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24 de mayo de 2008
Por Sergio Hernández Hibrahím
Remedando al maestro Grouxo Marx he de decir que yo nací a una edad muy temprana, y en esta madurez provecta que sobrellevo con resignación conservo bastantes recuerdos de mi infancia, mientras que se ha sumido en la más lóbrega amnesia los últimos cincuenta y dos años, mire usted que desgracia.
Fue aquél un universo triste y dramático, sólo tachonado por los gratos momentos en que los “pibes” éramos los amos de la calle, armando unos escándalos que “p’a qué”. Con decirles que uno de nuestros pasatiempos consistía en competir a ver quién era capaz de anotar más matrículas de coches. Había pocos, de vez en cuando aparecía algún que otro “fotingo” y luego estaban los camiones Man Leyland que discurrían por la Portadilla en la calle Hernán Pérez, cargados de tomates hasta los topes; también venían los bus (con perdón), con su rótulo de la “Asociación Patronal de Jardineras Guaguas”, los “coches de horas” y los microbuses “piratas”.
Cada calle o barrio tenía su correspondiente banda de chiquillos “mataperros”, estallando contiendas un día sí y otro también. Ojo, que la lucha era de verdad; se hacían “guirreas” durísimas. Una vez pasaron por nuestra calle dos niños de San Juan, coincidiendo que estábamos lo menos quince tíos, así que nuestros jefes procedieron a mojarse los dedos y pasárselos por las orejas tachándolos de cobardes, con actitud y palabras altaneras y desafiantes. Los pobres “pibes” se alejaron advirtiendo que volverían más tarde con refuerzos. A la media hora apareció un “fleje” de soldados, toda una división acorazada, aullando, así que todos nos desperdigamos refugiándonos en nuestras respectivas casas. Ocuparon el terreno y nos llamaron de todo. Fue muy humillante.
Mi recuerdo más remoto se remonta a la edad de dos años (1949), no me pregunten cómo lo sé. Vivíamos en una casa del Callejón de la Horca y mi padre me improvisó en el patio una pelota rellenando un calcetín. Con mis piernitas cortas intenté improvisar algún que otro “chute”, pero siempre fui un “rebenque” y no di pié con bola, nunca mejor dicho.
De tan “maula” que soy, cuando comencé mis primeros pasos caía al suelo hacia adelante sin poner las manos, así que el “partigaso” era de aúpa, e iba a todas partes “trastabileando”, con mis ostensibles cuernos llamando la atención en todas partes. Estas anécdotas prefiguraron lo que llegaría a ser con el tiempo, un redomado “tolete” “mal engarbiado”
Allá por los cuatro años, mi padre me llevó una mañana de domingo (creo) al Parque de San Telmo. El agua llegaba casi a la trasera de la iglesia, contenida por un muro que a mí me pareció enorme, así que lo escalé a duras penas, asomé la cabeza y me “alongué” frente al mar, quedándome fascinado. De pronto, alguien me agarró por la camisa y me bajó al suelo, pegándome una “jalada” durísima. Fue la primera de las dos que me propinó mi padre, advirtiéndome que nunca más volviera a ocurrírseme hacer lo mismo. Pero este hecho nunca evitó mi permanente fascinación por el mar.
Siempre fui un niño triste. Acostumbraba a sentarme a la puerta de cualquier casa y allí permanecía, “amulado”, pero de vez en cuando participaba en los esparcimientos colectivos. Recuerdo una fiesta de san juan, en la que la chiquillería acordamos con entusiasmo hacer una “fogalera”, o cuando decidíamos deambular por los riscos buscando “higos chumbos” o “támbaras”. Desde la Portadilla se oía durante todo el día los gritos estentóreos de las madres llamando a sus hijos a merendar.
Una vez cometí el error de comprar una perra de chicle Bazooka (digan lo que digan, el mejor del mundo) que me gustaba mucho; Cuando llegué a casa mi madre se enfadó (éramos pobres), así que me espetó: ven aquí; no, que me vas a pegar; ven aquí, que no te voy a pegar. Y yo, con la ingenuidad que siempre me ha caracterizado, me acercaba y recibía la correspondiente “jalada”. Cuando mi madre pegaba no cejaba hasta que el brazo se le caía de cansancio.
Comíamos sancocho una vez al año, después venía el sopor. Pero nunca olvidaré aquellas tardes, cuando la gente se levantaba de la siesta y se extendía por toda la casa el agradable aroma del café. De ahí me viene este vicio, siempre fui muy cafetero. Y la puerta del patio, y el viento, y los gritos de mi madre o mi abuela: ¡Sergio, cierra la puerta con el “fechillo”! o ¡no des portazos, que vas a romper la “fechadura”!
