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23 de julio de 2006

El "Golpe de Estado" del PP

Por Sergio Hernández Hibrahím

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La lógica de los sistemas de democracia formal europeos (también en Canadá, Japón y muchos otros), consiste en la existencia de un “discurso único” que, tanto en las formas como en la práctica política, es obligado para todos los partidos del arco parlamentario. Por discurso hemos de entender, no sólo los enunciados y programas que cada corriente política defiende, sino que también es preciso verlo desde la perspectiva de los límites: las formas y formalidades cotidianas condicionan profundamente el contenido de las propuestas de los partidos, propuestas que pasan por un filtro destinado a enfriarlas, a modificarlas si fuera preciso, para que se adapten a los linderos establecidos por el propio sistema.

 

     De ahí la absoluta imposibilidad de ejecutar propuestas revolucionarias, de cambios radicales, que pretendan transformar la lógica política y económica que constituye el cogollo del propio régimen político, aún cuando se cuente con una mayoría parlamentaria. Si se plantearan tales cambios radicales, existe un conjunto de señales de alarma que involucran de inmediato a todas las instituciones, públicas y privadas (Ejército, Iglesia, Prensa, Radio, Televisión…..), en una ofensiva cuya envergadura dependerá de la profundidad económica y social de esas transformaciones.

 

     De ahí la enorme dificultad que los electores tienen, para distinguir claramente las diferencias entre las propuestas de los diferentes partidos, sobre todo de los partidos mayoritarios, cuyas diferencias vienen a ser matices de ese discurso único. Estando ambos de acuerdo en lo esencial, sus programas responden más a un recetario similar a las páginas amarillas (como jocosamente calificó Francisco Umbral en su día el programa del CDS), que a una propuesta ideológica clara o radicalmente diferenciada del adversario.

 

     Este es el esquema general, lo que no quiere decir que, en ciertas coyunturas, no tienda a desdibujarse un poco, como ocurre en el conjunto del Estado, en el que el PP ha ido consolidando su papel de derecha ultramontana, hasta el punto de desembocar en un discurso ranciamente españolista y radicalmente derechista en lo social (que, en ocasiones, parece recordar a la vieja CEDA de la República), que ha puesto en un brete el tan cacareado consenso de la transición política, auténtica marca de fábrica del parlamentarismo coronado que caracteriza el Estado nacido de la Constitución de 1978.

 

     Sabemos que la política del PSOE en materia laboral y fiscal, no se lleva un ápice respecto a las posiciones del PP. Ambas están enmarcadas en la consolidación del neoliberalismo y la desregulación. Pero los trágicos acontecimientos del 11 M y el cínico modo en que el PP administró su responsabilidad indirecta en tales hechos (ocultaciones, mentiras, embarullamiento de los datos objetivos……), después de su postura cínica respecto de la guerra de Irak, determinó su caída del gobierno. A partir de ahí, se ha lanzado a una desmelenada llamada a las esencias patrias, en un alocado discurso en el que, al grito de ¡Santiago y cierra España¡, se ha propuesto cerrar el paso a todo intento de modernizar la gestión política del propio régimen, que ambos partidos han sustentado y respaldado siempre. No voy a cansarles con las cuestiones del Estatuto Catalán, el Estatuto de Andalucía, la Ley de Educación, la de Matrimonios de homosexuales, etc.

 

     Habiéndose escorado tanto el PP hacia una propuesta radicalmente derechista, ha dejado al PSOE solo en la sustentación del régimen político común [con apoyos en partidos minoritarios de las distintas autonomías]. La franca entrada del PP en la estrategia de las pancartas (que tanto reprochó al PSOE anteriormente), con una táctica de lucha militante frontal contra Cataluña (no cabe otra conclusión, visto el abrumador apoyo al Estatuto en el Parlamento de esa autonomía), implica una ruptura frontal del consenso, dicho de otro modo, una crisis del sistema.

 

     Esta ruptura tiene su culminación en las recientes declaraciones de Mariano Rajoy, en las que desvincula radicalmente al PP, de cualquier Acuerdo de Paz que pueda suscribir el gobierno con la izquierda abertzale, dirigido, en principio, al cese de la lucha armada y la admisibilidad de la lucha política desde la perspectiva de esta corriente nacionalista de Euzkadi.

 

     Parece que aún no se ha calibrado la extrema gravedad de tales declaraciones. Dice que los acuerdos del gobierno en esta materia no implican compromiso alguno para el PP, o, lo que es lo mismo, da a entender que, una vez el PP se haga cargo del gobierno, botará tales acuerdos a la papelera. A la vista de la trayectoria de ese partido, hemos de colegir que no se trata de una frívola perreta, sino de una auténtica declaración de intenciones que exige una reflexión seria.

 

     Se trata, al parecer, de una llamada de zafarrancho de combate, dirigida a sus huestes, para que respalden una escandalosa estrategia que pone en peligro los principios mismos que han venido sustentando la actividad del régimen desde sus inicios. La política del PSOE en esta materia viene respaldada por una mayoría parlamentaria sólida. Las negociaciones de Paz no responden a una política de partido, sino que tienen el carácter de una auténtica política de Estado. El planteamiento del PP choca frontalmente con una consolidada práctica de los sistemas democráticos europeos. La política exterior, por ejemplo, y la consolidación del régimen parlamentario nacido en la transición (que es, no podemos obviarlo, el objetivo de este gobierno en las conversaciones de paz), es una cuestión que exige, por la lógica del sistema, el respaldo del máximo de fuerzas políticas parlamentarias.

 

     De ahí que la posición del PP sólo puede ser calificada de ruptura crítica que equivale a un auténtico “Golpe de Estado”. Y esto no es una exageración. Recordemos las declaraciones del Jefe del Estado Mayor de la Defensa, general Felix Sanz Roldán, con amenazas tácitas y ruidos de sables, a cuento de la aprobación del Estatuto de Cataluña, y añádase el caluroso aplauso de los principales dirigentes del PP. Las tétricas sombras que se dibujan en el panorama político del Estado, en el que el PP se ha propuesto cerrar todas las compuertas, aún a costa de desgarrar los principios que han venido sustentando el sistema, es para echarse a temblar. No se puede emprender esta política sin calibrar todas las consecuencias graves que se derivarían de una vuelta de tuerca contraria. Supongo que todos los submarinos franquistas del PP estarán más que envalentonados, dirigidos como están por inefables ejemplares de los Guerrilleros de Cristo Rey (léase, entre otros, Acebes y Zaplana), lo que, irónicamente, supone la separación de la gente del Opus Dei, (Ruiz Gallardón, por ejemplo), que parecen valedores de un derechismo moderado que ahora habrá que añorar.

 

     “Golpe de Estado”, entiéndaseme bien, que veo como la constante amenaza de romper la baraja, de llamada a todos los poderes fácticos (obispos, militares, jueces derechistas, medios periodísticos afines), no para que nos fusilen a todos (eso es impensable), sino para amedrentarnos con un lavado de cerebro que se parece tanto a las tácticas históricas de esa derecha (recuérdese el primer tercio del pasado siglo, la Historia de la República, la guerra civil, el franquismo) en las que están danzando los viejos demonios familiares y suenan desagradables tambores que parecían silenciados.

 

     Hay que tener cuidado con esta gente.

 

    

 

    

 

 

 

   

 

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