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28 de noviembre de 2007
Por Juan José Mendoza Torres
El zoque es una lengua hablada por una etnia del mismo nombre ubicada en Méjico. Los habitantes de esta etnia están dispersos por los estados de Chiapas, Oaxaca y Tabasco. Pues bien, dos ancianos del estado suroriental de Tabasco son los únicos individuos que hablan la lengua zoque, actualmente en inminente peligro de extinción. Dos ancianos que eran muy buenos amigos hasta que tuvieron una fuerte discusión y ahora… ¡no se hablan! Como era de esperar, han saltado las alarmas en el INALI (Instituto Nacional de Lenguas Indígenas) por motivos más que evidentes.
En cuanto oí la noticia no he dejado de pensar en la sustancia contenida en esta desavenencia de graves perjuicios. Pero me ha dado por adoptar una perspectiva diferente a la esperada en una noticia de tintes tan catastróficos. Estoy tan cansado de abordar con saña crítica el estado ruinoso de la condición humana que he decidido realizar otras especulaciones más desenfadadas ante la situación generada por la riña de los dos ancianos.
Lo primero que he imaginado es la estrategia que habrán de seguir las autoridades para conservar tan preciado patrimonio. Algo habrá que hacer con los ancianos para que se reconcilien y salgan de esa soledad tan dañina para la supervivencia de la lengua zoque. Debo pensar que habrá que montar un equipo de expertos con un plan de actuación meditado y urgente a fin de que no ocurra la desgracia de la desaparición (de los ancianos en primer lugar, digo yo). Ese equipo de expertos estaría formado por… vamos a ver… por un terapeuta, especializado en conflictos. Si no hubiera más remedio, se llevaría a uno capacitado para resolver conflictos matrimoniales; al fin y al cabo, la situación es de emergencia, y mutatis mutandis podría aplicarles alguna terapia de pareja, y mira por donde, de ese modo los dos ancianos se incorporarían a la modernidad relacional en un abrir y cerrar de ojos. Claro que habrá algún sector de las autoridades que solicitará la presencia de un sacerdote en el equipo, con el consiguiente problema derivado de la dificultad para establecer el adecuado orden de intervención, y el no menos trascendente problema de atribuir, a posteriori, el éxito de la reconciliación (¿fue Dios?, ¿fue el yo socrático?, ¿fue el hartazgo de los viejos ante tanto hechicero?).
A nadie se le escapa que debe asistir un empresario o un especialista en banca. Siempre habrá un momento en el plan de actuación en que podrá estimularse a los ancianos con una sonada recompensa a cambio de que tiren sus pelillos a la mar y le vuelvan a dar al zoque a todo trapo. Evidentemente, el oficiante económico sería el encargado de recoger los pingües beneficios obtenidos por los protagonistas una vez vendida la correspondiente historia a la prensa camaleónica.
No puede faltar un médico, pues imagínense que se consigue por fin la avenencia o el concordato (perdón por lo tendencioso) entre los dos ancianos. ¿Y si uno de los dos coge una faringitis de caballo, eh? ¿Adónde se van los esfuerzos anteriores? Ahí estará nuestro doctorcito con una cataplasma de urgencia para salvar ese obstáculo.
Y por fin, el político, sin duda, con la voluntad decidida de convocar un plebiscito entre los ancianos. Lo de menos sería lo que votaran y los resultados, porque no habría unanimidad ni mayoría absoluta, y por tanto, eso le resultaría rentable al político. Sin embargo, como quiera que sus prácticas perversas estarían en boca de los dos ancianos, de forma indirecta el prohombre los tendría a los dos, cada uno por su parte, protestando y de mala uva continuamente, con lo cual habría conseguido que el zoque no se acabara. Y andando el tiempo, la existencia de este enemigo común podría concurrir de forma positiva para que los dos ciudadanos electores se avinieran de nuevo. (¿Y sería eso lo que pretendía el político en el fondo o son alucinaciones mías?).
No cabe duda de que el mundo es el que es y se necesita mirarlo de vez en cuando con cierta frivolidad, pues tiempo hay para la sesuda conciencia.
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