En mi casa no recuerdo nunca la palabra bocadillo. Mi madre decía ¿Quieres que te haga un sándwich?, pero no era de pan de molde, sino el mismo bocata de hoy en día.
En la casa había un pozo negro, así que las cucarachas lo invadían todo y alguna que otra rata a veces asomaba la cabeza por el sumidero. El váter era insoportable cuando tenías que usarlo de noche, pues las paredes temblaban, tachonadas como estaban de insectos asquerosos, así que siempre tuvimos gatos. A mi entusiasmaban, jugaba con ellos hasta que llegaba a volverlos locos, porque me encantaba ver como se “engrifaban”.
Mi abuela me encargaba con alguna frecuencia el “mandado” de ir a la carpintería a traer serrín para los gatos, o a la carbonera a buscar combustible para la plancha que usaba en su costura. ¡Y las moscas! ¡que pesadez! A veces se usaban unas cintas pegajosas para atraparlas, pero te daba escalofríos oír sus gemidos constantes durante horas. Otras se usaba una especie de cinta que se quemaba para ahuyentarlas, pero lo verdaderamente eficaz era el “fly”, no quedaba ni una.
Los curas eran los dueños del cotarro. Si ibas a la doctrina tu madre podía obtener su cuota de leche en polvo. Seguramente mi tirria contra la Iglesia viene de la época pacata en la que pululaban los y las meapilas. Mi madre nos obligaba a mi hermana y a mí a acompañarla a las novenas de los lunes en san nicolás. La verdad es que yo iba porque a la salida me compraba unos bollos de anís buenísimos, que se vendían en una dulcería cercana a la iglesia. En ella se arrastraba de rodillas tres veces desde la puerta hasta el altar, cosa que mi hermana y yo imitábamos en medio de risas.
En estos rollos sí que me aburría como una ostra. Que si las misas, que si las procesiones, que si la misa del gallo, que si las siete estaciones, obligado y en fila de tres en fondo, cuando nos llevaban desde el colegio ¡Qué fastidio! Cuando hoy oigo a los clericales hablar de la “libertad de educación” me rechinan los dientes.
Afortunadamente mi abuelo –por otro lado, tan “pachorrúo”- era un descreído, y de vez en cuando me soltaba frases sueltas que yo sorbía con fruición y que mucho me ayudaron a comprender algo el mundo en que vivía.
Las niñas, a todos los efectos prácticos, no existían, en el colegio tenían su clase aparte. El desprecio hacia las mujeres era público y notorio, no digamos a los homosexuales, perseguidos por las calles a pedrada limpia. Muchas cosas me entristecían, nunca comprendí ni pude interiorizar el odio por razones de raza, sexo y otras cosas similares o por el estilo.
Había adultos que estaban muy malitos durante años, padecían “de lo suyo”. La muerte en aquélla época era de veras, te ibas “a las Chacaritas” o “dejabas las tablas” y el velatorio parecía en serio. Hoy nadie se muere, porque se hace todo tan rápido que apenas nadie se da cuenta.
Como dejó dicho Marx (Carlos, esta vez), el tiempo que se fue mereció haber fenecido. Así es y lo rubrico, pero como dejó escrito Milan Kundera en su “La insoportable levedad del ser”, más o menos, mi tiempo de esplendor infantil marca toda la vida, para lo bueno y para lo malo.
Para que usted vea.
Sirva este escrito como modesto homenaje a nuestro escritor Víctor Ramírez, cuya obra -un dechado de literatura de orfebre que me ha hecho viajar en el tiempo, conmovido por la emoción- tantos ratos gratificantes me ha proporcionado. Y a los personajes de su novela “Nos dejaron el muerto”, particularmente al marino que sólo mareaba en tierra, o al narrador, persona delicada, siempre resguardada en casa, por padecer “de lo mío”.
Juan Francisco Santana Domíngu: Darte las gracias y la felicitación por hacernos recordar esas palabras que tan dentro de muchos de nosotros se encuentran, uniéndome a un pasado plagado de anécdotas parecidas, en otro lugar y en otro tiempo.
shibrahim: Querido compañero, en esto del lenguaje hay cosas que sí me dan mucha grima. Por ejemplo, el empleo de los tiempos verbales compuestos para el pretérito, del que tanto abusa hoy la gente nueva. No recuerdo nunca decir: "ya he comido", "ya he estudiado", "he ido a la playa". En esto seguiré siendo un retrógrado hasta el fin, pero no puedo evitarlo en mis hijos o nietos. Ya sabe....chacha (a mi nieta), se dice "ya comí", "ya estudié", "fuí a la playa"....En fin, ésto es lo que hay.
Le agradezco mucho su comentario.
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