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27 de marzo de 2008

¿Cuántas divisiones tiene el "Papa"?

Por Sergio Hernández Hibrahím

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Esta es la frase que Yosif Stalin le soltó a Churchill en 1945 durante la Conferencia de Yalta, al sugerirle este último la eventual participación del pontífice en las conversaciones de paz.

 

El interrogante era históricamente oportuno, al margen de la socarronería y demás virtudes [y graves defectos] de Stalin, entre las que hay que computar el haber sido el símbolo popular de la Unión Soviética, en su resistencia y posterior victoria frente a la Alemania nazi. La Iglesia [católica, apostólica, romana], cuyas complicidades con el nazismo y la reacción más rancia están más que contrastadas, no se cómo ha logrado un cierto nivel de silencio social y político sobre su historia.

 

Me explico: dejando aparte su tradicional alianza con “El Trono” durante las Edades Media y Moderna, es preciso una ceguera total para negar lo evidente: su frontal combate contra el progresismo, el constitucionalismo, el socialismo o el movimiento comunista, en el transcurso de su larga historia, particularmente en los siglos XIX, XX y, a la vista está, el XXI.

 

Pasemos un tupido velo sobre su permanente acomodación (y por qué no decirlo, su complicidad) con los sistemas de gobierno en la Antigüedad, el feudalismo, o el más reciente capitalismo, hoy en “marcha triunfante” a través del neoliberalismo, este paradigma que  acabará derrumbándose, como todos, más temprano que tarde.

 

El “constructor” de esta pesadísima mole fue Saulo (Pablo, para los amigos). Este fue el sagaz ingeniero que puso en marcha la máquina. Ya muy tempranamente dejó claro que “Dios” no se entromete para nada en el tema del sistema esclavista porque, ya se sabe, “todos somos iguales ante “Él” y, como en esta tierra de nuestros pesares sólo podemos esperar el sufrimiento y la muerte, ahí está el “Sumo Hacedor” que garantiza una “Eterna Felicidad” en el otro mundo, afirmación ésta que abre unos interrogantes algo angustiosos: la pesarosa idea de un “aburrimiento eterno”, y la obligada renuncia a cambiar y mejorar el mundo, además de que los que reinan (decía) son instrumentos de ese “Dios” magnánimo; se les debía obediencia, según él. Por cierto, hay un código de derecho canónico, creo que de 1917, que decreta la excomunión para los que no obedezcan a los “gobiernos legítimos”. Supongo que Pio XII consideraba como tal a la dictadura franquista.

 

En su ya larga existencia, este “invento” siempre se ha situado al lado del conservadurismo, incluso al mas ultramontano, y, aunque en algunas fases [cortas] se ha dejado llevar por los vientos del momento (la era de Acuario y demás zarandajas), siempre acaba refugiándose en su seguro refugio ideológico, a veces peligrosamente cercano a los autoritarismos, fascismos (y su variante más trágica y asesina, el nazismo).

 

Cuando los energúmenos nazis se tragaron Austria (Anschluss, 1938), la jerarquía católica recibió a Hitler con el saludo romano, tan felices ellos con el “cambio”, al igual que los obispos españoles en los años cuarenta, todos en fila con el brazo derecho en alto. El ínclito Papa Pío XI dispensó su “agua bendita” [literalmente], sobre las hordas fascistas que partían a matar etíopes en 1935, arrasando y disolviendo un Estado soberano con presencia en la Sociedad de Naciones. Mismo comportamiento respecto a las invasiones y matanzas en Libia o Albania. En Etiopía usaron con profusión el gas mostaza contra la población civil, liquidando a más de 30.000 indígenas (ya los españoles les habían brindado su ejemplo en las guerras de Marruecos). Pero bueno, es de suponer que “Dios” estaba con la soldadesca italiana y no era posible discriminar entre los buenos y malos etíopes (ya se ocuparía el “Sumo Hacedor” de acoger a los buenos y mandar al infierno a los malos). Supongo que los fusiles, cañones y ametralladoras italianas recibieron sus correspondientes dosis de agua bendita.

 

¿Y qué decir de Pio XII? Antes de acceder a la púrpura pontificia, firmó sendos concordatos entre la “Santa Sede” y la autoritaria Austria (1933), la Alemania nazi (1933), y el no menos repulsivo régimen monárquico yugoslavo. Y, para terminar de bordar en ese tiempo sus lindezas fascistoides, apoyó sin ninguna reserva a los militares sublevados contra la República española, llegando a presionar al gobierno de Hitler para que imitara al payaso Mussolini en su tarea de aplastar a los republicanos.

 

No se puede negar la coherencia de esta tropa (los curas, como decíamos en el argot de mi niñez y adolescencia), que siempre tuvieron claro dónde estaban sus intereses económicos e ideológicos. Ya en diciembre de 1878, el Papa Leon XIII promulgó su encíclica Quod Apostolici muneris, condenando el socialismo. Y esta gente, que decían (y dicen) defender la “libertad”, no tuvieron ningún  empacho en firmar sus concordatos con las hordas negras que se dedicaron a asolar Europa y el norte de África, sembrando matanzas y exterminios sin cuento.

 

En los años cincuenta del pasado siglo destacó en Polonia el cardenal  Wyszynski, cuyas posiciones duramente anticomunistas contrastan con la “idílica” relación de la jerarquía católica europea con los bandidos nazis y fascistas. Tal es así, que está documentado el apoyo que presto el Vaticano al genocida criminal nazi Adolf Eichman, en su huída y posterior asentamiento en Argentina. Esta ayuda es una pequeña muestra de algo más grande: el apoyo que la organización eclesiástica brindó a los nazis huidos, después de su más que fría actitud respecto a las matanzas hitlerianas. El famoso director Costa Gavra documenta bien el tema en su película “Amen” (2002).

