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14 de junio de 2008

El ocaso de la ilusión

Por Sergio Hernández Hibrahím

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“Los intentos prácticos peligrosos, incluso a gran escala, pueden contestarse con cañones, pero las ideas concebidas por nuestra inteligencia, incorporadas a nuestra perspectiva y forjadas en nuestra conciencia, son cadenas que no podemos quebrantar sin desgarrar nuestros corazones; son demonios que no podemos vencer sino sometiéndonos a ellos” Karl Marx, publicado en “La Gaceta Renana”. (1842).

Ahora que uno ha vivido un poco, cuando puedes echar la vista atrás rememorando aquel optimismo intelectual que defendía la soberanía del pensamiento, la absoluta posibilidad de ser objetivo y analizar la realidad tal como es, sin sombra de vicios contaminantes heredados de un pasado atroz, rancio, despótico. Cuando creías haber hecho tu propia revolución en lo más elevado de tu conciencia y haber dejado atrás toda esa mugre reaccionaria sedimentada en siglos y siglos, decantada en los biberones que te hicieron tomar en los años cincuenta y sesenta: la Iglesia y su infinidad de meapilas mezquinos y reaccionarios, la magnificación de la familia nuclear con sus extensas secuelas de machismo, de desprecio y explotación de la mujer, la condena de la sexualidad, el racismo larvado, la homofobia, la libertad personal concebida como irresponsabilidad social.

Todas esas cosas hoy tan aparentemente “evidentes en su agonía” y, a la vez, tan indomables en su persistencia sutil, en su imperceptible vitalidad. El pensamiento, la actividad intelectual, entendida como instancia inaccesible a esa gelatinosa masa, a ese pegajoso “mar interior” que llamamos sentimientos, emociones, afectos.

¿Qué relación podíamos encontrar en aquellos años, entre nuestras ideas y nuestros más recónditos amores, odios, pánicos y temores, gestados en los primeros años de vida? La soberanía del pensamiento, ese optimismo de la racionalidad, trazaba un abismo profundo entre la cabeza y el corazón. Pero las cosas que penetraron en nuestra mente en una época de indefensión infantil, lo hicieron a través del sendero de la cordialidad, se aferraron en tropel configurando un yo que deseaba madurar, combatiendo en una guerra contra la amorosa mezquindad, el cretinismo y la tranquilidad del antiguo régimen, tan aparentemente bucólico y pacífico.

Ya no podemos arrancarnos las vivencias de niñez, las películas, la música, las primeras ilusiones que bebieron de lo que había, aunque el telón de fondo fuera un mundo cruel, sanguinario, explotador y despótico. Hoy vivir exige una fortaleza de ánimo inconmovible, una grandeza de miras y una confianza razonable en el porvenir. ¡Y es tan difícil salvar el tipo! Porque aquellas voces antiguas siguen omnipresentes, formando parte de tus tejidos más íntimos. Son demonios que pululan en los corredores más sombríos de tu ser, a modo de Caja de Pandora que has cerrado a cuatro cantos, de la que se expanden ocasionales susurros.

A todos nos acucia alguna vez la añoranza, el deseo de volver. Pero no se puede regresar a esa época feliz en su ingenuidad, cuando éramos tan cándidos, tan llenos de sueños, con la vida esperándote a la vuelta de la esquina, sin evocar las sombras de los abusos, injusticias, violencias y despojos morales y materiales, que son imposibles de disociar de los temblores exaltados que fluían de tus ansias de vivir. Y así, fatalmente, terminas reconociendo que por esas sombras sientes tanto amor como odio. No puedes, no puedes, desprenderte de ellas, destruirlas como cosas ajenas a ti, son una parte de ti mismo. Todo lo más puedes identificarlas aceptándolas como un bagaje indestructible recluido en aquel recoveco donde tienes “controlada” tu locura.

Qué lucidez la de Milan Kundera, cuando, en “La insoportable levedad del ser”, manifiesta sin ambages que añora la época de Hitler. No podemos destruir ese vínculo íntimo que une la época con nuestra individualidad ¿Cómo separar nuestra cordialidad, de los tiempos de nuestro esplendor, en que vivíamos para proponernos asaltar el mundo? Mala época, mala suerte, pero fue la mía. La odio, pero, lo reconozco, al mismo nivel de profundidad en que la amo. Así decía Freud que la profundización en la aplicación del método psicoanálitico es un viaje azaroso al Paleolítico. El pasado está, pesa como una losa en tu subconsciente, callado e indómito, pero, en su astucia, no viaja y se hace presente a tu “ser consciente” tal como es, con sus miserias, instintos asesinos, arranques reaccionarios y ansias de poder omnímodo. No. Tiene una enorme capacidad de transfigurarse y adoptar el rol que lo haga más admisible a tu consciencia actual.

