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18 de noviembre de 2007
Por Juan José Mendoza Torres
En los Jardines de la Constitución (Washington D. C.) se alza el Monumento a los Veteranos del Vietnam, el Vietnam Memorial: una enorme pared de mármol negro en la que figuran escritos los nombres de los caídos en aquel aciago combate (¿cuál no lo es?). Hasta ella acuden periódicamente familiares y amigos de las víctimas para tributarle un homenaje a su memoria. Es una escena incrustada en la historia del pueblo norteamericano, como otras que forman parte del patrimonio sentimental de tantos pueblos en el mundo que han visto caer a sus compatriotas en episodios violentos.
El ritual con que los visitantes acceden al citado monumento habla de la facultad evocadora de los signos, esa capacidad susceptible de emocionar desde la nada, o de convertir una idea en fanática obcecación. El visitante llega hasta la pared y busca el nombre de su familiar, y una vez se encuentra ante él se detiene como hipnotizado por un latigazo de conmoción. El resto de los nombres se difumina para dar foco al del homenajeado. Sólo una serie ordenada de signos gráficos ha sido capaz de paralizar los sentidos de alguien que lee y relee el nombre, y pasa sus dedos por el bajorrelieve de las letras, y esfuerza su figuración para hacer presente una imagen cargada de tristeza y disuelta en el horizonte donde yacen los desafortunados. El visitante deja una rosa o un poema o una bandera (¿por qué la patria siniestra vale más que la vida?) y vuelve a leer el nombre que ahora ya adquiere la condición de efigie poderosa en el despertar del recuerdo. Con los brazos cruzados esboza una plegaria o medita la última ocurrencia para tranquilizar la conciencia herida. Y ahí se queda, unos minutos de recogimiento para redondear el tributo, leyendo el nombre, leyendo el nombre hasta dejar sin saliva al silencio.
La fuerza del nombre escrito, el poder narcótico de su lectura nos devuelve durante unos instantes la carne de los que nos dejaron. Tiene el aspecto de una sugestión espiritista, pero nos satisface hacerlo, nos conforta leer el nombre de nuestros muertos para dejarnos impregnar por un aroma melancólico y balsámico, para engañarnos inteligentemente e imaginar que aún no se han ido del todo.
Hace poco acudí al cementerio, a leer el nombre de mi madre, y certifico que lo que he dicho es cierto.
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José Castellano Arencibia
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