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02 de junio de 2008
Por Daniel Bautista
¿Saben una cosa? Creo que, al fin y al cabo, todos por dentro estamos decorados a base de vidrio. Bien visto, es como si tuviéramos una cristalería en toda regla abierta en nuestro interior.
La naturaleza del cristal es paradójica. Un jarrón, un vaso o cualquier figura de vidrio pulido o labrado es aparentemente inofensiva, suave al tacto y útil o hermosa. Sin embargo, apenas se fractura, corta y desgarra las mismas manos que antes la sostuvieron para contener algo: cariño, un sueño o simplemente agua que saciara la sed. El instante que media entre una realidad y la otra muchas veces no dista de ser un antojo de la casualidad – un accidente – o un ademán violento premeditado o imprevisto. De ese modo, el paisaje que antes era hermoso y tenía sentido puede convertirse como del rayo en un caótico jardín de aristas dispuestas a dañarte los pasos.
Cada uno, por dentro, tiene su cristalería, con su escaparate y sus mostradores. Allí exhibe su vidrio de Bohemia o de Venecia, o de la isla de Murano, y dentro habitamos sus cristaleros, de algún modo los autores de nosotros mismos – por favor, permítanme la ingenuidad de creer todavía que, de algún modo, tenemos algo que ver con cómo somos -.
Cristaleros los hay de todos los tipos, porque en el fondo todos lo somos. Los hay bien dados y confiados, que abren las puertas de su tienda a todo el mundo. A estos los habita una legión de observadores que manosean y disfrutan de cuanto contiene el establecimiento, mientras su dueño confía en que nada se rompa, en que nadie deteriore la suavidad en aristas. Otros son reservados y poseen trastienda o caja fuerte. Éstos sólo ponen sobre el mostrador sus obras menos audaces o aquéllas que valoran menos, y guardan en escondites secretos el cristal valioso sólo para la gente de más absoluta confianza, para quien que le proporcione perfectas garantías de no deteriorar sus piezas más exclusivas. Hay, también, quien tiene su cristalería cerrada a cal y canto. Son artesanos que, quizás, antes permitieron el paso a alguien de confianza sólo para descubrir que quien parecía un observador atento o un admirador inspirado se convertía en un elefante que hacía claqué en medio de su santuario. Por haber, hay hasta una raza triste de vidrieros sin cristalerías. Ellos se asoman ante los escaparates de otros cristaleros para contemplar sus exposiciones, pero nunca cruzan una puerta ni se adentran, porque mastican la certeza de que - quieras o no - uno siempre rompe algo en una cristalería, y ya han desistido de ser autores de daño alguno en los interiores de otro.
Me gusta creer que la naturaleza de las cristalerías es estar abiertas, de ahí que el vidrio deje pasar la luz y la mirada, que se transmute invisible a la percepción ajena para capturar la atención de curiosos eternos a través de las ventanas. Uno debe, sin embargo, tener cuidado con a quién deja entrar en sus estancias, no sea que en algún momento se te cuele un elefante o un rinoceronte que haga lucha libre o taconee sobre una vajilla de bohemia. Un cristalero debe observar a través de los mostradores del otro antes de dejarlo entrar, sin embargo, nunca hay garantías absolutas de que no se te cuele un paquidermo disfrazado, o de que alguien se convierta en proboscidio cuando ya está dentro. Pero no se puede, en cambio, claudicar al temor, ya que el miedo no articula más movimiento que el subterfugio o la huída, pero jamás la destreza que convierte la cotidianidad en maravilla o que torna la existencia en felicidad.
En el fondo, resulta irremediable que algunas piezas se rompan siempre en una cristalería, queriéndolo o sin quererlo, porque, aunque no seas un elefante, en ocasiones alumbras un descuido o varios y algo se da al traste de la gravedad. Si acaso, sólo podemos aspirar a exponer carteles de “frágil” en nuestras obras más queridas, tranzando las fronteras de nuestras necesidades – no de nuestros caprichos -, con la esperanza de que quien goza de nuestra confianza sea especialmente cuidadoso con ellas y se aleje de su vera cuando le acometa un escalofrío, un estornudo o la inevitable necesidad de practicar un salto mortal. No se puede, en cambio, encerrar bajo llave nuestro arte, condenar la maravilla al presidio a volandas del miedo, porque ni la oscuridad ni el secreto aprecian o disfrutan, y la belleza sólo se marchita en la umbría.
Ni siquiera debería uno ceder a la tentación de cerrar su cristalería cuando lo acomete un terremoto. A veces, te encuentras enfrente de un cataclismo de aristas de vidrio y sientes el impulso de declararte en quiebra de esperanzas. Pero, por suerte, los escombros de cristal se pueden volver a fundir para recomponer la decoración de tus adentros. No sé, me imagino que cada cual tiene que encontrar su manera, pero válgame hoy la mía como ejemplo. Para deambular por un mar de añicos de cristal lo mejor es desplazarte sobre una alfombra voladora de esperanzas, llegar hasta los resabios de tus vidrios y sostenerlos en la mano, por más que a veces te los claves bien adentro. Así la cosas, comienza la terapia: les susurras lentamente canciones de Sabina, poemas de Neruda o Benedetti y novelas de Carmen Martín Gaite; les escribes cuentos, novelas o post en tu blog; los acercas a la risa contundente de una amiga para ver como las aristas se desquebrajan como las hojas muertas de los árboles; o los orientas en el espacio para ver a través de ellos comedias argentinas o bailarinas calmas mecidas por una copa de vino. Y poco a poco, todo se recompone lentamente o con premura, dependiendo de cuánto leas o cuánto escribas, o del tiempo que tardes en hacer reír a tu amiga.
Entonces, vuelves a ponerlo todo en tus mostradores y te asomas tú también a los escaparates ajenos, porque, en el fondo, los cristaleros viven enamorados del vidrio y buscan enriquecer sus adentros con los adentros de otros. Y sólo te queda desear que, en el proceso, sea más lo que te aporten otros que lo que te rompan, y que sea más lo que les aportes a ellos que lo que los hieras, ya que, al fin y al cabo, somos de vidrio por dentro y algunas fracturas son inevitables.
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