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18 de diciembre de 2007
Por Montserrat Fillol
Hay una cierta predilección de algunos productos culturales por dar rienda suelta a la metáfora sobre el fin del mundo. La industria cinematográfica ha preconizado desde glaciaciones, pasando por la tierra invadida por monos, choques de meteoritos o subidas del nivel del mar. Grandes cataclismos con efectos especiales que parafrasean la posibilidad de que todo se acabe, y claro sobrevivan los más fuertes. Quizás la más frecuente de todas es la anunciada Tercera Guerra Mundial, tan cacareada por Nostradamus. Sin embargo, qué pasaría si ya estuviésemos viviendo alguna de esas pesadillas en cámara lenta, o más bien una mezcla de todas ellas. Hombres y mujeres entregados a los instintos a punto de celebrar un banquete antropófago.
Es posible que en algunos lugares del planeta donde aún se cuecen guerras tribales los instintos primigenios estén a punto de estallar. Y por tanto el hombre se reconvierta o más bien involucione a su ancestro más inmediato y campe a sus anchas con palos y hachas. La pregunta inconveniente: ¿Es usted un reconvertido? En alusión a si ha dado un paso atrás en los instintos salvajes que todo hombre alberga, y que precisamente intenta contener. La justicia es la forma de mediar en los desmanes de los hombres contra otros. En Ruanda, Mozambique o en Pakistán la metáfora del sueño colonial estalló en mil pedazos, el fin del mundo se convirtió en un goteo cotidiano de desazones.. Tanto así que el Tribunal de Justicia Europeo en la Haya determinó que en Ruanda era posible que casi todo el país tuviera las manos manchadas de sangre.
Un país que entra en una espiral de violencia, puede matar a sus flores con toda clase de metáforas legitimadas a ojos de los reconvertidos al instinto. Dejar morir lentamente las flores de un país, sin justicia, ni ápice de sabiduría, ni estiércol para abonar los valores democráticos y humanistas es una suerte de cataclismo. No dar nada para el sustento de esos valores preciados a favor de la dignidad humana, nos hace más apegados a los instintos.
De golpe todo se queda a oscuras, o a media luz. Y por un instante se pone el marcha el proyector con el mito de la caverna de Platón, y nosotros dentro. Un grupo de hombres encadenados en una caverna ven sombras de la realidad. Imaginan lo que ésta puede ser pero no se hacen una idea clara. El mundo de golpe se puede convertir en un mar de sombras. Cada día se puede hacer más difícil atisbar cuál es la realidad de las cosas.
Se supone que hemos pasado por épocas donde el oscurantismo quedó atrás, pero no siempre es así. Hay lugares donde conviven situaciones propias del medioevo o la esclavitud con la del mundo contemporáneo. La Ley basada en la justicia social e igual para todos puede separarnos del salto de la especie, pero no es la única. Así los que la imparten deben estar en la sabiduría y la justicia. De qué sirve que se haya matado a Sadam Husseim bajo la ley de los más fuertes o apegados a intereses estratégicos, o sea del instinto básico. Tan sólo sirve mantener el telón de sombras.
Shakespeare que tenía un pie entre el renacimiento y el barroco. Decía en su Mcbeth: “Sombra ambulante es esta vida, mísero actor que en el escenario se afana y pavonea un momento y al cabo, para siempre acalla su voz. Relato de un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa”. En el mundo de los instintos, no toda causa tiene su efecto en la dignidad. Ni todo derecho su deber. Es más bien algo que se basa en un silencio demoledor que actúa con sus propias leyes y códigos. Entrar a desatar tal mundo de sombras es sólo cuestión de dejarse ir.
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