Y así puede ocurrir perfectamente que cualquier individuo progresista tenga una conducta o actitud eventual francamente reaccionaria en cualquier terreno, ya sea el de las relaciones personales, las ideas sociales o la conducta política, a despecho de todo su supuesto bagaje de ideas “de izquierda”. ¿Quién no ha visto alguna vez a verdaderos fascistas “sociológicos”, colgados de la “hoz y el martillo”?

A medida que avanzamos, nos apropiamos de la realidad que nos circunda (y la nuestra interior, propia), elaborando nociones que nos “sitúen frente a”, que den sentido a nuestro estar-en-el-mundo. Pero ésta no es una operación fría, serena, sino que ponemos todo nuestro corazón en ella. En esto nos va la vida, nuestra propia vida. Estos patrones mentales no se asientan en un terreno inmaculado, sino que se adentran en un mar de fondo rugiente en el que ya está todo lo que vamos siendo, y se mezclan, se transforman unas en otras, impregnadas de nuestras más profundas alegrías, llantos, dolores, placeres, amores, instintos y resentimientos.

Las ideas no están en ese etéreo mundo de la pureza platónica, sino en la carne y sangre de nuestra existencia.

Claro que estos problemas se proyectan sólo sobre esos esforzados individuos (e individuas ¡que rara me suena esta palabra!) que lucharon por transformar su vida por senderos de libertad personal. Algunos, muy pocos, pueden alcanzar la madurez de una cierta perspectiva interior, que les permita no inmutarse intelectualmente cuando, a despecho de sus ideas pacifistas, sienta escalofríos emocionantes cuando escucha música militar o se le ricen los pelos cuando oye odiosas canciones españolas de los años cincuenta, aquellos en los que se gestaron sus primerizas inquietudes anímicas. Otros, tal vez la mayoría, dan el giro a la edad de su presunta madurez, y emprenden el vertiginoso viaje de vuelta al lugar de donde nunca salieron (ya lo dijo Machado: “Hay mucha gente que no cesa de decir que están de vuelta de todo, cuando en realidad nunca han ido a parte alguna”), hoy confortablemente situados en su statu personal de gente política y socialmente correcta, que intercambia cotidianamente con sus congéneres las cartas de su baraja personal de valores familiares, ideas políticas realistas, oportunismo pancista, tolerancia despreciativa en el campo sexual, paternalismo racista y complejo de superioridad hacia las “culturas inferiores”.

Hay un momento de nuestra vida en que, o avanzamos [dolorosamente] o nos quedamos, nos situamos, nos integramos. Esto puede explicar que el escritor Sanchez-Dragó (antiguo militante comunista), declarara hace unos años que lo verdaderamente moderno es estar en el cristianismo, y, a poder ser, en el catolicismo. O que Fernando Arrabal, “niño terrible del antifranquismo” de los sesenta, famoso dramaturgo afincado en Francia e importante representante de las vanguardias artísticas de la época, desembocara después en fervoroso devoto de la Virgen María. Desde el obligado respeto personal, uno no puede por menos que reflexionar si esta gente no estaba realmente combatiendo al Padrecito Franco, del que quedaron huerfanitos y desamparados, pues, al fin y al cabo, la militancia en el Partido Comunista no dejaba de ser una adscripción al pequeño grupo de las “ovejas negras” de la Familia.

Porque, es imposible olvidarlo, construimos nuestra autoconciencia con las percepciones que integramos, que adquieren carta de naturaleza a través del discurso, hecho con el lenguaje que heredamos. El lenguaje no es un simple instrumento, sino el cogollo mismo del pensamiento, y se va transformando, pero lo hace en una lucha a brazo partido con el pasado. Las palabras, las frases, carecen de neutralidad ideológica, su significado, sedimentado en siglos y siglos, se nos impone, hasta tal punto, que a veces tengo la extraña sensación de que no utilizamos la lengua que hablamos, sino que más bien somos marionetas en la cuerda de su invencible lógica. De ahí que a nadie le resulte raro que un ateo o un agnóstico salpique su discurso de frases como: ¡que baje Dios del cielo y lo vea! ¡Dios mío! ¡por Dios! y otras por el estilo, o que, por ejemplo, un connotado comunista, en los años ochenta del pasado siglo acusara a Margaret Tatcher de "marimacho", insólita acusación en boca de un presunto progresista. De ahí que resulte también tan difícil, hasta el punto de parecer una tarea equivalente a alcanzar el cielo con las manos, pensar el Socialismo desde una perspectiva práctica. De ahí que la versión soviética no fuera más que el reverso [tan estrechamente vinculado al anverso] del mismo material que trajo al mundo el capitalismo salvaje, el imperialismo y el colonialismo: un discurso que, en el fondo, era más de lo mismo desde otra perspectiva, con todas las matizaciones que se quieran.

