Inicio > Blogs > Me queda la palabra > La admirable dignidad del "salvaje"

06 de marzo de 2008
Por Sergio Hernández Hibrahím
Todavía se utilizan las expresiones “eres un animal”, o “salvaje”, para referirnos a una persona brutal, déspota, violenta o cruel, pero también para referir a alguien que carece de educación o respeto.
A estas alturas de la película, sinceramente, uno acaba por admirar a los salvajes y a los animales irracionales, en detrimento del [inmerecido] aprecio por lo que alguna vez se ha llamado “la raza humana civilizada”. No existe una sola especie tan voraz, depredadora y sanguinaria mayor que esta “humanidad civilizada”; no porque mate, no por la crueldad, que, a la vista está, forma parte de la vida, ese concepto que carece de una definición científica objetiva.
Los animales [irracionales] y la humanidad salvaje se desenvuelven en el reino de la necesidad: alimentarse, reproducirse y defenderse frente a ataques externos. Los primeros, sin embargo, reducen su horizonte a preservar y transmitir su herencia genética, de ahí que un tigre o un rinoceronte, por ejemplo, carezcan de ánimo violento frente a sus congéneres, salvo el caso de las luchas en épocas de celo, tan bien documentadas por Darwin. Opera aquí la supervivencia del más fuerte, la selección natural, la lucha por la vida (struggle for life).
Los que denominamos (todavía) salvajes, también están inmersos en el reino de la necesidad, pero con el acento cualitativo del trabajo, la inteligencia y las dramáticas contradicciones entre grupos humanos diferentes. El miedo y la desconfianza de unos grupos respecto a otros se asientan en el peligro potencial que representan para la propia supervivencia. La crueldad del salvaje opera desde el ciego condicionamiento que impone la naturaleza, no es una especie de psicopatía. Matan, torturan, esclavizan y devoran (el canibalismo como efecto de la escasez de proteínas, Marvin Harris dixit) a gente que les son extraña.
Puede existir perversidad eventual en los salvajes, pero es como la de los infantes, se entregan a un instinto de destrucción sepultado en lo más hondo de su ser. Freud especuló sobre la existencia de un instinto de muerte (Tánatos) contrapuesto al principio del placer (Eros), pero no como factores frontalmente antagónicos, sino como pasiones (pulsiones dirigidas a un fin) intrínsecamente entrelazadas, sobre las que asentó su obra Sade.
La perversidad del salvaje se asemeja mucho a la de los niños/as. Un estilo de vida típicamente naif, ingenuo, indisolublemente unido a las necesidades elementales expuestas. No está envilecida [aún] por las “conquistas” científicas y técnicas alcanzadas por la llamada “civilización”.
La “civilización” exterminó a millones de personas en América. De los más de doce millones de indígenas de las tribus Dakotas, en el Norte, sólo quedan pequeños grupos desperdigados. ¿Qué decir del práctico exterminio (empleando también los logros de la “técnica civilizada occidental”) de los mayas, aztecas, incas y tantas otras etnias sudamericanas? ¿Qué decir de la perfecta organización técnica del tráfico internacional de esclavos africanos? ¿Quién se acuerda del gas mostaza empleado por el reino de España en las guerras del Rif, durante los años veinte del pasado siglo, que todavía mantiene sus secuelas en esas tierras y en los desdichados descendientes de sus habitantes? ¿Y las matanzas en masa de zulues en Sudáfrica, perpetradas por la Gran Bretaña a principios del pasado siglo, empleando fusiles modernos contra inermes nativos armados sólo con frágiles escudos y lanzas? ¿Qué de la actividad genocida de los nazis empleando profusamente las balas, las bombas y el gas Ciclón-B, hace sólo unos sesenta años, contra rusos, polacos, judíos y tantos otros, liquidando físicamente a millones de personas?.........
Antes de desencadenarse la Gran Guerra de los años catorce (siglo XX), el inventor Hiram Stevens Maxim ideó su famosa ametralladora, declarando posteriormente: “Inventé esta máquina para emplearla contra los pueblos coloniales, no para ser usada entre los europeos”. Estas expresiones asesinas muestran la catadura moral de esta civilización, cuyos “avances” se yerguen como una amenaza para la existencia misma del planeta.
Confieso que actualmente procuro no utilizar las expresiones “salvaje” o “animal”, para calificar conductas depredadoras o crueles. Con la vejez uno va aprendiendo a duras penas que las historias que nos han ido contando son falsas, que los “malos” no lo son tanto y que los “buenos”….en fin, tendrían mucho que aprender de aquéllos. Por lo mismo que me carga la palabra “tolerancia”. Aprecio mucho a Voltaire, pero es hora de utilizar la expresión “respeto”, para calificar la conducta debida frente a otras gentes de las que disentimos. Pero esta es ya otra cuestión, a la que me acercaré en otro momento.
Un ejemplo proverbial de la inocencia del “salvaje”, fue expresada en el siglo XIX por el jefe índio Suwamish Seattle, cuando redactó la carta que remitió al Presidente de EEUU, de la que extracto un pequeño fragmento:
“El gran jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle porque de sobra conocemos la poca falta que les hacen nuestra amistad. Queremos considerar el ofrecimiento porque también sabemos de sobra que, si no lo hiciéramos, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego. ¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña. Ni el frescor del aire ni el brillo del agua son nuestros ¿Cómo podrían ser comprados? Tenéis que saber que cada trozo de ésta tierra es sagrado para mi pueblo. La hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles, los pardos insectos... Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas. Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella, y la flor perfumada, el cieno, el caballo y el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos pardos, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia……”.
¡Qué lección de dignidad!
jsandomg: Felicidades por este interesane artículo que nos retrata, de manera acertada, la irracionalidad de los mal llamados, en ocasiones, racionales. Todavía el último texto que citas de Suwamish Seattle está muy vigente. Los mandatarios de los mal llamados, países del primer mundo, se erigen en paladines de las libertades y de la defensa de la verdad, oprimiendo y atacando, muchas veces con armas de destrucción masiva, a seres, en la mayoría de los casos, inocentes. Sólo les interesa el poder del dinero y eso es lo que les mueve. Es una desgracia tener este tipo de personajes al frente de países con tanto poder. ¿Cuándo dejaremos de movernos por el interés y cuándo nos moveremos para lograr el bienestar de la humanidad? Muchos pueblos y culturas nos podrían dar hermosos mensajes y lecciones sobre valores, como hizo Seattle, pero la equivocada prepotencia militar y tecnológica parece que lo toma a guasa. Es una pena no escucharles.
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