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21 de enero de 2007
Por Sergio Hernández Hibrahím
Decía Albert Camus: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. (El Mito de Sísifo)”.
Camus proyectó esta concepción en su excelente obra teatral “Calígula”, historia que refleja una universal des-esperanza. No es el desespero por los problemas políticos, económicos o sociales, es el desespero ontológico, la dolorosa consciencia de que cada individuo no es más que una diminuta micra, una chispa que apenas deslumbra durante una millonésima de millonésima de segundo, para apagarse a la misma velocidad. La Historia pasa, y devienen cientos de civilizaciones que se van perdiendo en las sombras del tiempo.
Porque podemos descubrir el sentido de la Historia, siempre que no tengamos la osadía de preguntarnos acerca del principio y del fin del Todo.
Esta zozobra sin solución descubre por sí misma el absurdo radical de la existencia, de ahí el interrogante de Camus. ¿Por qué vivir? ¿Para qué vivir? La lógica dice que la vida no tiene ningún sentido, de ahí la necesidad de dar el salto a otro absurdo derivado: si aceptamos vivir, si amamos la vida, hemos de optar y zambullirnos en sus avatares, amar, odiar, sufrir…….. porque si cada uno profundiza en lo más hondo de su ser, encontrará la Nada. No tiene objeto preguntarnos acerca de en qué consiste la fuerza que nos empuja.
Porque, seamos sinceros con nosotros mismos. Todas nuestras ilusiones personales, nuestras esperanzas, nuestros deseos, se sostienen en aspiraciones irracionales. Deseamos la Felicidad cuando sabemos que es imposible, que no existe, y, a despecho de la experiencia ¡Cuántos individuos dedican casi toda su vida a intentar retornar a aquéllos momentos de intensidad! Podemos tener buenos momentos, pero se van y eso es todo. Deseamos el Amor, pero sabemos que se va irremisiblemente. Sabemos que es efímero y, no obstante, lo añoramos. Nos ilusionan nuestros hijos, cuando sabemos que, lógicamente, terminarán marchándose. Vemos el desamor como una anomalía, como una distorsión ¡qué absurdo! ¡Si sabemos que el desamor es la regla ¡Todo es tan evanescente!
Así pontificó Hobbes que la vida es cruel, corta y dolorosa. Fue incluso más allá y tal vez por esto a veces me identifico tanto con él. Así, dijo: “Cuando mi madre me parió trajo al mundo dos gemelos, el miedo y yo”. Porque el miedo es también la regla. Nos da miedo la muerte, el dolor, la soledad, el desafecto, el sufrimiento de nuestra gente.
Supongo que todo el mundo se habrá hecho estas preguntas alguna vez. Estamos suspendidos en un vacío sin principio ni fin. Las religiones ofrecen ilusiones falsas, basadas en un pretendido inicio que de por sí sólo traslada la pregunta a un nivel metafísico inadmisible. El universo es increado y la hipótesis de los dioses transfiere el interrogante a una espiral de encadenamientos también absurdos. En efecto ¿quién o qué creó a el/los dios/es, y a su vez, etc etc?
Segismundo Freud (1856-1939), dice en El porvenir de una ilusión (Alianza Editorial, Madrid, 1970) que la religión no tiene futuro. Las ideas religiosas, los dogmas, "no son precipitados de la experiencia ni conclusiones del pensamiento: son ilusiones, realizaciones de los deseos más antiguos, intensos y apremiantes de la humanidad. El secreto de su fuerza está en la fuerza de estos deseos". He aquí algunos más importantes: "el gobierno bondadoso de la divina Providencia", "la institución de un orden moral universal", "la prolongación de la existencia terrenal por una vida futura". Es ilusión una creencia "cuando aparece engendrada por el impulso a la satisfacción de un deseo, prescindiendo de su relación con la realidad". Los dogmas "son todos ellos ilusiones indemostrables, y no es lícito obligar a nadie a aceptarlos como ciertos. Hay algunos tan inverosímiles... que, salvando las diferencias psicológicas, podemos compararlos a las ideas delirantes" (167-169). Su pronóstico es este: "El abandono de la religión se cumplirá con la inexorable fatalidad de un proceso de crecimiento".
El ser humano, a despecho de todos esos pensamientos ilusorios, sólo tiene como referencia su propio ser, es responsable ante sí mismo de su conducta, no hay ninguna entidad que nos juzgue y una vez que hemos optado por vivir tenemos que pronunciarnos acerca del mundo que estimamos más acordes con las ansias y las ilusiones de todos. Esta es la opción de Albert Camus con la que yo me identifico. Esta es la moral que sostengo desde una perspectiva atea.
En la Historia de la Filosofía se ha debatido mucho acerca de la esencia del Hombre, desde que Platón formuló su mito de la Caverna. Para él la verdadera realidad está fuera de toda experiencia material, en un mundo ideal al que no podemos acceder. Yo prefiero de los antiguos a Aristóteles: el ser humano es un zoo politikon (animal político), cuya esencia, su ser, es su carácter social, apreciación con la que coincidía Carlos Marx.
Dicho esto, no nos queda más que intentar ver la realidad tal como es. Afrontar el Destino de pie, cara al viento. Si me hubieran preguntado antes de nacer, hubiera gustosamente renunciado (si lo sé no vengo). Una vez arrojado al mundo, sólo queda apurar la vida hasta el tuétano y aceptar lo que es inevitable, aunque sea con todo el dolor del alma.
En fin, ya lo advertí en el título. Todo esto puede llevar a tristes consideraciones, pero, aunque soy pesimista a corto plazo, no cejo de mi optimismo a largo, porque, ya se sabe, a la larga todos calvos.
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