 

Lo dicho no me exime del obligado homenaje a tantos creyentes europeos que se integraron en las diversas resistencias nacionales, particularmente en Polonia, donde cientos de curas fueron exterminados por los nazis. También tiene uno que recordar a los cristianos de base nicaragüenses, comprometidos con la Revolución Sandinista y reprobados enérgicamente por el Jefe, o a los [díscolos] curas vascos que se situaron sin ambigüedades al lado del nacionalismo republicano (unos cuantos fueron fusilados por los fascistas, para que usted vea).

 

Pero esto es lo curioso del Vaticano, esa pesada estructura que enciende sus velas en todas partes, aceptando a regañadientes a sus ovejas descarriadas que, al fin y al cabo, no pueden resistirse a mantenerse en su disciplina, aceptando de facto el magisterio de los jerarcas togados de púrpura. Este insólito fenómeno fue expresado magistralmente por el director italiano Damiano Damiani en su película “La sonrisa del gran tentador” (1964).

 

Resta una serena reflexión acerca de una religión que dice predicar el amor al prójimo, poner la otra mejilla y demás parafernalia, y que durante dos mil años aproximadamente nunca se propuso evitar los ríos de sangre que han asolado el mundo. Al contrario, a su modo ha colaborado en esa orgía macabra. Impulsaron el exterminio de los hugonotes en Francia, Siglo XVI Matanza de San Bartolomé, que llevó a Gregorio XIII a celebrar un “Te Deum”, que por lo visto es algo así como darle las gracias al “Sumo Hacedor”, quemaron a Giordano Bruno por sus ideas relativas a la diversidad de los sistemas planetarios y el carácter infinito del universo, encarcelaron a Galileo, atacaron duramente a Darwin, llevaron a miles a la hoguera, en una caza de brujas en la que no le andaron a la zaga sus compinches protestantes.

 

 ¿Qué mantiene todavía en pie a esta estructura autoritaria? En esta cuestión no valen las estadísticas, que hablan de millones de católicos. A mi me bautizaron sin que nadie me preguntara y ya ven lo impío que soy. Pero fuera de bromas, aparte de la buena fe de miles de creyentes [algunos (tal vez pocos, no lo sé) lo suficientemente inteligentes para distinguir entre el solio papal y sus íntimas convicciones religiosas], parece que el Vaticano es una auténtica corporación multinacional que invierte en muchísimos sectores. En la década de los setenta del pasado siglo se hizo pública sus inversiones, incluso en empresas fabricantes de anticonceptivos (sic).

 

Durante algún tiempo estuvo coleando el escándalo del Banco Ambrosiano, con el “suicidio” del banquero Roberto Calvi, miembro de la logia masónica P-2. Cotéjese este hecho con el contenido de la encíclica Humanum Genus, escrita por León XIII en 1884, en la que condena a la masonería. Para que usted vea, esta es la práctica del precepto jesuítico, tan profusamente utilizado por la jerarquía: “Que tu mano derecha no vea lo que hace la izquierda”.

 

Así que la pregunta de Stalín tiene su lógica: un país brutalmente agredido, sometido a un sistemático exterminio, y le traen a colación al “Papa”. Imagino el estupor. ¿Qué aportó el Vaticano a la lucha contra el fascismo? Nada.

 

 

 

 

 

Comentarios enviados

Incitatus: Hombre, quitando que eso de creer en el comunismo es literalmente lo mismo que en el cristianismo (buenos comunistas habrá, tantos como católicos, pero guárdame una echadura), el resto lo comparto a pies juntillas. Stalin no tuvo (graves) fallos, no. Stalin es el mayor ... de todos los tiempos. No tengo ni un solo motivo para ser católico-comunista (táchese lo que no proceda) porque son iguales. (... Añádase lo que proceda). 
Saludos. Y escribe máaaaaaas. :-)

shibrahim: Personalmente no "creo" en el comunismo. Soy de tendencia marxista, que es otra cosa muy distinta. El stalinismo fue una especie de "jesuitismo" desastroso para las ideas comunistas, en los años treinta y cuarenta, aparte su dictadura policíaca y demás miserias. El avance a una sociedad sin clases es algo muy complejo, que requiere un nivel de educación y conciencia política bastante elevado, pero ésto depende de que exista una democracia real y un conjunto de libertades que impulse la gestión colectiva. Tampoco "creo" en el ateismo militante, que es una especie de religión "vuelta del revés". Tampoco "creo" en el partido comunista "omnimodo", intérprete lúcido de los intereses del "proletariado". Tengo muy buena opinión de Bakunin, en sus análisis de como el ejercicio del poder transforma a las personas, convirtiéndolas de conscientes en auténticos tiranos. 
En resumen, "creer", lo que se dice "creer", en muy pocas cosas. Dudar sí, dudar siempre, no dar nada por sentado, intentar en todo momento ver el otro rostro de las cosas. Pero estar comprometido apasionadamente con la libertad personal y social. Como dice el tópico: seamos realistas, pidamos lo imposible. En cuanto a los creyentes sencillos que no viven del "invento", mi obligado respeto, que no tolerancia, palabra ésta que me fastidia mucho.

shibrahim: Discúlpeme, olvidé agradecerle su comentario. Reciba atentos saludos,

Luis León Barreto: Atinado comentario, bien documentado, sobre los silencios de la Iglesia católica y otras aberraciones contemporáneas.

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