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29 de enero de 2007
Por Jorge Rodríguez Díaz
No deja de resultar paradójico que los partidos centralistas, PSOE y PP, se hayan erigido en defensores de los intereses de cada isla frente al poder “centralista” del nacionalismo. Si viajamos por nuestro archipiélago, o si atendemos a los diferentes medios de comunicación locales, nos queda claro que el mensaje es siempre igual pero, claro, con diferente protagonista en función de la isla en la que nos encontremos. Así, por ejemplo, no extraña oír hablar a los socialistas de Tenerife (en Tenerife) de la necesidad de frenar el expolio al que está sometiendo Gran Canaria a su isla. Parecidos argumentos oímos en Lanzarote, La Gomera, Fuerteventura o La Palma respecto a la supuesta tiranía de las islas más pobladas, y ni hablar de lo que oímos en Gran Canaria sobre la pérfida Tenerife.
Por lo visto, a estos dos partidos estatales les resulta muy difícil llegar a un mínimo acuerdo sobre los grandes asuntos de estado, como el terrorismo o la política exterior, pero parece que sí han encontrado un principio de acuerdo para recortar las competencias del nuevo Estatuto de Canarias, sin importarles cercenar las posibilidades de un segundo gran impulso en el desarrollo de nuestro archipiélago, el que nos permitirá asentarnos en el club de las regiones más competitivas del mundo en el próximo ciclo económico.
El modelo económico de Canarias para los próximos quince o veinte años, sobre el cual necesariamente se habrá de basar el desarrollo social, no es objeto de debate, no se hacen propuestas sólidas al respecto. Herramientas tan importantes para nuestro desarrollo económico como tener competencias sobre las comunicaciones, puertos y aeropuertos, una policía para luchar contra la inseguridad y la delincuencia, una política específica de inmigración o el control efectivo sobre nuestras aguas interiores, no son importantes a los ojos del PSOE o del PP. Lo importante es alcanzar el poder autonómico a toda costa y, para ello, frente al evidente éxito en política económica de los gobiernos nacionalistas en los últimos catorce años, es necesario anteponer las rencillas insulares. Al fin y al cabo, el insularismo y el centralismo son dos caras de la misma moneda, ya se sabe: divide y vencerás.
Sinceramente, confío en que no nos cieguen los fuegos de artificio, que no consigan dividirnos, que comprendamos que no es posible profundizar en la sociedad del bienestar si no nos respalda un sólido desarrollo económico sostenible y que, para conseguirlo, la economía canaria tiene que ganar competitividad ante un mundo globalizado, y nada de esto será posible sin un proyecto común en el que cada isla tenga su protagonismo. No hay margen para la mediocridad, para las divergencias ni para los pseudoinsularismos trasnochados que sólo esconden una espantosa falta de ideas y de proyecto para Canarias.
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