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10 de enero de 2008
Por Juan Francisco Santana Dominguez
He decidido no ver las horribles escenas, que han dado en televisión, del asesinato de una mujer a manos de su pareja, en Holanda. Me parece una degradación estar presenciando, impávido, este tipo de hechos, que más tienden a socializar lo que se debe erradicar. Lo triste es que este video se puede bajar de Internet y entiendo que eso sólo lo deben hacer los profesionales que se dedican a combatir, o a prevenir, este tipo de demencias. Cada día más, me convenzo en la necesidad de llevar a cabo medidas preventivas, que son las que en realidad suponen verdaderos cambios en la sociedad, a través de programas estatales en los centros educativos, que tiendan a formar en la igualdad, en el fomento de valores como la escucha, el diálogo, el respeto y la tolerancia. Sería una equivocación enfocarlo desde la perspectiva de la erradicación de la violencia porque estamos dando por realizado el hecho que pretendemos que no ocurra y es sólo desde la prevención cuando se puedan lograr verdaderos avances en la erradicación de acciones que no están acordes con una sociedad democrática e igualitaria.
En el mismo sentido recuerdo el apartar la vista cuando se daban unas espeluznantes imágenes de una lapidación. ¡Qué impotencia! ¡Qué desazón! ¿Qué sensación puede experimentar un ser humano que siente que cualquiera pueda señalarla con el dedo y así ser eliminada por creer que es un mal ejemplo para su familia? ¿Qué se puede sentir cuando tu marido te agrede física y psíquicamente ante tus hijos y no puedes hacer nada? ¿A quién puedes llorar cuando se te cierran todas las puertas? ¿Dónde huir cuando no tienes a nada ni a nadie quien te ampare? En muchas ocasiones muchas mujeres, en determinados ambientes, deciden terminar con el sufrimiento y la opresión con el triste e injusto suicidio, como única salida, por la falta de apoyo y de comprensión.
Es denigrante que un ser humano, simplemente por ser mujer, se vea vejada, torturada, silenciada, ocultada, vestida al antojo de los hombres, encerrada tras una rejas, tras unas paredes o detrás de un burka. ¿Quién ha etiquetado lo que se considera inmoral en determinadas culturas? Se debería reflexionar para llegar al origen de esos desaciertos, que son simplemente respuestas humanas equivocadas, dadas desde una visión machista interesada y hereditaria e imposible de defender hoy en día con la razón. No hay que ir muy lejos, ni física ni temporalmente, y un claro ejemplo lo sufrieron muchas mujeres españolas, cuando desde determinados organismos o secciones, por ejemplo la Sección Femenina, se hacía alusión a la obligación y necesidad de obedecer ciegamente al hombre, a tenerle contento en todas las facetas, a satisfacer sus caprichos e intereses, en fin, el fomentar una cultura impuesta y la falta de diálogo, política y religiosamente, en pro de conseguir una ejemplarizante sociedad, en un ejercicio espiritual de clara sumisión e hipócrita pureza. Los resultados fueron el servilismo, el silencio, la opresión, el ofrecer una respuesta que no daba lugar al debate ni al consenso y menos a la participación y así heredamos una sociedad machista, acostumbrada a que se bajara la voz, a que se asumiera lo que el “cabeza de familia” decía, a aguantar cualquier cosa que el hombre llevara a cabo, fuera o no justo, fuera o no del agrado de las mujeres.
El tiempo no espera a nadie en su recorrido y los ejemplos de fuerza y violencia, ante las respuestas y demandas, quedaron obsoletos, aunque nunca tuvieron que tener vigencia, y los discursos de las mujeres fueron diferentes a lo que muchos hombres estaban acostumbrados. La respuesta, a modo de defensa, era la interesada manifestación “así nos educaron”, olvidándose que aquella educación quedó anclada en otro tiempo y todo evoluciona, y así vemos como las enseñanzas nos aportan elementos para el adecuado y conveniente diálogo, el encuentro, el respeto a los demás, el valorar las diferencias en las que todos los educandos, independientemente de su género, tienen los mismos derechos a ser respetados y escuchados y no oprimidos y silenciados.
Nuestra sociedad está poniendo las bases para que esas incongruentes diferencias, cada día que pasa, se vean superadas, desde lo más profundo, desde el raciocinio que nos aporta la inteligencia bien estructurada, aunque todavía los discursos de la desigualdad siguen latentes en algunos representantes políticos o religiosos, en los medios de comunicación de masas, en la publicidad, en hombres y mujeres, en educadores y educandos.
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