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06 de mayo de 2008
Por Luis León Barreto
Parece que fue ayer, pero ya han pasado 40 años. Desde el 3 hasta final de mes Francia vivió una turbulencia con barricadas en las calles, luchas callejeras y huelgas masivas con miles de heridos y un caos pasajero que Sarkozy ha definido como la madre de todos los males: el relativismo moral, la confusión de valores, la pérdida de autoridad, el cinismo, la irresponsabilidad… En la izquierda se ve, al contrario, como la semilla de la que han germinado avances sociales: la liberación de la mujer, el protagonismo de la sociedad civil, la consolidación de los derechos sindicales. Todo empezó en Nanterre, en las afueras de París, con una movilización universitaria que exigía reformas educativas. Fue la chispa de la rebelión en la que participaron obreros, descontentos con la guerra del Vietnam y una gran masa social que reivindicaba cosas y escribía eslóganes imposibles en las paredes. En cierto modo era la recuperación del espíritu libertario francés, la huella de La Marsellesa y los Derechos Humanos. La imaginación no llegó al poder porque el poder digiere cualquier imaginación discordante, las guerras no han dado paso al amor y las contradicciones continúan infiltradas en el Primer Mundo. Pero Mayo del 68 tampoco fue el cruel fracaso que algunos han querido ver. Aunque, lógicamente, el sistema siempre digiere las turbulencias y la disidencia acaba siendo convertida en negocio. Por ejemplo André Glucksmann, que participó en la algarada como militante maoísta, apoyó a la derecha en las últimas elecciones.
Más que una simple protesta pero menos que una revolución. Para André Malraux, fue una crisis de la civilización. Para Sartre aquello fue una aventura tan saludable que, en cuanto concluyó, fundó el diario Libération que recogía el espíritu del 68. Lo cierto es que los obreros consiguieron un incremento salarial del 14 por ciento, los estudiantes quedaron aislados como utópicos sin causa y todo fue desmantelado. Conviene recordar que en el espíritu de los 60 convergían las canciones de The Beatles, el hippismo pacifista de los niños de las flores, la minifalda y el auge de Carnaby Street con su nueva iconografía juvenil, la revolución sexual que entrañó la píldora, la liberalización de costumbres desde Londres, el sexo dejaba de ser tabú y se produjeron los primeros aldabonazos en las universidades españolas. La Laguna pasó de ser algo así como un instituto grande a un lugar donde la policía -los grises- ya entraba en el campus persiguiendo a los estudiantes y largando tiros al aire que años después tuvieron consecuencias nefastas. Aquel verano del 68 estuvimos en campos de trabajo para estudiantes en el sur de Francia, todo había pasado pero –como diría Bob Dylan- algo flotaba en el viento.
Rosario Valcárcel: Algo flotaba en el viento, pero en España tardó en sedimentar.
Sí, en la España del 68 todo era diferente a Europa. No se podía votar a nuestros gobernantes, no se podía hacer huelgas, no se podía...
Fuimos una sociedad de aprendices, eso sí. Aquello de aprendices en todo, maestros en nada. Sólo fuimos jóvenes que pudimos alcanzar un trabajito, los privilegiados, algo más.
También fue una lucha generacional sin reproches, sin culpas hacía los progenitores, con respeto. Una revuelta contra la tradición, contra casi todo lo establecido, incluida la Educación.
Un cambio muy importante en el pensamiento en general, en la espontáneidad, la inventiva y la creatividad.
Un balance muy positivo a pesar de los pesares.
Juan Francisco Santana DOMÍNGU: Mi estimado amigo: Hace unos días leí un comentario, de un español que vivió aquellos momentos en Francia, que me emocionó muchísimo. Nos decía, en una emotiva frase: "Sabía que, posiblemente, poco o nada lograríamos pero era tal la sensación de libertad, la lucha por unos hermosos ideales que valía la pena disfrutarlos y vivirlos". Un fortísimo abrazo.
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