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02 de abril de 2008
Por Armando Quintana
Sigue en pie las polémicas sobre el tema migratorio. Ahora la cuestión es si pueden ser visitados o no por los periodistas u otras instituciones sociales los centros de internamiento de inmigrantes en el Estado Español. Unos aducen que va contra el derecho a la intimidad de dichas personas pues no son objetos de escaparate. Otros afirman que al ser una actividad pública debe estar bajo el control social. Los dos razonamientos pueden ser válidos. Pero ¿no sería mejor preguntarle a los propios inmigrantes? Si hay un derecho a la intimidad, serán ellos los que deban decidirlo. Si hay un derecho a la consideración social, a ellos también les corresponderá la decisión. Ya va siendo hora de que para temas relacionados con la propia naturaleza del fenómeno migratorio sean sus protagonistas los que hablen, los que expliquen y los que se defiendan. Si es que hay que defenderse por el hecho de trasladarse de un lugar a otro que es consecuencia normal de la naturaleza humana.
Porque seguimos en lo mismo. Mientras unos hablan de que han mejorado las condiciones de acogida y de repatriación de los inmigrantes hacia sus propios lugares de origen y como sitios seguros, hay otros que hablan de que el tamaño de los muros que distancia y separa a unos de otros no hace más que crecer, no solo en construcciones sino, sobre todo, en legislaciones. Y tampoco aquí se escucha a los inmigrantes, y se les deja hablar. Porque tanto sus derechos, como los nuestros, son inviolables. O igual es que nos hemos olvidado que son personas, y que personas, personas somos solo nosotros, los que vivimos a este lado del planeta. ¿No habíamos quedado que estamos en la era de la globalización?
Olegario Marrero: El impedir la entrada de periodistas en los CIES en base a proteger su intimidad, es como impedirles la entrada en los hospitales para proteger la de los enfermos. El derecho a la intimidad es ejercitable solo individualmente. Es la persona la que ha de manifestar si permite que acceda o no a él el periodista. Pero aquí el problema son las personas y las condiciones en que se encuentran. Y ello es responsabilidad pública. Y todos tenemos derecho a saber cuales son esa condiciones. Al final accederán los peridistas. La razón acabará imponiéndose
Juan Francisco Santana Domíngu: Decirte que para mí es un privilegio poder atender a una serie de jóvenes inmigrantes que se trasladan a nuestro centro educativo cada día. Es gratificante verles mejorar, verles sentirse queridos, verles jugar y crecer, verles integrados sin ningún tipo de barreras, sólo las idiomáticas, en cierta medida, pero suplidas por ese agradecimiento noble de quien se siente tratado como cualquiera de los demás chicos y chicas del centro. De igual manera, como tú bien dices, al ser seres humanos que sólo buscan mejorar sus condiciones de vida, simplemente hay que hacer que sean tratados con transparencia y con el respeto que merece cualquier persona. Hay que dejarles que se expresen, que la gente sepa cómo son tratados en los CIES, que su paso sea un encuentro con unas condiciones de vida mejores que aquellas de las que huyeron. Los europeos tienen muchas deudas con África y encontrar soluciones dignas es un deber moral.
Maria Consuelo: Parece absurda esa polémica de que hablas cuando nos sentimos acosados constantemente por preguntas y encuentas de los más variado que se nos hace en la calle y en los domicilios, en las mismas puertas de nuestras casas, y por teléfono. Se nos pide opinión sobre los precios, sobre lo sueldos, sobre los medios de comunicacion, sobre nuestra conformidad o no con tal ó cual ley, sobre enseñanza, vivienda, justicia ... sobre todo.
¿Y se pone en tela de juicio, el conversar y preguntar a esas personas que tanto pueden decir y denunciar ...?
Será por que se teme que digan aquello que no quieren que se sepa...?
¿La intimidad...? si no quieren contestar, no lo haran. Deben saber que son libres para hablar o callar...
A mi, personalmente me parece bien que se les visite y que se hable con ellos; quizá sea una manera de abrirles los ojos a su derechos, y esté sea, a lo mejor, el temor de las autoridades
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