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06 de octubre de 2006
Por Ana Criado
¿Para qué sirve el horizonte, si no es para que el sol salga o se ponga? Y, pensándolo bien, ¿para qué sirve una puesta de sol? ¿Acaso se le puede sacar algún tipo de rendimiento o rédito? ¿Y un amanecer (mirlos, rocío perfumado de hinojo), sirve para algo? Para qué, si no es para hacer volar como insectos alados al placer y al resto de los sentidos. Aunque, claro, puestos a tal… ¿es que el placer sirve para algo? Un economista, un corredor de bolsa, un político, dirían que para nada. ¿Y un soneto, o una sonata? Puede que sirvan para estremecernos, o para comulgar con otras almas. Pero en términos de economía de mercado, no sirven estrictamente para nada. No rinden beneficios, no cotizan en bolsa, no tienen peso específico en el mercado de divisas.
Pues un paisaje, lo mismo. No vale nada, ni siquiera en Canarias. Ningún paisaje tiene valor monetario: ni el bosque, ni el barranco, ni la playa. Están ahí porque sí, por gusto. Los bosques no tienen valía en metálico, pero son los pulmones de la tierra y hospedan a los duendes, los gnomos y los elfos, sin los cuales ningún niño conciliaría el sueño. Los barrancos son las tiendas de ‘souvenirs’ de la evolución del mundo, y en su caldo de cultivo se conservan como en un museo viviente los endemismos, por allá las crasuláceas, por acá los taginastes, los cardones, las xerófilas y las termófilas, fósiles vegetales que datan del Mioceno y el Plioceno. ¿Y las playas? Pues las playas, mi niño, se inventaron para que el abuelo pueda poner de remojo los ñames en agua salada, como si fueran garbanzas, y su nieto descubrir que las olas se mueven sin que nadie les dé cuerda. O para que los vecinos que no son socios de clubes náuticos o de golf convivan y practiquen algún deporte, aunque no sea más que el de aleguetear viendo vaciar la mar, y esas cosas.
Para qué sirve la naturaleza, se pregunta esta singuanga... ¿Pero es que tiene que servir para algo? Pues sí, no se llamen a engaño. Pregúntenle a los gestores y a los constructores, a los alcaldes y a los parlaembaldes, a los apoderados y a los potentados, a los cerriles, a los cuentachiles, a los matacandiles... La naturaleza la inventó el Gran Hacedor para que las personas humanas la atiborren de carreteras, de tranvías, de hoteles, de golfs, de centros comerciales, de parques temáticos y de pistas de patinaje (pues se cree el ladrón que todos son de su condición y, como a nuestros Grandes Hacedores locales les patinan las neuronas, gustan de poner a patinar a todos sus remisos súbditos. Perdónalos, Señor, etcétera)...
Pero algún día llegará en que la Tierra se las haga pagar con creces al Homo Sapiens (sic). Y ese día, los protozoos y las coles y las magarzas y las medusas y las ardillas y las urracas y el fitoplancton aplaudirán de contento: según un tal Julio Cortázar, “si la venganza es un arte, sus formas buscarán necesariamente las circunvoluciones que la vuelven más sutilmente bella”.
Si el turismo se deslocaliza…¿morimos, “quemamos” otro territorio o nos transformamos?
Edu William
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José Castellano Arencibia
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