Inicio > Blogs > Verdadera-mente > Triana, patrimonio oral de la ciudad

21 de marzo de 2008
Por Juan José Mendoza Torres
Sé que es imposible detener la evolución de la ciudad, pero aun así no me resigno a aceptar como irremediable la desaparición de algunos testimonios relevantes de la historia de Las Palmas de Gran Canaria. Triana ha cambiado, ¿quién lo duda?, porque no ha podido sustraerse al embate de los nuevos cánones estéticos y económicos de que son objeto las ciudades modernas. La irrupción de otras formas de negocio distintas a las de aquellas familias vinculadas al comercio, la sustitución de nuevos estilos de ocio y consumo, y la desaparición de algunos edificios que en su día se alinearon junto a los hermosos ejemplos del modernismo arquitectónico han configurado un nuevo tipo de arteria urbana. Pero no me interesa hablar tanto del espacio cuanto de la población que circula por él. Triana, por fortuna, sigue constituyendo un lugar de encuentro, además de una vía de paseo estimulante de la curiosidad para los ojos ávidos de abundancia. El carácter popular de la calle permite que aumenten las posibilidades de hallarse las familias y los conocidos, y constituye así una excelente metáfora de la amplitud de la convivencia, cualidad tan inherente al ejercicio de la libertad: la calle es ancha y cabemos todos. Sin embargo, puede que con el paso del tiempo se haya ido extendiendo la sombra del anonimato. Porque ése es también otro signo de la modernidad: las ciudades civilizadas caminan hacia la pérdida de los lazos afectivos, hacia la expansión de la desconfianza y las soledades. Y Triana tendrá que verse afectada por tan lamentable enfermedad del espíritu.
Pero quien pasee con frecuencia por la calle y repare en sus inquilinos habituales habrá percibido la existencia de personas (casi todas de edad avanzada) que habitan sus bancos y promueven jugosas tertulias o conversaciones trufadas de política, actualidad deportiva, vida social o sentencias inapelables sobre lo divino y lo humano. Y en medio de la perorata surge de cuando en cuando lo que me parece un tesoro y el verdadero motivo de esta reflexión: el recuerdo. A veces he puesto el oído y me ha parecido escuchar el latido de la memoria viva de la ciudad. Los contertulios comienzan a hilvanar episodios, o a mencionar nombres ilustres o populares, o a reconstruir lo que fue la antigua configuración de los solares de la capital. Y sin quererlo se convierten en hechiceros destinados a macerar la historia oral y darle vida y movimiento a lo que hoy sólo es posible evocar con el testimonio gráfico o escrito.
Nada me resultaría más grato que tener el atrevimiento de sentarme junto a ellos o ellas y preguntarles por lo que fue la ciudad hace cincuenta o sesenta años, y sumergirme en la delectación de recuperar la memoria junto a sus descripciones y a su anecdotario. Y he fantaseado con la posibilidad de que existiera otra disposición de los bancos (circular, por ejemplo) y una invitación institucionalizada a participar o a escuchar, mientras no se pierda ese carácter natural con que surge a diario la historia en la calle de Triana. ¡La tertulia en la calle!, sería emotivo, innovador y eficaz para quienes creemos en el tesoro que guardan estos trianeros de pro. Y urge promoverlo antes de que desaparezcan, claro está, si hubiera un interés coincidente con el de un servidor.
Rosario Valcárcel: Por supuesto que Triana ha estado y está en proceso de expansión porque está viva. Aún está viva.
Y como tú bien dices gracias a esas sencillas tertulias que los mayores generan. A mí también me gusta escucharlos, creo que todos los que tenemos un poco de sensibilidad nos encantaría oír esa canción de silencio, perseguirla.
Juan Francisco Santana Domíngu: Recuerdo que nos sentábamos en la acera, toda la familia, y los de más edad contaban historias de sus mayores y así teníamos la posibilidad de viajar a través del tiempo y de los sueños, conocíamos a antepasados que no habíamos tenido la posibilidad de conocer físicamente; la cultura del entorno y la familiar eran sacadas a escena como forma de comparación con otros tiempos; se intentaba, entre todas y todos aportar para que la exposición fuera más viva e interesante. Se sacaban los problemas del día, nos reíamos, nos emocionábamos y alguna lágrima también afloró, de vez en cuando. Compartir la posibilidad de crecer con las vivencias de los demás y luego, si el tiempo lo permitía, tomábamos o comíamos lo que se pudiera: pipas de calabaza, bollos...o simplemente bebíamos agua del fresquito porrón. Todo aquel ceremonial posibilitaba que los valores afloraran y se interiorizaran. Ese saber escuchar, saber valorar, saber respetar...lo aprendíamos con nuestros mayores en cualquier hogar, pueblo y también en Triana. Costumbres a recuperar tan necesarias
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