Por eso es tan fácil retroceder. Por eso todo parece hoy tan propenso al desánimo, como si se hubieran cerrado todos los círculos. La reacción campa con sus respetos por todas partes. Cierto que hay causas políticas y económicas de peso, pero también debe serlo que tales motivos de fondo se proyectan sobre el terreno abonado de la enmarañada madeja que tira de la sociedad (y de los individuos) hacia el pasado. La libertad es también la búsqueda de nuevos caminos, la posibilidad segura del riesgo y el dolor eventual. Es más confortable el refugio de la integración en el sistema, la renuncia. Allí podemos acunar amorosamente nuestro narcisismo infantil y sentir la plenitud de nuestros afectos por el Padre (da igual la forma que adopte: el Estado, la Familia, Dios, el Empresario, el Emperador George Bush, el Alcalde....). Además, las reglas del juego nos permite de vez en cuando una cierta rebeldía [dentro de un orden], cuando recibimos los merecidos cachetones, que aceptamos porque nos los propinan con amor (es decir, con tolerancia y “respeto a los derechos humanos”).

Verdad es que las cosas (afortunadamente) ya no son como antes, pero, detrás de toda esta tramoya aparente de libertades que, muchas veces, usamos para hacer bobadas, en las que nos conmovemos y lloramos por estúpidas tonterías mientras medio mundo está hundido en una tragedia, tan pagados de nosotros mismos, mirando por encima del hombro a impertinentes negros que vienen a desdibujar los contornos de nuestro Paraíso. Detrás de todo esto, digo, se erige una montaña de precauciones y cautelas que pervierten la democracia, porque está todo tan homologado, las opciones son tan similares….; y la escolta policial, armada hasta los dientes, te advierte en cada esquina que te cuides de ir por el sendero debido, el que te han marcado. La revolución, la rebeldía subversiva, aquélla que se asienta en la magnificación de la “autonomía personal”, la que dice que “otro mundo es posible”, tiene que esperar mejores tiempos.

El conservadurismo, funestamente, siempre vuelve porque cuenta con la complicidad de los corazones desprevenidos de aquéllos (la mayoría) que no han logrado desprenderse de su prehistoria. La Libertad es la aventura, el peligro, el sufrimiento, y te advierte que tú eres el responsable de tu propia vida. Te premiará con la dicha ocasional de sentirte vivo, comprometido intensamente en este viaje tan absurdo. Renunciar a ella, no obstante, permite vegetar en el seguro refugio, el seco terreno de la indiferencia intelectual, circulando obedientes por las trilladas autopistas que otros han construido para tu aparente bienestar.

 Hoy las minorías conscientes (modestia aparte) son como en su época Galileo Galilei: podemos, frente a la actual Inquisición Tolerante, soportar a regañadientes que la Globalización capitalista, el Neoliberalismo, la militarización del mundo, lo políticamente correcto, la desregulación laboral, la brutal explotación del Sur, las matanzas de Palestina, etc, responden a profundas razones estatales, económicas, políticas. Bueno, es posible que sea el Sol quien gira alrededor de la Tierra, y que ésta se mantiene fija en el espacio. Entre nosotros, no obstante, podemos susurrar: “A pesar de todo, se mueve”.

Para que usted vea.

Comentarios enviados

Pepe Castellano: Muy interesante articulo, aunque muy largo. Seguramente te habría dado para dos o tres, que hubieran mantenido mejor la atención. 
Así y todo cuanta razón tienes!, nos guste o no, somos lo que hemos vivido y ello nos condiciona siempre, para lo malo y para lo bueno, porque la lucha por la libertad también nos ha moldeado y nos ha hecho mejores. 
El único problema, y en eso vuelves a tener razón, es que es mas fácil dejarse llevar por la corriente, que batallar contra ella, pero coincidirás conmigo en que a pesar de todo siempre hay luchadores, seguramente porque la emoción y la aventura te hacen sentirte vivo y eso también es unaliciente.

Juan Francisco Santana Domíngu: La memoria, las historias y momentos que cada uno conserva, en lo más adentro, siempre estarán acompañándonos. Cualquier momento que grite libertad, en el que debamos tomar decisiones para que la palabra no sea ocultada y silenciada son momentos inolvidables, que nunca se hacen viejos. Los que se hacen viejos son aquellos que se plegaron a las injusticias y a las imposiciones y callaron y se irán pensando en la decisión equivocada, que en su momento, tomaron. Muchas gracias Sergio.

shibrahim: Estimados compañeros: la "perogrullada" es que estamos vivos, tal vez más vivos que nunca, luchando siempre a brazo partido contra las desgraciadas herencias que incrustaron en nuestro ser cuando eramos tan indefensos.

Antonio Quintana: Que impresionante Gran verdad camarada cuando dices "La libertad es también la búsqueda de nuevos caminos"

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