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17 de mayo de 2006
Por Ana Criado
Nos creíamos que el amor nos crecía como una enredadera en algún lugar de la caja del pecho con nombre de víscera, y que la palabra y la poesía pertenecían a las substancias volátiles, plasma de musas. Pero, hace tiempo, los biólogos moleculares se pusieron de acuerdo para reducir el amor a una emulsión de elevado contenido químico, sopa de hormonas o feromonas, con sede en el hipotálamo o en las glándulas suprarrenales. Luego, con el hallazgo del “gen del lenguaje”, los científicos descubrieron que los procesos mentales necesarios a la comunicación residen en la espiral del ADN, y no en el alma. Y muy pronto, gracias a las artes reproductivas artificiales, ni siquiera será necesario fornicar para seguir superpoblando la Tierra, pues nos clonaremos sin el sudor de nuestra frente o el dolor de nuestro vientre, limpiamente y en ausencia de residuos orgánicos. La vida muda de signo.
Incluso las pestes y las plagas están en plena mutación. Ya sabíamos que en las ciudades medianas con puerto de mar tocamos a seis ratas por habitante, y cucarachas ni se sabe (y eso tirando por lo bajo, porque yo mis seis ratas las regalo, o sea que tocan ustedes a más). Pero aún no nos han dicho a cuántos virus (informáticos, aviarios…) alcanzamos por cabeza aunque, con la profusión de patógenos, es de prever que toquemos a muchos más que ratas, o que ácaros. ¡Con lo civilizadas que estaban ya nuestras plagas hogareñas, esos ratoncillos de alcantarilla de toda la vida, esas cuquitas normalizadas que tan despreocupadamente acampan en el corazón ardiente de nuestros frigoríficos! En cambio los gusanos modernos son levantiscos e irreductibles, y ni una sola vacuna ni un solo retroviral nos garantiza la inmunidad frente al contagio suministrado en la globalización nuestra de cada día.
Pero no nos dejemos llevar por la hipocondría. Lo más eficaz en estos casos de acomodación a los cambios suele ser aplicar estrategias de aclimatación, utilizando las mismas armas oportunistas que los propios virus. O acostándose con el enemigo, en plan muchísimo más carnal, como esos espías románticos de las novelas de Graham Greene. Por ejemplo, ¿qué tal si probásemos a convertir las plagas en mascotas? De hecho, en el sector de los animales de compañía están irrumpiendo nuevas especies, de esas que dan mucha grima y dentera: anfibios, reptiles, alimañas, maltratadores domésticos... Seguro que el mercado acogería con entusiasmo la oferta de virus electrónicos u otros. Los niños sobre todo, tan adaptativos, tan tamagochis ellos, disfrutarían horrores con esas mascotitas autosuficientes, retroalimentadas, a las que no habría que sacar al callejón ni llevar al veterinario ni abandonar en la carretera con la llegada del verano.
Aunque el mejor animal de compañía sigue siendo indiscutiblemente el cerdo. Ya lo decía el chiste: “¿En qué se parece el amor a la comida china? En que empiezas con un rollo de primavera y terminas con un cerdo agridulce en la cama.”Contradicciones de un Gobierno “socialista” y “progresista”
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