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24 de septiembre de 2008
Por Luis León Barreto
Siempre he creído que quienes salvan la vida en las islas son las mujeres. Los hombres emigraban a Cuba y Venezuela, o emprendían la larga zafra de la pesca y ellas sacaban adelante las familias, los cultivos y el ganado, la casa limpia y dispuesta para cuando él volviera, si es que volvía. Durante siglos, no aparecen nombres de mujeres escritoras en nuestra tierra, y las pocas que aparecen lo hacen subrepticiamente, adoptando seudónimos para no ser señaladas con el dedo. La nuestra ha sido una sociedad rural y conservadora, fuertemente patriarcal. En esta sociedad poco desarrollada, la mujer tarda mucho en abandonar sus roles tradicionales e incorporarse a la vida pública. Casos como el de María Rosa Alonso, Mercedes Pinto, Josefina de la Torre, Josefina Pla, la musicóloga Lola de la Torre, la pintora Lola Massieu han sido excepciones que confirman la regla. También lo fueron Pilar Lojendio, premio Julio Tovar, y Pino Ojeda, premio Tomás Morales, ambas de la generación del medio siglo. Este pueblo nuestro entenderá algún día que los escritores, los pintores, los creadores forman parte de su patrimonio espiritual, y por ello conviene rescatarlos, difundirlos. Juan Francisco Santana Domínguez, profesor, historiador, hombre combativo que sabe mucho del rescate de la memoria histórica, acaba de dar a la luz el libro Pino Ojeda. Pintora y poeta (Anroart), en el que hace una completa semblanza de la vida y la obra de esta creadora inconformista cuyo mayor pecado fue crecer en el duro franquismo y padecer el cerco de una sociedad intolerante en la cual la mujer artista tenía muy poca cabida.
Pino Ojeda rompió moldes, se enfrentó al dolor y a la adversidad. En 1937 se casa con Domingo Doreste y en el 39 muere su marido en el frente de guerra. Viuda joven, padeció dificultades de todo tipo pero tuvo coraje y entusiasmo para la creación. Así, logra ser accésit del muy prestigioso Adonais, 1953, con su libro Como fruto en el árbol. Ya entonces nos descubría una mirada sensual y atrevida, llena de emociones. Padece graves enfermedades y momentos depresivos pero se va abriendo paso. Con su pintura llega a la Península, a Suecia, Italia, Alemania, Francia, Suiza, EE.UU. En abril de 2002 muere dejando 21 libros inéditos. Este libro, exacta y exhaustiva biografía, es la primera piedra para la recuperación de su nombre. Pino Ojeda siempre me pareció apasionada, generosa y desprendida, vivía la literatura como una especie de elevación mística e intelectual al mismo suerte. Tuvo poca suerte: nació antes de tiempo, fue una adelantada de la creación femenina. Le pasó lo mismo que a Chona Madera y a tantas pioneras: vivieron en un contexto que no valoraba a la mujer intelectual. Pero su poesía honda, el desgarro emocional, la intensidad y la melancolía de su mirada, y esa pintura fruto de una ensoñación volcánica siguen con nosotros. Lo importante ahora es que sus muchos libros inéditos vean la luz, y se editen antologías de su obra para que la conozcan las nuevas generaciones.
1: Que bonito comentario y que buen concepto tiene usted sobre ella.
Estos homenajes deben ser en vida...
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