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30 de marzo de 2006

Paz preventiva

Por Francisco Morote Costa

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Retomo aquí algunos aspectos de un artículo que publiqué en febrero de 2003 y que mantienen plena vigencia.

Cuando en una guerra injusta una bomba errante mata a una madre con su hijo, esto no es "daño colateral" : es asesinato. Llamamiento de veteranos de Estados Unidos contra la Guerra de Irak.

Entre las guerras anteriores a la Era industrial y las guerras que se han librado a partir de esta época de la historia humana hay diferencias esenciales. Por supuesto que la guerra siempre ha sido mortífera, y así lo reflejaban imágenes simbólicas tradicionales como los 4 jinetes del Apocalipsis (guerra, conflicto civil, hambre y muerte), pero las diferencias cuantitativas y cualitativas entre las primeras y las últimas son irrefutables.

En las guerras preindustriales los muertos se contaban por miles, decenas de miles o cientos de miles, rara vez por millones. Así, Alemania, en el siglo XVII, a pesar de ser el escenario principal de una larguísima guerra europea, la llamada Guerra de los Treinta Años ( 1618-1648), sólo vio disminuir su población entre 1601 y 1700 en un millón de habitantes.

Es, pues, a partir de la revolución industrial y del nacimiento de la gran industria armamentística, cuando la guerra se convierte en una auténtica carnicería. No es extraño, por consiguiente, que, como ha constatado William Eckhard, en las guerras del siglo XX hayan muerto muchas más personas (107 millones, como mínimo ), que en las guerras de los cuatrocientos años precedentes ( 34 millones ).

El siglo XX se estrenó con la Primera Guerra Mundial en la que el tributo en vidas humanas osciló entre los 8,5 millones y los 10 millones de personas. Sólo veinte años después estalló una nueva guerra mundial, la Segunda, que con sus 50 millones de víctimas mortales quintuplicó la cifra de la anterior. Después, durante más de cuarenta años, el mundo vivió la pesadilla de la Guerra Fría en la que, sobre la cabeza de la humanidad, pendió la espada de Damocles de una Tercera Guerra Mundial de carácter nuclear.

De haberse producido ese horrible conflicto los muertos y heridos se habrían contado, con toda certeza, por cientos de millones y el daño para el planeta habría sido irreversible. Por suerte el insuperable equilibrio del terror impidió que unos y otros emplearan sus arsenales de armas de destrucción masiva. Sin embargo, el alivio que representa saber que nos salvamos, casi por milagro, de aquel holocausto, se aminora cuando consideramos que, a pesar de todo, en los más de 160 conflictos armados que han tenido lugar en el planeta -el 90% de ellos en el llamado Tercer Mundo-, desde 1945 hasta finales del siglo XX, murieron 40 millones de personas más.

Ahora bien, si las cifras de víctimas demuestran que a lo largo del siglo XX la capacidad destructiva de las armas ha crecido en una especie de progresión más que geométrica, el segundo aspecto que hay que considerar, junto con la cantidad de víctimas, es la condición, el carácter de esas mismas víctimas. Y aquí entra en juego el concepto de guerra total. Es la que, en la práctica, no hace distinción entre objetivos militares y objetivos civiles y entre población de uno y otro signo. Así, si en la Primera Guerra Mundial la gran mayoría de los muertos y heridos fueron aún militares, en la Segunda Guerra Mundial - donde se practicó por ambos bandos la guerra total -, de los 50 millones de victimas, 25 millones (50%) fueron militares y los restantes 25 millones (50%), civiles (niños, mujeres, ancianos, etcétera). Y lo que deja aún más claras las cosas, de los 40 millones de víctimas mortales que han provocado las guerras libradas desde 1945 hasta finales del siglo XX, 30 millones (75%) eran civiles y 10 millones (25%) militares.

Ante este panorama no es de extrañar que el humorista francés Coluche dijera, en su día, que en las próximas guerras sería mejor ser militar. Y a estas alturas, como si no existiera suficiente información y experiencia sobre lo que implica la guerra actual, la potencia más poderosa de todos los tiempos se lanza a una guerra que no puede ser sino total. Un informe de las Naciones Unidas ya ha advertido de que : "Sólo en una primera fase unos 100.000 iraquíes podrían resultar heridos como consecuencia directa de los combates, y otros 400.000 por la devastación ..." ¿No es esto un crimen contra la humanidad? ¿Cuántos cientos de miles de personas verán destruidos sus hogares? ¿Cuántos millones abandonarán sus lugares de residencia y se convertirán en nuevos refugiados -si es que los aceptan-, en los países vecinos o en la no muy distante Europa?

El hambre, las epidemias y las guerras han sido las calamidades que han acompañado trágicamente la historia de la humanidad. La revolución agrícola y la revolución sanitaria redujeron drásticamente el impacto de los dos primeros azotes, que sólo se perciben debido a la división entre un Primer y un Tercer Mundo. Hoy, junto con la superación de esas diferencias injustificables, es urgente el comienzo de una revolución pacifista (¿o ya ha comenzado?). Hay que desterrar la vieja idea de Von Clausewitz, apenas coetáneo de la primera revolución industrial, de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. El pacifismo de nuestro tiempo no puede ser una actitud oportunista, coyuntural. O es permanente y consecuente o no será nada. La paz " preventiva" es más inexcusable que nunca.

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