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21 de julio de 2006
Por Ana Criado
En verano, el mundo se divide no sólo entre los que llevan bañador de pantalón (boxer aglutinador o bermuda voladizo) y los que llevan slip retrechero, sino también entre los que castañetean con el aire acondicionado y los que viven dentro de él. Los primeros ponen como condición al matrimonio que en el domicilio conyugal no entre un aparato de climatización, y los segundos prefieren quedarse cianóticos (cianosis periférica, eh) antes que apagar el artefacto. Eso, en verano. El resto del año, el mundo se divide entre los que, a estas alturas del espacio-tiempo, aún operan con windows 95 y los que truecan el ordenador con el cambio de las estaciones, como las serpientes mudan de piel. Y también se divide, no deja de dividirse, entre los que andan con el móvil cuidadosamente apagado, y los que lo llevan en la cintura, como el colt, y desenvainan con cualquier pretexto. Corren rumores de que aquéllos no fuman, y comen hamburguesas de soja, además de cantidades ingentes de yogur (desnatado, incluso). Los otros, en cambio, tiran las colillas/pipas al suelo y conducen todoterrenos de gasoil o coches tuneados. Es el eterno conflicto entre el inmovilismo ecologistón y el desarrollismo consumistoide. El buen salvaje de Rousseau ‘vs’ “Mon Oncle” de Jacques Tati. Posturas irreconciliables, ya te digo.
Sin llegar a tales extremos, cabe preguntarse, no ya si el dinero da la felicidad, sino más bien si los adelantos tecnológicos han venido a endulzarnos la vida, o a amargárnosla. Porque ahora, por ejemplo, en vez de facturar el equipaje en tres minutos, se le pueden echar treinta, por la cosa esa de que el ordenador se ha colgado y/o la red está caída y/o el sistema no funciona. Por no hablar de las palanquitas que regulan el volumen de algunos aparatos desplazándose (supuestamente) por una escala de menos a más, pero que se resisten como jabatas a la presión del dedo empujante, con lo que el volumen pasa del murmullo al rugido, sin medios tonos. Sin olvidarse de los móviles de nueva generación, con sus infrautilizados gprs, mms, umts, wap, usb, java, bluetooth, tonos polifónicos, marcación por voz, texto predictivo, vibrador, manos libres (¿serán móviles realmente, o terminales de esputo y onanismo con diccionario online?), pero que a la hora de la anhelada verdad, a la hora de identificar la llamada entrante, lo dejan a uno ‘in albis’: para vislumbrar el display en la pantalla color, hay que remontarse a la era de las cavernas y buscar una cueva bien oscura pues, a poco que el sol incida en la infumable pantallita, no se ve ni torta (o tres en un burro).
Pero lo peor no es eso. Lo peor es la pérdida de la capacidad de espera y ensoñación, como dice Javi Ruiz, mi profesor de música. Porque antaño, cuando el amante escribía una carta, aguardaba días o semanas la respuesta de su amada, y ese lapso de tiempo le permitía evocar, anhelar, imaginar, y enriquecía su emoción. Pero ahora la inmediatez de los sms y los mails lleva al apremio, al garabato, al buen tuntún. Antes, despedir a una novia podía cifrarse en algo como: “Ha pasado la hora de compartir flujos y mareas, y el solsticio de verano dejará de sorprendernos brotando como soja del humus del amor…” y en lo que la destinataria descifraba el mensaje, podía ocurrir de todo: hasta una reconciliación. Ahora, basta con mandar un sms elíptico con cuatro monosílabos: “ya no t q”. Todo tan manifiesto y expreso como un puñetazo en las bembas. Y así, tan ricamente, nos va.
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