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04 de mayo de 2008

Una madre llamada Dinora

Por Rosario Valcárcel

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              …Tus hijas pasan llevándote olorosas sopitas
               para alimentar tu vaga sustancia.
               Oh, ya eres de agua, de casi nada, de agua
               o de lentos movimientos como esculturas de la consunción.
             Yo entro en tu cuarto de muriente suavizando mi presencia
                              Y mirándote de soslayo
             Si te miro de frente pienso que soy tu testigo perverso…
                                                   
                                                             José Watanabe

 

 

 

 

         Estos días he descubierto una tradición entrañable, un rito funerario rumano.

         He compartido un tiempo para pensar, reír y descubrir que nuestra vida es como una marea: gatea, trepa, sube, vuela. Se desliza resbala, baja y sin casi darnos cuenta desaparece.  

         Dinora llegó a Gran Canaria hace más de una década. Venía del país de Drácula, un personaje famoso, una especie de héroe nacional que surgía igual que en los cuentos de hadas, por las empinadas calles, por los arcos y murallas, por los castillos de puntiagudas torres de Transilvania.

      Como vivía en el mismo edificio que yo, con su hijo Dan Munteanu y su esposa Eugene, tropezábamos en el ascensor, en el portal. Confieso que siempre me causó muy buena impresión, era una mujer de mediana estatura con unos bonitos ojos castaños. Tenía deseos de aprender español y aunque articulaba mal, sonreía. Controlaba las palabras y me decía:

     -¡Buenos días!, ¡adiós!

      Había dejado atrás la caída de Ceaucescu, la amalgama comunista y el nuevo capitalismo occidental. Su Bucarest, el frío invierno, las brumas, la lírica de los viejos tiempos. Las clases de piano que impartía y un montón de sueños, de recuerdos. Pero se trajo consigo el reino íntimo de una vida, los bolsillos llenos de mundología, de saber estar. La elegancia de la sencillez.

     La Nochevieja del 2.006, Luis y yo tuvimos la oportunidad de encontrarnos con ella, saborear algún canapé, compartir el bullicio, el cotillón. Y ella, igual que una artista del cine clásico, encendía un cigarrillo y otro, como si ello la indujera a pensar. Después, echándose a reír, nos contó las incidencias de las campanadas, y sorprendentemente sus palabras aquella noche sonaron mejor. Brindamos por el Nuevo Año, estrechamos las copas, sus ojos miraron lejos y quizás cada uno de nosotros, en secreto, pidió un deseo.   

      Dos años más tarde su hijo nos convocó a una despedida. Dinora hacía su último viaje, el viaje de la vida terrena a la celestial. Familiares y compañeros hablamos de lo extraño de las relaciones, del por qué la gente buena desaparece pronto, del miedo al tiempo, del misterio del pecado y hasta del infierno.

     Monina leyó de su misal unas palabras de aliento y alguien dijo que las flores rojas y blancas, que adornaban el lugar, le recordaba al martisor; el amuleto de la suerte rumano. Quise creer que era un buen augurio para la continuidad de la vida después de la muerte.

     Después llegó la hora de partir, de cortar los lazos del alma. La hora de la incineración. Irina y Antonio José acompañaron a sus padres, hicieron un leve gesto de despedida a la abuela. Y yo con el pensamiento agité mi mano, le dije, el último adiós.     

      En la Misa se recordó el júbilo y la fe de la resurrección, la gente cantó como nunca, el sentimiento fue auténtico y Mariana Bacioaie con su violín interpretó a Bach, nos estremecimos. Humanizó el último capítulo de su existencia.

     Al restaurante De tapa en Tapa  no fue el pope, el sacerdote, aunque sí amigos como Antonio Quevedo, su madre y su hermana. Tampoco sirvieron el postre funerario, la coliva el dulce tradicional hecho de trigo, nuez y azúcar adornado con bombones o nueces en forma de cruz, pero Orlando Casanova, nos ofreció una variedad de platos exquisitos, mientras los camareros llenaban las copas, una y otra vez, así poco a poco la celebración comenzó a tomar fuerza, emoción, intercambio de historias familiares envueltas en regocijo. Recuerdos dichosos para Osvaldo de su adorada Chile. Impresiones y sonrisas infinitas.

     De pronto Dan calmoso dijo:

     -Quiero decir que esta comida es para festejar la memoria de mi madre. ¡En honor a Dinora!

     Entonces alegres estrechamos las copas y quizás cada una de nosotros, en secreto, pidió un deseo.

Comentarios enviados

Luis León Barreto: Hermosa reflexión sobre el sentido de la vida, la maternidad y el homenaje a esta dama de Rumanía que vivió entre nosotros y hoy en día sus cenizas se han fusionado con el Atlántico que nos baña

Osvaldo Rodríguez P.: ¡Bellísimo! Qué sensibilidad y qué clase para reproducir metafóricamente ese momento tan entrañable para Dam, su esposa y sus amigos. Bellísimo, Rosario, tus palabras para reproducir ese ambiente de ternura y amistad tienen la clase que te caracteriza a tí y a tu escritura.

Armando Quintana: Un lindo testimonio que refleja como todos podemos mezclarnos y en la mezcla, o mestizaje, descubrir que siempre hay algo que aprender unos de otros, también de los que no han nacido aquí. Eso es la interculturalidad, un reto a afrontar. Seguir en paralelo, superpuestos, sin saber mezclarnos positivamente es el hecho de la multiculturalidad que no podemos negar. Mejor aceptarlo, afrontando el reto de la interculturalidad

Juan Francisco Santana Domíngu: Mi querida amiga: Esta nueva sociedad, fruto del acercamiento de multitud de culturas, nos aporta episodios tan hermosos como el que nos has narrado y nos demuestra que la muerte no tiene que ser un adios oscurecido y entristecido. En nuestra cultura este paso no se cultiva, no se nos forma y nos encontramos que las despedidas se convierten en ríos de lágrimas y de un sufrimiento, la mayoría de las veces, difícil de soportar. Esta vivencia que has compartido con todas y todos es una esperanza, otra forma de ver la partida que nos reconforta y nos llena de esperanza. Un fortísimo abrazo.

Rosario Valcárcel: Gracias a todos los compañeros de blogs por leerme, por particpar y por compartir conmigo estas reflexiones, palabras, testimomios, vivencias, comportamientos, costumbres y algunas veces solo pensamientos en voz alta.  
Un abrazo apretado.

Susi Alvarado: Muy hermoso, Rosario; lo has transmitido con mucha sensibilidad.  
A pesar del dolor que supone, es importante que aprendamos a despedirnos de nuestros seres queridos con alegría, con la satisfacción de haber coincidido en el tiempo que nos ha tocado pasar por aquí...  
Disfrutemos ahora de estar vivos y de compartirnos, para disfrutar luego de los recuerdos hermosos. Así nunca nos iremos del todo. 
Un abrazo grande.

Joaquín Nieto Reguera: ¿Y acaso se fue? ¡Qué bella historia y qué bien narrada! Gracias Rosario por tu guía hacia estas páginas. Aquí, en este paso, estaremos tratando de marcar huellas y esperando los buenos recuerdos de los nuestros. Dinora supo como hacerlo. Un abrazo y enhorabuena.

Rosario Valcárcel: Gracias de nuevo, ahora a Susy y a Joaquín.  
¡Qué maravilla si somos capaces de subsistir en el recuerdo!

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