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09 de diciembre de 2007
Por Rosario Valcárcel
Como si hubiera retrocedido en el tiempo. Volví a ver la estrella junto a la luna.
Juan Rulfo.
Hoy he vuelto a las fiestas de Jinámar a las fiestas de la caña dulce.
Y me envolvió ese olor de festejos, ese olor de nuestros ventorrillos llenos de turrones, de aceitunas, de calamares secos que al asarse producen un murmullo, un ruidito de esos que archivamos en la infancia.
Pero la primera cosa que he visto al llegar ha sido la caña dulce y las naranjas. Y he sentido una sensación de felicidad, una sensación de que la vida está viva, que se renueva. Sí porque las naranjas me zambullen en La Navidad, en la celebración de la Inmaculada Concepción, en el día de la madre que cuando era pequeña se celebraba coincidiendo con el santo de todas las Conchitas. Entonces recordé a mi madre y sus vínculos con esta Virgen. Era un vínculo romántico, una devoción que quizás había heredado, pero que ella cultivó con ternura.
Las fiestas de Jinámar son una de las más tradicionales del archipiélago. Históricas y con unas raíces llenas de protagonismo. Unas fiestas donde caben los niños con sus juegos y talleres. Mayores y jóvenes con la Gran Chupada de la Caña Dulce. Y para todos los que llegan las invitaciones al Potaje de Berros, a La leche al Gofio… Bailes de Taifas, homenajes como el que este año se le ha hecho a los barberos y recuerdos plasmados en fotos antiguas de nuestros abuelos, de nuestros lugares y muchas cosas más.
Pero a mí lo que me ha conmovido este año ha sido la romería, sencilla en la forma y en el fondo, llena de devoción, han conmemorado su 500 aniversario.
Muchos peregrinos han llegado a la iglesia a honrar a su Santa, a cumplir una promesa, a pedir un milagro o simplemente a visitarla. Con un sonido de voces de timples y guitarras. Fue un recorrido de vecinos y más vecinos, de visitantes que se iban uniendo a través de bellos paisajes, entre calles de poco transito, atravesando laderas sombrías cubiertas de arena, de higueras, palmeras y tuneras. Pero sobre todo fue un recorrido de sentimientos. Todos cantando con un farol encendido en su mano y vestidos con nuestras ropas tradicionales.
Entonces imaginé que la tenue luz del farolillo iluminaría el comienzo de muchas cosas: La unión de un pueblo que se ocupa de transmitir de generación en generación sus tradiciones. Trabajando y soñando por un pueblo mejor a pesar del cambio social, del deterioro de los valores, luchan por su lugar, por sus tradiciones, por la conservación de su entorno. Con las esperanzas puestas en las nuevas generaciones que participan en la vida cultural y que quieren reivindicar sus fiestas, sus ritos. Pregonar su memoria.
Se lo merecen.
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