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10 de abril de 2008
Por Alexis Ravelo
Lo siento: has caído. No voy a hablar sobre juguetes sexuales. Eso será en una próxima entrada. Pero voy a referirme a unos objetos igualmente consoladores y desasosegantes. Comúnmente, son denominados "libros". Lo hago ahora porque es abril, pero no finales de abril, así que, aunque ya se puede reflexionar sobre ellos sin que te llamen cursi, los medios no están aún inundados por artículos sobre el mismo tema. Otro de los motivos es que me apetece.
Primero, un poco de terminología.
Un libro es una cosa generalmente rectangular, generalmente hecha de papel en el que se imprimen palabras, generalmente transportable en bolsos, mochilas, bolsillos y sobacos. Debo remitirme a la generalidad: las cosas van cambiando y, así como puedes tener en tu ordenador, en tu reproductor de audio o en cualquier otro dispositivo electrónico uno (o varios miles de) libros, los libros también pueden ser cuadrados o incluso circulares (los he visto, te lo juro; incluso una vez poseí uno). En cuanto a colores, tantos como gustos; peor es meneallo.
En todo caso, supongo que poseemos una idea intuitiva de lo que es un libro. Los conocemos, asimismo, de cerca. Y hay algunos que nos gustan. Y otros que no. A los que nos gustan, los llamamos libros buenos. A los que no, libros malos. Y hay cientos, miles, millones de libros. Y sólo unos pocos de ellos son buenos. Y los demás, malos. Entonces, ¿por qué no nos libramos de los malos, que ocupan tanto espacio y acumulan tanto polvo? Pues, sencillamente, porque no siempre coincidimos tú y yo en la consideración acerca de la calidad o no de un libro (a los académicos será mejor no preguntarles, que luego nos lo dejan todo perdido). Incluso puede darse el caso de que el libro que hoy no me aporta nada (espiritual, pragmática o intelectualmente), mañana pueda resultarme infaltable. O viceversa. Por eso, porque uno no puede imponer su criterio a los demás (y ni siquiera puede ser firme en ese criterio e imponérselo a sí mismo) estableceremos la siguiente convención: No hay libro malo.
Y esto vale para la literatura “de consumo”, tan denostada por los intelectuales, los poetas diletantes e incluso por mí mismo en alguna ocasión. ¿Acaso para su época no fueron escritores de consumo la mayoría de los que hoy veneramos, individual o colectivamente, por su maestría? Piensa en Dickens, en Hugo, en Faulkner, en el mismo Pérez Galdós a quien, con justicia, fue dedicado hace poco el Día de las Letras Canarias. Nunca se sabe el saldo que la posteridad arrojará sobre una obra.
Todo libro es una botella lanzada al mar del tiempo, con un mensaje (o varios), esperando llegar a las orillas de tu biblioteca, al azar de compras dictadas por la curiosidad o reclamos publicitarios; regalos de amigos, familiares o parejas; consejos de conocidos que los leyeron y te los recomendaron y/o te los prestaron (por cierto, aprovecho la oportunidad para pedirte a la persona que tiene mi ejemplar de La historia interminable que lo devuelva de una vez; en quince años ya le habrá dado tiempo de leerlo. Prometo no tomar represalias) o, sencillamente, porque entraste en una librería y el título te saltó a la cara y te enamoró (hay algo de revolución hormonal, de primer amor, de flechazo en el encuentro con el libro imprescindible). Pero los mensajes, las segundas lecturas, la fecundidad en el tiempo, el germen de las revoluciones, el pesimismo, la esperanza, la lucidez llegan más tarde. Lo primero que uno encuentra en el libro es placer.
Ahí es donde está precisamente el peligro sobre el que quería advertirte. Es esa cosa que se llama fruición y que consiste en un cosquilleo en la nuca o el estómago, una impaciencia por saber qué ocurre en la página siguiente, o una parada en seco para releer las líneas por las que acabas de pasar los ojos, porque son un pasaje radicalmente bello, o evocador, o inquietante. Seguro que te ha ocurrido alguna vez: has llegado al final de una novela y te da pena que se haya terminado. O has concluido la lectura de un ensayo con la sensación de que ahora es cuando realmente comienza la reflexión sobre el asunto del mismo. O, al agotar los poemas que hay entre las tapas de un volumen, sientes la irreprimible necesidad de volver a algunos versos que serán ya, para siempre, memorables. Por esa fruición, pienso, es por lo que visitamos más y más librerías y nos hacemos amantes de los libros. He dicho "amantes" y no amigos. Es muy difícil ser amigo de alguien con quien se hace el amor (tengo una amiga que dice que un buen libro es el único amante que te exige promiscuidad).¿Aún no la has sentido? No importa. Quizá te ocurre lo mismo con el amor. Ya llegará tu libro. O llegarán tus libros. Mientras tanto, lo habitual es frecuentar los sitios donde hay libros. Se llaman librerías, bibliotecas y ferias del libro. Ahí, entre tantos y tantos libros está tu libro. Esperando, como un cepo para fieras, a que des con él; para atraparte y dejar en ti, como mínimo, una huella indeleble.
Así que mucho cuidado, ya sabes: esos objetos de los que he hablado todo el rato, son peligrosos. No sólo porque hacen pensar. Eso ya lo sabíamos. Sino por otra cosa que nos acerca aún más al abismo: porque producen placer y eso puede resultar adictivo. Esperemos que las autoridades no se enteren: ya sabes que en este país tienen la dichosa costumbre de prohibir todo eso que da gustito.
Pablo Martin Carbajal: querido alexis, bienvenido al blog, conociendo tu habitual capacidad productiva, nos acostumbraremos a verte con asiduidad en primera línea de archipiélago, es una buena noticia
Rosario Valcárcel: Qué estupendo que te hayas unido al grupo de amigos.
Y enhorabuena por tus nuevos trabajos, por entrar en el mundo de los niños, aunque yo creo que tú nunca habías salido del todo.
Un abrazo apretado.
Alexis: Gracias a ambos por la bienvenida. Prometo ser más breve en las próximas entradas. Un abrazote.
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