ante tanta ignominia. ¿Cuánto tiempo se necesita para retorcer a un ser humano de esa manera? ¿En qué momento histórico las mujeres interiorizaron esta aceptación de la iniquidad?  Si echamos un somero vistazo, por ejemplo, a Pakistan, vemos que cualquier energúmeno tiene reconocido socialmente el derecho a mutilar a su esposa por cualquier motivo de celos pueriles; véase Afganistan, donde resulta penoso contemplar a las mujeres cubiertas con el burka, sometidas al tormento de perder progresivamente la visión y a la forzada situación de su ninguneo social.

 

¿Y qué decir de la pena de lapidación por causa de adulterio? ¿Y qué de la ablación del clítoris? ¿Y de los abusos en la India, donde se cometen auténticos asesinatos de esposas para apropiarse de la dote?

 

Pero ¡cuidado! Debemos precavernos frente a la idea de que nuestro entorno cultural está vacunado frente a los abusos contra las mujeres. Al contrario, las cifras de agresiones psicológicas, lesiones, homicidios y asesinatos, derivados de la llamada “violencia de género” (un bonito eufemismo), muestran una gravísima espiral, que no ceja en el empeño de aplastarlas, aterrorizarlas y disuadirlas de alcanzar cotas de libertad personal de la que hoy, lamentablemente, siguen careciendo, a pesar de tantas declaraciones piadosas sobre sus derechos. Únase a esto el indignante tema de la desigualdad salarial y la discriminación laboral, y tendremos un cuadro de inadmisible opresión.

 

Da igual la cultura, da igual la religión, todas prácticamente coinciden en esta práctica de apisonar a las mujeres. Me importan un bledo los pretextos estúpidos (cultura, tradición, usos ancestrales), y no siento más que un soberano desprecio por los libros sagrados, llámense Coran, Talmud, o la Biblia en pasta, que pontifican estupidamente acerca del mandato de Dios, de relegar a las mujeres a un papel de subordinación integral.

 

Extendamos un tupido velo sobre las chorradas de la Biblia acerca del aherrojamiento de la mujer en el seno de la familia. El ínclito Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, dijo sin ambages que la mujer, esta «hija de Eva», es “una deficiencia de la naturaleza”, que es “por naturaleza propia, de menor valor y dignidad que el hombre” porque, claro, “el hombre ha sido ordenado para la obra más noble, la de la inteligencia, mientras que la mujer fue ordenada con vistas a la generación·.

 

El Corán tampoco se queda atrás. A propósito de la “obligación moral” del uso del velo, alguien me comentó que su origen está en la práctica, socialmente consentida en el pueblo árabe, de violar a las mujeres del pueblo llano (que, las pobres, no usaban el velo, “privilegio” adscrito exclusivamente a las mujeres de statu social más elevado, que, a su vez, eran propiedad privada de los privilegiados). En consecuencia, el Profeta Mahoma impuso la regla del uso generalizado del velo.

 

Comprendo que la mentalidad de esa época no daba para más, pero cabe preguntarse en abstracto ¿Por qué no se impuso el respeto a todas y cada una de las mujeres, sin adicionar la obligación del uso del velo? La respuesta es obvia: porque el rol de la mujer, como ser subalterno, era y es inconmovible.

 

Recordemos aquellos “Dorados tiempos”, que decía Don Quijote, en que imperaba la libertad y la tolerancia. Recordémoslos aunque nunca los hayamos vivido. Porque, al parecer, hubo una época en que las mujeres eran libres y ejercían un poder, un poder tan liviano que no existían leyes rigurosas y cada individuo se desenvolvía con libertad. Engels habla de esto en su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, al referirse a la institución del matriarcado, cuya lógica derivaba de la ignorancia acerca de la causa de la preñez y la maternidad, que los antiguos no relacionaban con la intervención de los hombres.

 

Cuando las sociedades se dividieron en clases sociales, a las mujeres les tocó un desgraciado papel de subordinación. El patriarcado convirtió al pater familia en dueño y señor de las vidas de sus allegados. Las mujeres, machacadas ancestralmente por una opresión más que odiosa, han tenido que sufrir esta esclavitud de siglos, interiorizando estos valores abusivos, jugando incluso el rol de servir de correa de transmisión de tamaña ideología despótica, cuidándola e inculcándola en sus retoños y retoñas.

 

Como el patriarcado está en crisis, al menos en las sociedades de Occidente, llevándose consigo (un poquito, es verdad) las antiguas ideas acerca de la familia nuclear, aquel fantasma del poder omímodo del hombre pervive, sobrevive con autonomía en las mentes de los cretinos que no conciben la libertad sino como su relegación social, absurdo tan evidente que da grima perder el tiempo para combatirlo. El resultado es la destrucción física de las mujeres que tienen la osadía de defender su libertad personal. Una vez más, la ideología mata.

 

La situación de la mujer es, hoy por hoy, el crisol sangrante de una explotación secular, y se tardará todavía mucho tiempo en dejar atrar este abuso. Por eso son tan meritorios los ejemplos de mujeres valientes que, a contracorriente, fueron capaces de imponer su reconocimiento como personas independientes y dignas de respeto. Valga, a título de ejemplo, los nombres de Isadora Duncan, Alma Mahler, Madam Curie y Rosa Luxemburgo. A estas y a tantas otras, silenciadas por la historia oficial, vaya el testimonio de mi admiración personal y modesto homenaje. Porque, estoy seguro, sus esfuerzos no han sido en vano.

 

 

 

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