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25 de abril de 2008
Por Juan Francisco Santana Dominguez
Han pasado tan sólo unas horas y todavía está en muchas bocas y mentes las palabras del poeta argentino Juan Gelman, Premio Cervantes. Como en su día escribiera Ruskin, “Decir la verdad es como escribir bien: se aprende a fuerza de ejercicio”, y no pudo ser más claro el premiado, por su ya largo ejercicio y por su claridad y transparencia expositiva, haciendo un emocionado alegato en contra del olvido y alzándose como un fiel defensor de la verdad, en unos momentos que algunos ponen en duda la urgente necesidad de recuperar la Memoria Histórica. Son muchos los que deben esconder la cabeza debajo del agua, al menos, para limpiarlas de impurezas y de viciados intereses. Lo cierto es que el autor argentino ha dado una lección magistral de cómo debe ser no sólo la poesía sino también la historia: investigación, denuncia, transparencia, memoria y verdad, justo a lo que tiende la actual filosofía de las ciencias sociales.
Muchos deben escuchar a Gelman y ponerse a trabajar en remover el pasado y hacerse la pregunta, tan necesaria, ¿Dónde está la verdad? Y seguía su brillante exposición: “la nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces”. Yo me imagino que algunos de los que escucharon al insigne poeta argentino, al menos por vergüenza, bajarían los ojos.
Seguía el poeta diciéndonos verdades que penetraban en lo más hondo de unas fibras anhelantes de justicia, de restitución, de revisión, de memoria, de verdad histórica: “Las heridas aún no están cerradas, laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad”. ¿A quién iban dirigidas esas frases? No son sólo los argentinos y las argentinas los que han pensado en sus familiares asesinados, desaparecidos, en sus penas, en las injusticias, en las atrocidades, en las torturas, en los atropellos que hicieron que muchas lágrimas se derramaran, muchos puños se levantaran, muchos dedos señalaran, muchas mentes se revelaran. Y continuaba el poeta: “Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria”. Es de justicia recordar para cicatrizar esas heridas, es justo declarar nulos todos los juicios y actuaciones que se tuvieron en momentos de la historia en que los jueces actuaron sin tener en cuenta la legalidad vigente, al igual que los asesinos y verdugos, al igual que los alzados contra la democracia…esos sí que deben ser olvidados, pues no se merecen el que se les dedique el preciado tiempo, pero no por ello nos debemos olvidar que pudieran ser juzgados. Los otros, esos a los que defiende Gelman, sí que deben ser recordados siempre como fieles exponentes de la defensa de los ideales que la sociedad eligió de forma libre y democrática.
Don Juan Gelman ha dado una lección al mundo de cómo se deben tratar las situaciones que atentan contra la democracia, contra los seres humanos, contra las instituciones y sus representantes libremente elegidos. La respuesta es sencilla: desenmascarar, denunciar y juzgar a unos y valorar, recordar y restituir a otros, llevando a cabo un sano y necesario ejercicio de recuperación de la verdad, ese bien que da a cada cual lo que se merece.
Agustín Mora: Claro que más de uno tuvo que bajar los ojos, Juan Francisco, ante las palabras de Gelman. Pero no creo que por vergüenza; eso es algo que muchos de nuestros políticos fueron abandonando cuando decidieron medrar a fuerza de mentiras y promesas nunca cumplidas. El nieto del "abuelo republicano" tendría que haber sido el primero, si hubiera tenido vengüenza, en realizar una verdadera Ley para la Recuperación de la Memoria. Aunque sólo hubiese sido pensando en su abuelo. Por no hablar del Rey, otro interesado en que el olvido borre su procedencia y el origen de su designación como Rey. Argentina invalidó la las leyes de Punto Final, pero es que aquí aún estamos en el punto y seguido o, lo que es peor, en el deleznable "B...orrón y cuenta nueva". Mientras tanto, nuestros desaparecidos siguen esperando en algún lado. Mágnífico Juan Gelman, miserables los que bajaban los ojos.
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