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14 de julio de 2006
Por Ana Criado
El verano es una estación machacante y hecatómbica. La gente sale de sus guaridas y el espacio vital se llena de seres humanos deseosos de practicar todos a una las mismas actividades, como un solo hombre: desplazarse a playas y piscinas o clubes y/o cámpings, hacer deporte o sucedáneos, bajar kilos, subir a aviones y demás transportes colectivos, ir a las rebajas o a conciertos multitudinarios, apachurrarse en los atascos provocados por las obras municipales que despanzurran nuestras urbes, y no sigo, por respeto a los circunstantes. Como, simultáneamente, la materia gris entra en maceración y se ablanda por culpa de la mayor o menor canícula, corresponde ventilarla un poco con temas inocuos y mentolados que no den quebraderos de cabeza. Por eso la canción del verano es siempre gaseosa y chisporroteante (ver, u oír, “Opá, viajasé un corrá” y “Amo a Laura, pero esperaré hasta el matrimonio”, que son las que están en liza este año, duramente enfrentadas por ese anhelado primer puesto a provocar el vómito por inducción). Lo pasmoso es que la gente se complazca en escuchar la canción del verano haciendo gracioso uso de su libre albedrío. Otros, en cambio, no oiríamos ese tipo de música ni bajo tortura. Pero sobre placeres ni sobre gustos hay nada escrito: uno nunca termina de aprender, aunque tampoco termina de ignorar.
Hace muchos, muchísimos años, antes incluso de “Eva María se fue buscando el sol en la playa”, estaban de moda —aunque en aquellos tiempos no hubiera listas de ventas, entre otras cosas porque la gente no tenía dinero ni para comprarse discos, cuanto menos ‘pick-ups’, y sólo escuchaba música por la radio— unas canciones que hablaban de amores rotos por el tictac de los cronómetros (“reloj no marques las horas, detén el tiempo en tus manos”), o quebrantados por la adversidad de la dejación filantrópica (“si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra y por mar, si por mar en un buque de guerra, si por tierra en un tren militar”). Ahora, por el contrario, el concepto contemporáneo de amor ya no es desgarrado sino más bien pachanguero: no sólo porque, según Shakira, “las caderas no mienten” (y de caderas esta chica debe de saber un rato); sino también porque lo que pita es lo ‘light’. Sobre todo en verano.
Pues lo suyo es que, en azotando la calor, las ideas se tornen impalpables y el intelecto tienda a la siesta. La mano que mece el abanico descansa, lánguida. Impensable el movimiento, inmutable el pensamiento, impasible el ademán. ¿Qué hace el ser humano en estas condiciones adversas? Depende. Hecha elusión de los actos miméticos arriba mencionados, algunos tienen que seguir trabajando como petudos. Otros se encuentran sumidos en tribunales de oposiciones. Algunas se ponen jacarandosas. Otras optan por veranear en Bajamar, en su club náutico polar (echarse un cortadito, ver el frío que pasan los socios más deportistas, meditar, exhibir el vestuario de invierno). Y otros/as a su vez tienen que escribir artículos. Que no es que sea como escribir canciones de verano, pero vamos.Si el turismo se deslocaliza…¿morimos, “quemamos” otro territorio o nos transformamos?
Edu William
¿Estrategias y Propuestas de Viabilidad de Guaguas Municipales?
José Castellano Arencibia
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