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24 de abril de 2008

Anelio, poeta de la vigilia

Por Luis León Barreto

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         Anelio Rodríguez Concepción es uno de los valores más sólidos de la actual literatura escrita en Canarias. Doctor en Filología Hispánica y profesor de lengua y literatura en secundaria, es poeta, autor de libros de relatos cortos, ensayista y pintor. Entre 1995 y 2005 dirigió la revista La Fábrica (Miscelánea de arte y literatura). En los últimos años ha compaginado esporádicamente la escritura con la pintura, no en vano es sobrino de Francisco Concepción, el retratista de La Caldera de Taburiente. Entre otros reconocimientos, ha ganado el premio Ciudad de Santa Cruz de Tenerife con un libro de cuentos y el Tiflos, convocado por la ONCE, con su libro El perro y los demás. Recientemente ha publicado Vigilias, en la colección Atlántica de Ediciones Idea. La iniciación de Anelio en el mundo de la literatura fue muy significativa: de chico ejercía de lector en una fábrica de puros. Ya se sabe que La Palma es casi Cuba, por la intensa emigración del pasado, por la agricultura, por la gastronomía, por el lenguaje y la querencia poética incluso. Los textos de Anelio son incursiones en lo fantástico, un derroche de imaginación, el reino de lo sutil, lo inteligente y lo emotivo. Y la poesía de Anelio, en su último libro, es una crónica de la ausencia, de lo que se fue.

         La sombra de la memoria, el regusto de la infancia. La poesía parece sencilla, directa, pero encierra muchos mensajes. La fugacidad de la vida, el pragmatismo urbano: ¿Pero quién se llevó y adónde / el terrible redoble de los gallos / y el cruce de sus ecos en cascada / contra la madrugada imperceptible? La vigilia esencial, ese conjuro casi religioso, es por el gran ausente, el protagonista del epílogo: Mi padre solía soñar que volaba / sobre las casas y los bosques, / y yo ahora suelo soñar que vuela / y vuela a cada instante, / con su batín de cuadros… Poesía como torrente necesario, respiración del alma, alimento emocional. El libro, pese a su humilde aspecto, contiene mucho material. El insomne contempla su alrededor, se ve a sí mismo, radiografía sus desolaciones, los sueños y las pesadillas. Un hombre, / según refieren viejas crónicas, / sueña que toma impulso / y se arroja a los vientos / llevado por las alas del pájaro de barro / que cada cual arrastra como puede. Como era de prever, los cuadros de Anelio son muy literarios en sus azules, en sus cumbres, en sus perfiles de la naturaleza insular. Ese mar hondo que nos sepulta y nos saca a flote de vez en cuando nos remite a su verso: Y la gaveta de la mesilla está llena de mar, / de aquel mar, / aquella negra playa de la infancia…

         Como muestra de su intensidad, reproducimos dos de los poemas del libro.

 

         LLUVIA

        La lluvia

         parda de mis abuelos,

         ese gozo del agua

         cayendo hasta la boca del patio,

         infinita, sesgada, en noviembre

         contra el techo y la luz de los faroles,

         mana rocío

         en la helecho del patio,

         gota a gota,

         nana,

         hoy

         no existe,

         ya jamás

         sino aquí

         adentro.

 

         SUEÑO

        Mi padre solía soñar que volaba

         sobre las casas y los bosques,

         y yo ahora suelo soñar que vuela

         y vuela a cada instante,

         con su batín de cuadros,

         ah,

         su bonhomía,

         su diabetes,

         papá,

         ven,

         lo llamo,

         sueña que lo sueño

         y sonríe

         sobre la almohada doblada,

         sobre las casas,

         mi padre,

         ven,

         sobre los bosqsues,

         a la luz de una bombilla lee, página

         tras página, hora

         tras hora, lee

         El rayo verde, lee

         El coronel no tiene quien le escriba,

         las Memorias de Chaplin,

         qué se yo,

         y le paso la hoja,

         y huelo su almohada,

         qué prodigio,

         nada huele tan bien como su almohada,

         nada en el mundo.

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