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04 de abril de 2008
Por Ana Criado
El nombre es un signo aleatorio que arrastramos durante toda la vida, y a él respondemos, se trate de pasar lista en clase, de una convocatoria oficial o de un susurro en la noche. Nombrar algo o a alguien, llamar a una persona o una cosa por su nombre, es poseerla, penetrarse de su esencia, consentir una oferta de intimidad. No pronunciar el nombre de una persona, en cambio, es negarle la existencia: sólo existe lo que nombramos (ver páginas de sucesos, donde tanto infractores como infringidos se condensan en iniciales; ver también afluencia de pateras, de cuya triste carga ni siquiera constan las siglas). Lo innombrado es incorpóreo. Al carecer de embalaje simbólico, recipiente elástico pero estable para las emociones, los objetos o los hechos, aquello que no tiene nombre carece también de valor y de materia: no nos conmueve. El concepto sin un nombre que le dé forma es un espectro vagando sin cuerpo, le falta el soplo de la vida. Para qué engañarse: preguntarse qué es primero, la palabra o el pensamiento, es como lo de la gallina o el huevo. Pero, a pesar de lo provisional de cualquier respuesta, habrá que dar por válido que para pensar necesitamos la herramienta de las palabras, y que los pensamientos inexpresados se nos aparecen borrosos, como desenfocados: no existen todavía, o no del todo.
No se trata aquí de tumbar a nadie con una conferencia sobre semiótica. En realidad lo que importa es la extrañeza, cuando no el temblor, que provoca la aparición de nociones recientes: la violencia doméstica y la violencia de género, inquietantes por su gravedad, y que parecen tener carta de naturaleza desde que las hemos designado. Es como si el hecho hubiera empezado a desmadrarse desde que lo bautizaron los periodistas o los técnicos, como si la mera invocación de una tormenta pudiera desencadenar la descarga del rayo. Lo cierto es que hace unos años no existía ese enunciado, contradictorio en sus propios términos, de brutalidad casera, y nadie sabe si morían tantas mujeres asesinadas por sus convivientes. Se sabe eso sí, que había, siempre ha habido, bestias bípedas sin nombre cuya afirmación machista de la personalidad consistía en que a sus mujeres “les pegaban lo normal”. Sin embargo ahora que tenemos la etiqueta, el contenido se ha desbordado y nos inunda de furia. En “violencia de género” no sólo retumba el sonido de las voces: late el miedo, huele a sangre, y el odio acecha. Las palabras acaban siempre desgastándose. No debemos permitir que un concepto suplante higiénicamente la realidad que en él yace y lo sustenta. Ni que un término jurídico se sustituya a la evidencia de la muerte. Sigan llamándolo “violencia doméstica”. O “de género”. Llámenlo “asesinato” o “terrorismo conyugal”. Pero cambien las leyes para que no sigan muriendo los más frágiles.
Míchel: Ana, ANA, echaba de menos tus colimas. Gracias por estar ahí, con tu nombre y en tu nombre frente a esa violencia descarnada, desproporcionada e injustificable.
Luis León Barreto: Hacía tanto tiempo que no nos obsequiabas con tus punzantes columnas que es hora de darte la bienvenida otra vez
Rosario Valcárcel: Yo estoy convencida y ya lo he escrito alguna vez que no es un problema de nombres, ni de leyes, sino de educación. Es un problema que no podrá ser resuelto por las mujeres -o por los hombres- solos.
Recibe mi abrazo apretado.
Juan Francisco Santana Domíngu: Todo comentario que se haga al respecto es levantar muros de amor y de acogida que impidan que aquellos que se erigen en verdugos tropiecen en los mismos y se sientan rechazados por la solidaridad.
Lucy: Desde que los hombres se adueñaron de todo lo considerado productivo ha existido la violencia hacia las mujeres pero históricamente esa violencia ha sido más institucional. Cuándo las mujeres son lapidadas, aún hoy en día en más de una docena de países, son condenas por los jueces (siempre hombres), las leyes y el Estado (violencia institucional); las brujas quemadas por la inquisición europea eran mujeres excesivamente libres para la época, con criterios y valores propios inadmisibles para la Iglesia, que la mayoría de la veces se confundía o fusionaba con el poder político, más violencia institucional; los crímenes de honor contra las mujeres en países como la India, son admitidos y sancionados por el poder público porque la familia es la base incuestionable de todo sistema opresor, más violencia institucional. La diferencia con la violencia de género que hoy estamos sufriendo es la individualización de la misma, porque también son más individuales las batallas de las mujeres (juntas luchamos por el derecho al divorcio pero yo me divorcio sola), pero responde a los mismos parámetros de siempre; a mayores cuotas de libertad más alto es el precio que hay que pagar. Si me separo porque ser soy un ser humano autónomo, si me gano mi sustento y no dependo de nadie para sobrevivir, si decido por mi misma cómo, cuándo y con quien deseo compartir mis momentos, si miro al mundo con mis propios ojos, si aspiro, aunque sólo sea un instante de disponer del mismo poder que ellos, corro el riesgo de morir, porque tengo un dueño que no puede admitir esa pérdida de poder. Por eso las leyes son necesarias porque obligan a las instituciones y a los individuos pero son, a todas luces, insuficientes. Es necesario cambiar la imagen interiorizada de la división de roles de los sexos. Ningún decreto ha podido jamás cambiar las ideas: Desde luego el primer paso es la educación.
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