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18 de mayo de 2008
Por Sergio Hernández Hibrahím
Últimamente están abundando profusas declaraciones de algunos políticos y periodistas, trayendo a colación el derecho de Canarias a la soberanía y la independencia, incluso planteando la hipótesis alegórica del “Estado Libre Asociado”.
Dejando a un lado a don Antonio Cubillo, persona que ofrece muchos flancos a la crítica pero que uno respeta por lo que representa como precursor, al que no se le puede negar una coherencia personal intachable hasta el punto de arriesgar su propia vida (y perder la salud) por las ideas que defiende, lo que me pasma es la aparición de personajes que ahora “descubren” los antecedentes históricos de este malhadado archipiélago.
No tengo ningún interés en insultar o faltar el respeto a las burguesías de este país, pero reconózcase que, hablando en términos estrictamente políticos, da una merecida imagen de ridículo esperpento de burguesía y si no vayamos a la Historia.
Canarias sufrió hasta las postrimerías del Siglo XVIII una especie de estatuto colonial, caracterizado por la existencia de un aparato político y militar específico. En el origen, las islas mayores lo eran de realengo (es decir, sometidas específicamente a la Corona), mientras que las menores lo fueron de señorío (de alguna gente perteneciente a la grandeza española), pero el telón de fondo de la profunda dependencia económica –y, por tanto, política- nunca ha desaparecido.
En este escenario, las clases pudientes del país –criollos mezclados con algunos descendientes de autóctonos, para qué vamos a engañarnos- acabaron por atrincherarse en sus propias ínsulas, restringiendo su visión económica –por tanto, política- a la “isla” que les vio nacer, aceptando las primacías y privilegios del poder económico –y político, perdón por la reiterada impertinencia- de las burguesía y oligarquías de la metrópoli. En sus aspectos básicos la realidad de fondo no ha cambiado, sólo que hoy se solapa por la presencia casi directa de las oligarquías de los restantes países de la Unión Europea.
En el manual escolástico de la antigua Academia de Ciencias de la URSS (cito de memoria) se definía a la burguesía compradora como aquella fracción de la burguesía que no tiene base de acumulación de capital, que actúa en cierto modo como intermediaria del capital foráneo. No se trata aquí de exponer todo un aparato de argumentación teórica, pero un somero análisis del devenir histórico de este desdichado país, al menos en sus fases más importantes, muestra una crasa subordinación de sus burguesías a intereses foráneos.
Y digo bien burguesías (en plural). Cuando se analiza el imparable ascenso de las burguesías europeas (siglo XVIII), que culminó en la Revolución Francesa y sus consecuencias, sus intereses de clase las proyectaron a acotar un sistema social y económico en el marco de su país; los grandes conceptos de ciudadano y nación aparecen al calor de este auge. Dicho en plan coloquial: este es mi país, mi nación, el territorio de mi desenvolvimiento económico, el escenario de mi porvenir como clase.
Emilio Zola, en su buenísima novela La Tierra, realiza un profundo análisis de la mentalidad del campesino [pequeño burgués] francés. Sentado a la sombra de su casa, contempla el espectáculo de su finca y sembrados, con el trigo cimbreado por el viento. Vivamente conmovido, se refocila gozoso sintiendo que está en la plenitud de su vida, resumiendo toda su existencia en esta vivencia de posesión material, que no va más allá de los cuatro terrones que contempla extasiado.
¿Y que tenemos aquí? Sustituya el trigo por los tomateros, las plataneras, el pequeño negocio, limitados por el recinto de la isla. En siglos de Historia, ha habido más enconamiento entre las burguesías de las islas principales que respecto a los designios de la metrópoli, eso sí, cada una escoltada por los adláteres de tal o cual ínsula menor.
Esta incapacidad para “pensar” Canarias como unidad económica y política no es producto de la malicia o el odio recíproco, no se trata de una especie de malignidad de los canariones o chicharreros. Es, sencillamente, producto de la específica correlación de clases que pervive en el país a través de los siglos. Las distintas burguesías miran con desconfianza a sus colegas de las demás islas.
Por ejemplo, las instalaciones portuarias de Santa Cruz o Las Palmas no son complementarias, no, son ferozmente competitivas. Al decir esto me limito a repetir un discurso que he oído muchas veces, en boca de los voceros de la burguesía de Tenerife o Gran Canaria. Y, curiosamente, esta ideología de la rivalidad económica ha enraizado en las poblaciones insulares, hasta el punto de condensarse en la teoría del despojo que se enarbola un día sí y otro también en los periódicos principales, y, lamentablemente, en la propia gente sencilla.
A todos los efectos prácticos, éste no es un país, no es una nación. En todo caso ese podría ser el futuro, pero, aquí y ahora, somos siete países divididos en dos bloques, cada uno de ellos liderados por los privilegiados de las islas mayores, solapados por el dominio español y europeo, y esto es resultado directo de sus específicas estructuras económicas. Alguien podría recurrir al insulto fácil, al discurso de poner a parir a los desdichados políticos que sufrimos, o a los insularistas de uno u otro lado, pero eso sólo sirve para enconar el debate fijando la vista en la superficie. Hoy por hoy, pedir una burguesía nacional para Canarias es igual que imaginar unas burguesías capaces de elevarse del suelo a base de tirar hacia arriba de sus propios cuellos, sin más apoyo.
Claro que el telón de fondo de la dependencia sigue presente, sustentado en un pueblo sojuzgado y políticamente castrado en años de dominación, esta es la auténtica amenaza para el dominio foráneo y las burguesías insulares lo saben, ¡Ah, sí que lo saben! ¿Cómo explicar si no, que incluso en las postrimerías de la dictadura, apareciera de vez en cuando (como hoy), referencias sueltas a la posibilidad –o el peligro- de una Canarias independiente? Esta es una amenaza recurrente que se ha venido enarbolando frente a Madrid cada vez que nuestras ínclitas burguesías han necesitado presionar a Madrid.
Si hubiese una voluntad real sobraría tanta retórica y habría mas propuestas concretas. En otras palabras, que no va en serio, que no se trata de un debate sensato y juicioso sobre el derecho del país a su soberanía o [la majadería] del Estado Libre Asociado. Que no estamos en Cataluña o Euskadi, allá sí que existen unas burguesías nacionales sin Estado, orgullosas de sus culturas. No sé si tienen sus himnos nacionales, pero seguro que, si existen, no será un arrorró, eso se deja para nosotros, chachos y chachas, que somos tan pachorrúos y pachorrúas.
Canarias carece, hoy por hoy, de dirigencia histórica para emprender el camino de su soberanía.
Eso sí, somos unas islas españolísimas. Que curioso esto, he leído y oído tantas declaraciones acerca de la acendrada españolidad de este jardín, que todavía me pregunto a qué viene tanta insistencia. ¿Qué pasa? ¿Es que hay dudas?
Cuando era chico ¡Ay, que tiempos aquéllos! se estudiaba el primer viaje de Colón. Parece que pasó por estas desdichadas islas; no obstante, en los manuales de Historia, lógicamente, consta que partió de Palos de la Frontera (Huelva), España. Aquí, la mayoría ni conocía la existencia de ese Estado, que estaba por aquellos días conquistándonos a sangre y fuego. Y fíjense hasta que punto somos una parodia política de país: los canarios de Tenerife infligieron una sonada derrota a los castellanos en Acentejo, mas fueron posteriormente vencidos en el mismo lugar. Bueno, pues el primer suceso se nombra como “La Matanza de Acentejo” y el segundo como “La Victoria de Acentejo”. Para que usted vea.
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